Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 18 JAMES
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CAPÍTULO 18 JAMES

Uno de los días siguientes, hice un break antes de irme a casa. Necesitaba soltar lastre antes de cruzar el umbral y que Mía leyera en mi cara el agotamiento que arrastraba. Me senté con Eric y Enzo frente a unas cervezas frías y, en cuanto el camarero se alejó, me desahogué.

—¿Sabéis lo último que me ha dicho? —solté, frotándome las sienes.

—Sorpréndeme —dijo Eric, dándole un trago a su caña.

—Que la voy a dejar de querer porque parece una morsa moribunda.

Me quedé mirando a los dos, esperando una reacción, pero Eric casi se atraganta y Enzo arqueó las cejas hasta el infinito.

—Las hormonas no le hacen bien, amigo —sentenció Enzo—. ¡Pero si está guapísima! —exclamó, casi indignado.

—Es lo que le digo, pero no lo entiende.

Le repito que lo único que tiene es una barriga de embarazada preciosa, que está perfecta.

El médico la ha felicitado porque está cogiendo el peso justo, lo está haciendo todo de diez, controlando su tensión, su comida...

y ahora me viene con esto. Sinceramente, prefiero enfrentarme a cualquier juez malhumorado y a una petición de cinco años de prisión que a este dilema.

No sé cómo gestionarlo. Está preciosa, tiene un cuerpo que... joder, me pone muchísimo.

—Ssh... no sigas —me cortó Eric con un gesto de la mano—. No puedo soportar tu romanticismo empedernido. Me va a dar un subidón de azúcar.

—Lo siento amigo —añadió Enzo con una sonrisa cínica—, no tenemos pareja ni la tenemos embarazada. Aquí poco podemos ayudar. No tenemos el manual de instrucciones.

Suspiré, dejando que la frialdad del vaso me calmara un poco.

—Y encima, se nota muchísimo que Mía no está en el despacho.

El trabajo se acumula y me cuesta la vida sacarlo adelante.

Tengo sentimientos encontrados: sé que tengo que trabajar más duro para que ella no se preocupe, pero no quiero perderme nada del embarazo y mucho menos dejarla sola tanto tiempo. Quiero estar con ella.

—¿Habéis pensado en meter a alguien mientras ella no está? —preguntó Eric.

—No, es imposible. Nadie saca el trabajo tan rápido como Mía, es la mejor. Para cuando alguien se haya adaptado al puesto, ella ya estaría de regreso.

—Piensa que te quedan ya pocos meses —me consoló Enzo.

—¿Pocos? Casi cuatro para dar a luz y luego la recuperación del postparto... —dijo Eric bajándonos a la realidad.

—Creo que voy a morir antes —admití.

—¿Has hecho ya testamento? —bromeó Eric—. Porque si palmas, me pido tu coche.

—Pues no, mañana pediré cita y te lo dejo —concluí y todos reímos.

Pero la risa se me apagó un poco al recordar el calendario.

—Y este viernes tengo que viajar a Málaga.

Es otro fin de semana que no podemos quedar todos juntos.

Sé que las reuniones con vosotros son de las pocas cosas que la ilusionan ahora que está en reposo.

Está cuidando de su salud y de la de nuestra hija sin quejarse ni una vez, al menos delante mía...

es más fuerte de lo que pensaba, que ya es decir. No poder reunirnos me mata.

—No pensaba que ella lo fuera a llevar tan bien —admitió Enzo—. Tan activa como es...

—Nadie lo pensaba —añadí—. Pero sabe cuál es su prioridad, y esa es nuestra hija. Está luchando por su salud increíblemente bien.

—Necesitamos hacer algo... —murmuró Eric con la mirada perdida en la barra.

—¿El qué? —pregunté.

—Ya se nos ocurrirá algo. Déjamelo a mí —sentenció con ese tono de “peligro” que suele usar.

No sé qué tramaría Eric, pero esa noche me encargaría yo personalmente de los ánimos de Mía.

Llegué a casa con una sola idea en la cabeza: borrar de su mente cualquier duda sobre lo que siento por ella. Entré y la encontré en el salón, con un libro entre las manos. Me acerqué por detrás y la envolví en un abrazo, hundiendo mi cara en su cuello. Olía a casa, a nosotros.

—Estás increíble, Mía —le susurré al oído, notando cómo se tensaba un poco—. He estado todo el día pensando en volver para verte.

—James, no mientas. Estoy en pijama y estoy enorme —murmuró ella, intentando apartarse.

No la dejé. La giré para que me mirara a los ojos.

—Escúchame bien. No hay ni un solo centímetro de ti que no desee. Estás creando vida, nuestra vida. Tu cuerpo es perfecto porque es el hogar de nuestra hija, y a mí me tiene loco. Me pones más que el primer día, nena. Mucho más.

Ella me miró con una mezcla de duda e ilusión. Sin darle tiempo a protestar, la levanté con cuidado y la llevé hacia el baño. Necesitábamos desconectar del mundo.

Abrí la ducha y dejé que el vapor empezara a empañar los cristales, creando nuestra propia burbuja. La ayudé a desvestirse con una lentitud tortuosa, deteniéndome en cada curva, en la redondez de su barriga que yo adoraba besar cada mañana.

—Mírate —le dije mientras entrábamos bajo el agua caliente—. Eres una diosa.

Bajo el chorro de agua, mis manos empezaron a recorrer su piel jabonosa.

No había prisa, solo el deseo puro de recordarle quién era ella para mí.

La pegué a la pared de azulejos, protegiéndola con mi cuerpo, mientras el agua nos golpeaba los hombros.

La besé con una urgencia que no dejaba lugar a dudas; era un beso que sabía a hambre acumulada y a una adoración que me quemaba el pecho.

Mis manos bajaron por su espalda mojada hasta encontrarse con la curva de sus caderas.

La acerqué más, queriendo eliminar cualquier rastro de aire entre nosotros.

—Mírame, Mía —le susurré al oído.

Ella levantó la vista, con los ojos empañados por la humedad y una pizca de esa vulnerabilidad que solo me mostraba a mí.

Pasé mis manos hacia adelante, rodeando su vientre.

Esa curva perfecta, firme y cálida, que ella se empeñaba en criticar, para mí era el centro de gravedad de mi universo.

Deslicé mis dedos sobre su piel, trazando círculos lentos, adorando el hogar que estaba construyendo para nuestra hija.

—Eres lo más increíble que he visto en mi vida —le dije con voz rota—. No hay nada en este mundo que me ponga más que tú ahora mismo.

La besé con una urgencia que me quemaba por dentro.

No fue un beso dulce; fue un beso hambriento, una declaración de propiedad y deseo.

Mía respondió con la misma intensidad, enredando sus dedos en mi pelo, tirando de mí hacia ella.

El agua resbalaba por nuestros cuerpos entrelazados, haciendo que cada caricia fuera más fluida, más eléctrica.

La giré con suavidad, haciendo que me diera la espalda.

Me coloqué detrás de ella, envolviéndola con mis brazos.

Mis manos bajaron directamente hacia su vientre, rodeándolo, sintiendo esa redondez firme y cálida que me volvía loco.

Ella apoyó la cabeza en mi hombro, soltando un suspiro que se mezcló con el vaho.

—No te imaginas lo que me haces sentir —le susurré al oído, mientras deslizaba mis manos por sus caderas—. Me gusta cada curva, Mía.

Me pegué a su espalda, dejando que sintiera mi propio deseo, firme y urgente, contra ella. La ayudé a inclinarse ligeramente hacia adelante, apoyando sus manos en la pared de la ducha. Yo me encargaría de todo lo demás; ella solo tenía que dejarse llevar.

Entré en ella con una cadencia pausada, una coreografía de piel mojada y respiraciones entrecortadas. Mis manos sujetaban sus caderas firmemente. El ritmo era sinuoso, marcado por el sonido del agua y los gemidos ahogados de Mía que rebotaban en las paredes de cristal.

La profundidad de nuestra conexión se sentía en cada roce, en la forma en que su cuerpo me acogía, más cálido y sensible que nunca.

Me perdí en el aroma de su pelo mojado y en la suavidad de su piel bajo el chorro de agua.

La tensión de la semana, el peso del despacho y los miedos por su salud se disolvieron, arrastrados por el sumidero.

—Eres perfecta, Mía... eres mi vida entera —gruñí contra su cuello, perdiendo el control a medida que el placer nos reclamaba.

La sentí temblar, un espasmo de puro goce que me recorrió a mí también como una descarga eléctrica. La apreté contra mi pecho mientras el mundo desaparecía tras el vapor, alcanzando ese clímax que nos dejó a los dos sin aliento, unidos por mucho más que el deseo físico.

Hicimos el amor allí mismo, entre el vapor y el sonido del agua, con una intensidad que me hizo olvidar absolutamente todo el cansancio y la presión que tenía las últimas semanas.

En ese momento, en esa ducha, Mía no era una paciente en reposo ni una abogada en baja; era mi mujer, el centro de mi universo, y yo me encargaría de que nunca volviera a olvidar lo mucho que me hace perder el juicio.

Cuando nuestras respiraciones empezaron a calmarse, la giré para besarla con una ternura que me dolía en el pecho. Le aparté los mechones mojados de la cara y la miré a los ojos, que ahora brillaban con una paz que hacía horas no tenían.

—¿Te ha quedado claro ahora? —le pregunté con una media sonrisa, mientras le pasaba la toalla por los hombros.

—Creo que necesitaré otro “repaso” mañana para terminar de convencerme —respondió ella con esa chispa de humor que tanto echaba de menos.

Sonreí, besándole la frente. Si por mí fuera, pasaría el resto del embarazo recordándole, centímetro a centímetro, que para mis ojos no existía nada más hermoso en este planeta.

Enero, cómo habéis visto, entró como un vendaval.

El despacho de Bernard Legal Group en Málaga abrió sus puertas exactamente según lo previsto, y la respuesta ha sido tan abrumadora que apenas he tenido tiempo de asimilar el éxito.

Estamos en ese punto dulce —y agotador— donde el esfuerzo de meses se materializa en una realidad tangible de cristal, acero y carpetas de casos.