Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 17 MÍA #2
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CAPÍTULO 17 MÍA #2

De repente, la conversación giró hacia lo que nos ocupaba a todos: la llegada de la niña. Liam, con esa intensidad suya tan característica, sacó de su chaqueta un papel y un bolígrafo y empezó a escribir con determinación.

—A ver, vamos a organizarlo. Lista de imprescindibles para mi sobrina —dijo, muy serio.

—¿Desde cuándo llevas tú papel y boli encima, Liam? —preguntó Cami, arqueando una ceja—. Si normalmente no sabes ni dónde tienes las llaves.

—¡Perdona! Soy relaciones públicas —respondió él, dándose importancia—.

Siempre llevo material de oficina encima.

¿Qué os pensáis, que solo soy una cara bonita y un pelo envidiable?

Hay que anotar marcas de carritos, cunas con tecnología aeroespacial y el estilismo para su primer día de vida, que, por supuesto, correrá de mi cuenta.

Entre risas, Eric se volvió hacia nuestro invitado.

—Oye, Joselu, no sé mucho de ti... ¿los demás lo conocíais, aparte de Mía y James?

—Sólo de haberlo visto un par de veces —dijo Adri.

—Sí, cuando íbamos con Mía —matizó Cami.

—Bien, Joselu, cuéntanos entonces, lo único que sé de ti es que eres poli, ¿vives solo? ¿tienes pareja? ¿tienes hermanos? —preguntó Eric.

—Vivo solo, no tengo pareja y soy hijo único —contestó Joselu limpiándose con una servilleta.

—Pues mejor —soltó Adri de inmediato—. Yo con mi hermana me peleo muchísimo. A veces creo que nacimos solo para llevarnos la contraria la una a la otra.

—Vaya pedazo de vida tienes, colega. Cero problemas. Yo también querría haber sido hijo único —añadió Liam, mirando a James con una sonrisita provocadora.

James le lanzó una mirada de absoluto desagrado, de esas que solo un hermano mayor puede dar cuando el pequeño se pasa de gracioso.

—Créeme, Liam, a mí tampoco me hubiera importado no tener que sacarte de todos los líos en los que te metías de niño —le espetó James, aunque sus ojos brillaban con cariño—. Serías un hijo único muy feliz... y yo un hombre con mucha menos presión arterial.

—¡Ves! Lo que te digo —remató Adri riendo—. ¡Es un estrés constante!

Todos estallaron en carcajadas, comentando las típicas anécdotas de peleas familiares.

Pero yo, de repente, sentí un pinchazo en el pecho que me robó la sonrisa.

Mientras ellos bromeaban sobre lo molesto que era tener hermanos, yo no podía dejar de pensar en ese hermano desconocido que mi padre usaba como un arma arrojadiza.

Me invadió una tristeza profunda, una melancolía por lo que nunca tuve.

Hubiera dado cualquier cosa por tener a alguien con quien discutir por el mando de la tele o a quien pedir consejo, alguien que compartiera mi sangre y mis raíces fuera de la toxicidad de mi padre.

El sentimiento de querer una mínima relación, ya fuera para apoyarnos o simplemente para pelearnos, me hizo sentir muy pequeña en esa mesa tan ruidosa.

James, que me conoce mejor que nadie y tiene un sensor especial para mis cambios de ánimo, lo notó al instante.

Por debajo de la mesa, buscó mi mano y la apretó con fuerza.

No dijo nada, no hacía falta. Ese apretón me recordó que, aunque mi pasado fuera un rompecabezas incompleto, mi presente estaba lleno de gente que me amaba.

—¿Estás bien, nena? —me susurró al oído, aprovechando que el resto discutía sobre si el carrito debía ser gris o azul.

—Sí —mentí a medias, devolviéndole el apretón—. Solo pensaba en lo afortunada que es nuestra hija por teneros a todos vosotros como su “familia elegida”.

Él me sonrió, sabiendo que había algo más, pero respetando mi silencio. En ese momento, decidí que no dejaría que la sombra de Diego Beltrán me amargara la noche. Tenía un marido maravilloso, unos amigos de locos y una niña en camino que nunca, jamás, sabría lo que es la soledad.

—¿Habéis comprado ya algo para la niña? —preguntó Cami, con esa ilusión de quien ya se ve asaltando las tiendas de ropa infantil.

—No, aún nada —respondí.

—¿Os imagináis a esta niña con el carácter de Mía? —soltó Eric de repente, mirándonos a todos con una mezcla de fascinación y pánico—. Si saca esa mirada de “te voy a meter una demanda que no vas a olvidar”, estamos perdidos.

—¿O con el de James? —remató Liam, agitando su copa de agua—. Esa mezcla de rectitud y testarudez...

—No sé qué es más aterrador —añadió Enzo haciendo un gesto de escalofrío.

Todos estallamos en una carcajada limpia. Me encantaba que se tomaran así nuestra futura paternidad; les quitaba peso a mis miedos y lo convertía todo en algo brillante y divertido.

—Lo que está claro es que será hermosa —dijo James, mirándome con una intensidad que me hizo olvidar por un segundo que estábamos rodeados de gente.

—Sí, eso será gracias a Mía... —soltó Liam de inmediato, dándole un trago a su copa con una suficiencia cómica.

James arqueó una ceja, dejando los cubiertos sobre el plato con una parsimonia letal. Miró a su hermano con esa ironía que solo los Bernard saben manejar tan bien.

—¿Recuerdas que llevas mis genes, Liam? —le preguntó, señalando con un gesto vago el parecido más que evidente entre ambos.

—Siempre he pensado que soy adoptado, la verdad —concluyó Liam con total seriedad, como si acabara de revelar un secreto de Estado.

Casi me atraganto con el zumo de naranja de la risa. Tuve que darme unos golpecitos en el pecho mientras Adri me pasaba una servilleta y Enzo se partía de risa al ver la cara de “no tiene remedio” que puso James. Es increíble cómo, a pesar de sus puyas, se nota a leguas el amor que se tienen.

Tras nuestra velada, nos despedimos de todos con abrazos y promesas de repetir pronto.

James y yo nos dirigimos hacia el coche, disfrutando de la noche madrileña.

Tenía el corazón lleno de amor por todas esas personas que se habían cruzado en mi destino; son mi red de seguridad, los tíos que mi hija tendrá por elección y no por obligación.

Sin embargo, no pude evitar un pequeño suspiro de frustración interna.

Mi plan de “celestina” había sido un desastre absoluto.

A pesar de mi despliegue táctico, Cami y Joselu no me habían dado ni una sola señal amorosa que me entusiasmara.

Él se pasó media noche hablando con Adri y ella estaba más pendiente de la lista de Liam que de cualquier otra cosa. ¡Vaya chasco!

Diciembre pasó y el nuevo año lo recibí por todo lo alto: con la prueba de la curva de la glucosa.

¡Yupi!, nótese mi ironía. Mi primer gran evento social de enero ha sido ir en ayunas a la clínica, sacarme sangre, beberme un brebaje que sabía a azúcar concentrada con un toque de naranja amarga y quedarme allí sentada una hora sin moverme.

Allí estábamos James y yo, en una sala de espera con luz fluorescente que no ayudaba nada a mi estado de ánimo. James, por supuesto, insistió en acompañarme, no iba a permitir que me enfrentara al “líquido del demonio” sin su apoyo moral y su brazo para agarrarme si me mareaba.

—Está asqueroso —le susurré, sintiendo cómo el líquido bajaba por mi garganta como si fuera lava dulce.

—Ya te dijo el doctor que, al estar tomando el suplemento de hierro, el sabor te resultaría aún más desagradable —me recordó él, acariciándome la mano.

—Espero no vomitar —imploré.

—Yo también espero que no lo hagas —dijo él con una sonrisa cómplice—, más que nada para que no tengamos que volver otro día y te lo tengas que tomar de nuevo.

Solo de pensar en beberme aquello otra vez me dieron unas arcadas que casi me hacen perder la dignidad allí mismo, pero aguanté como una campeona.

Pasó la hora eterna, me sacaron sangre de nuevo y salí de aquel hospital sintiendo que mi cuerpo era un 90% de glucosa y un 10% de ganas de matar a alguien.

James, que me lee el pensamiento, me subió al coche y me llevó directa a la Bakery de Adri. Nada más entrar, el olor a pan recién horneado y café de verdad empezó a reconciliarme con el mundo.

Adri nos saludó con esa efusividad que la caracteriza, saliendo de detrás del mostrador con un delantal manchado de harina.

—¡Hola, chicos! ¿Cómo ha ido, amiga? —me preguntó, mirándome con preocupación.

—Asqueroso, Adri. Siento que he bebido almíbar puro caducado. Necesito que me prepares el mejor desayuno que tengas para que se me olvide el mal rato y me quite este sabor metálico continuo.