Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 17 MÍA #3
56%

CAPÍTULO 17 MÍA #3

—¡Marchando una tostada de pan de masa madre con aguacate, huevo poché con la yema cuajada, para cuidar a mi sobrina, y unas lascas de pavo braseado!

Y para compensar el azúcar, un bol pequeño de yogur griego con frutos rojos, que tienen mucha vitamina C para ese hierro tuyo —exclamó ella, guiñándome un ojo.

—Te quiero, Adri —suspiré.

—¿Y para ti, James? —preguntó ella, girándose hacia mi marido.

James, que me miraba con esa cara de “estás loca pero te adoro”, pidió lo suyo.

—Para mí, tráeme un café doble, bien cargado, que la espera en el hospital me ha dejado a medio gas. Y acompáñalo con un croissant de mantequilla de esos que tú haces, de los que crujen solo con mirarlos. Si Mía se va a dar un homenaje, yo no me voy a quedar mirando.

—Sentaos, ahora mismo os lo llevo todo —dijo Adri volviendo a la cocina.

Me quedé mirando a James, sintiendo cómo el mal rato de la clínica empezaba a quedar atrás.

Estar de baja laboral es duro para alguien como yo, pero si el precio a pagar por tener a esta niña sana es pasar mañanas así —quitando el maldito batido de azúcar—, desayunando con el hombre de mi vida mientras planeamos cómo será su habitación, creo que puedo aprender a disfrutar del ritmo lento, aunque me costara horrores.

Ese ritmo lento de mi nueva vida no era una melodía relajante; empezaba a sonar como un disco rayado que me crispaba los nervios.

Nunca en mi existencia he pasado tanto tiempo entre estas cuatro paredes sin un objetivo claro.

He ordenado mi armario por colores, texturas y temporadas; el frigorífico parece un anuncio de organización coreana; he paseado por el jardín hasta aprenderme el número de pétalos de cada flor y he practicado recetas de cocina que en mi vida anterior habrían sido imposibles.

Pero esa no era yo. Yo soy la mujer que desayuna adrenalina, la que se mueve entre plazos judiciales, interrogatorios y estrategias de última hora.

Me encanta el estrés, lo necesito para sentir que estoy viva.

Y ahora, lo tengo prohibido. James, que es un santo —un santo muy testarudo—, incluso trabaja en casa a menudo para que no me sienta sola, pero ha levantado un muro de acero alrededor de su despacho.

No me deja ni asomar la nariz, ni ojear un mísero papel, ni preguntarle por el caso más insignificante.

“Hago todo esto por mi hija”, me repetía a mí misma cada mañana frente al espejo. Era mi mantra, pero estaba ya tan gastado, de tanto repetirlo, que apenas me servía de consuelo.

Una tarde, Cami y Adri aprovecharon un descanso en sus respectivos trabajos —esos que ellas sí tenían y podían ejercer, y yo no— para venir a rescatarme de mi propia mente. Estábamos en el salón, con un té descafeinado y unas galletas de la Bakery, cuando no pude aguantar más.

—Chicas, voy a explotar —dije, dejando caer la cabeza en el respaldo del sofá—. Si vuelvo a ver un vídeo de “cómo organizar cajones" o una receta de pan de masa madre, creo que llamaré al psiquiátrico para que me internen, al menos allí estaré distraída.

—Vaya, la fiera está perdiendo los papeles —bromeó Adri, aunque me miró con ternura—. Mia, es normal que te sientas así. Has pasado de cien a cero en un segundo.

—Es que no me reconozco —continué, desahogándome por fin—.

Siento que me estoy desdibujando. Echo de menos el despacho, echo de menos sentir que el mundo se mueve porque yo empujo.

James es maravilloso, pero me trata como si fuera de cristal y odio ser de cristal.

Y, encima, cojo peso por días, no me cabe nada. ¡Estoy frustrada!

Adri me tomó de la mano y me miró con esa seguridad que siempre me calma.

—Escúchame, reina. Estás más guapa que nunca y no eres de cristal, eres el motor que está fabricando a una persona.

James no te está quitando tu trabajo porque piense que no puedes, lo hace porque él es tu marido y padre de tu hija y es la única manera que tiene de ayudarte mientras tú te encargas de la logística más importante de vuestra vida.

—Exacto —continuó Cami—. Y piénsalo así: esta pausa no es un “stop” permanente, es una inversión. Tómatelo como el caso más largo y aburrido de tu carrera, pero el único en el que no puedes permitirte perder.

Sus palabras hicieron diana. Me reí, sintiendo cómo ese nudo de frustración se aflojaba un poco. Tenían razón. Mi ambición no se había ido, solo había cambiado de cliente: ahora mi cliente era esa niña que no paraba de dar golpecitos en mis costillas mientras escuchaba las risas de mis amigas.

Poco después, James asomó la cabeza por la puerta del salón, con el pelo un poco revuelto y esa cara de cansancio que arrastraba desde hace semanas. Al verme reír con las chicas, su rostro se iluminó por completo.

—Vaya, parece que el “comité de rescate” ha cumplido su misión —dijo acercándose para besarme la frente.

Me sentí feliz. Realmente feliz. Puede que no estuviera ganando un juicio en la Audiencia Nacional, pero estaba ganando en bienestar, y ver a James tan aliviado por verme sonreír me hizo entender que, aunque el ritmo sea lento, la meta es la más gloriosa de todas.