Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 17 MÍA
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CAPÍTULO 17 MÍA

Me levanté esa mañana con una extraña mezcla de sentimientos.

Por un lado, una parte de mí sentía un vacío punzante al no tener que vestirse de traje y correr hacia el despacho para ganar una batalla legal.

Me gusta sentirme útil, me gusta el peso de la responsabilidad.

Pero luego, bajé la mirada hacia mi vientre y todo ese ruido se desvaneció.

Mi hija es lo más importante de mi vida y, aunque me sienta inútil, estoy dispuesta a dejarlo todo por verla crecer sana y fuerte.

No iba a permitir que la baja laboral se convirtiera en una cárcel; iba a ser mi refugio.

Esta niña iba a ayudarme a cuidar de mí misma por una vez en la vida.

Me dediqué tiempo de verdad. Comencé uno de esos libros que habían acumulado polvo en la estantería por falta de tiempo, paseé por el jardín sintiendo el sol de invierno en la cara, me senté en el borde de la piscina a pesar del frío —como echaba de menos nadar.

Nota mental: ponerle un motor para agua caliente y disfrutarla todo el año— y, para coronar, me hice una sesión de belleza poniéndome una mascarilla facial.

Elegí una con cara de panda. Sí, estaba ridícula, con esas manchas negras alrededor de los ojos y la cara blanca pegajosa, pero me sentía feliz.

Estaba en mi casa, nadie me veía y podía ser todo lo “panda” que quisiera.

Para que la hidratación hiciera su magia y se secara bien, se me ocurrió que el silencio era demasiado aburrido. Puse la música a todo volumen. En cuanto empezó a sonar “Superestrella” de Aitana, el salón se transformó en mi escenario personal.

No pude evitarlo. Empecé a bailar como una loca, dejando que el ritmo pop se me metiera por las venas.

Movía las caderas con cuidado pero con ritmo, dando saltitos cortos y cantando a pleno pulmón con un cepillo del pelo como si estuviera en el Wizink Center.

Sentía cómo la música me recorría el cuerpo, liberando todo el cortisol que el doctor quería fuera de mi sistema.

Hice un giro dramático, sacudiendo el moño, y en el momento álgido del estribillo, cuando estaba dándolo todo... lo vi.

James estaba apoyado en el umbral del salón, con la chaqueta del traje en la mano y una expresión que oscilaba entre el shock y la adoración absoluta.

Paré en seco, jadeando un poco, y le sonreí con mi cara de panda.

Si hace nada que se fue… Claramente, en mi sesión “por y para mí” se me había ido la noción del tiempo.

—Como tu hija baile igual de bien que lo haces tú... me vais a matar las dos de un infarto y no quiero morir joven —dijo con esa media sonrisa que me desarmaba.

La canción terminó y, como si el algoritmo de la lista de reproducción supiera lo que necesitábamos, empezó a sonar la voz de Romeo Santos.

Le dediqué una sonrisa de complicidad a mi marido.

El ritmo cambió, volviéndose lento, sinuoso y cargado de intención a ritmo de “Better late than never” de Romeo Santos y Prince Royce.

—Ven aquí —le dije, extendiendo mi mano—. Baila conmigo.

James dejó la chaqueta en una silla y no lo dudó ni un segundo.

Sé que no es muy de bailar pero he comprobado que lo hace fenomenal.

Se acercó a mí, rodeó mi cintura con sus manos grandes y cálidas, y me pegó a su pecho.

Me encanta que saque ese lado solo conmigo.

Ahí estábamos, en medio del salón, bailando una bachata: yo con mis mallas y mi máscara de panda, y él con su camisa impecable, moviéndose a mi ritmo, susurrándome la letra al oído.

—Definitivamente, has alegrado mi día y mi vida —le susurró a mi cuello.

En ese momento, con el pulso de la música y el calor de su cuerpo, supe que el reposo no iba a ser tan malo si él estaba cerca para recordarme que, incluso de panda, seguía siendo la reina de su mundo.

Esa tarde, James me confirmó que ya había tenido suficiente dosis de leyes y problemas de los demás por hoy.

Me miró con esa ternura que reserva para los momentos en los que solo somos nosotros dos —bueno, ahora somos tres— y me dijo que le apetecía dar un paseo.

Pero no un paseo cualquiera: decidimos coger el autobús.

Era la primera vez que lo hacíamos juntos y, aunque parezca una tontería, me resultó de lo más romántico compartir ese momento tan cotidiano, viendo pasar Madrid a través del cristal mientras él me rodeaba con el brazo, protegiendo mi barriga de cualquier frenazo brusco.

Nos bajamos cerca del Centro y empezamos a perdernos por callejuelas y tiendas de barrio con ese encanto castizo que tanto me gusta. De pronto, vimos un mercadillo en una calle peatonal, lleno de luces y puestecitos de artesanía, y no pudimos evitar acercarnos.

Estábamos curioseando entre telas y adornos cuando, entre la multitud, apareció una cara más que familiar.

—¡Qué sorpresa! —exclamé al ver a Joselu.

—¿Cómo estás, reina? —me preguntó con ese cariño que siempre me transmite.

—Estoy mejor, Joselu. Mucho mejor.

—Me alegro, corazón —me dijo, y luego bajó la mirada a mi vientre con curiosidad—. Oye, ¿ya sabéis el sexo del bebé?

—¡Sí! —James y yo nos miramos con una complicidad radiante—. ¡Es una niña!

—¡Oh, Dios mío! —Joselu dio un saltito de alegría—. Una rubia de ojos verdes como tú... creo que va a ser una niña muy, pero que muy consentida. Y yo voy a ser uno de ellos —dijo riendo.

En ese momento, Joselu nos presentó a la mujer que lo acompañaba. Una mujer de unos 60 años, elegante, pelo oscuro y con una mirada honesta.

—Por cierto, ella es mi madre, Marisa. Ha venido unos días a verme y se va mañana, así que le estoy enseñando algunos rincones de Madrid.

—Encantada de conocerla, Marisa —le dije con sinceridad—. Tiene usted un hijo maravilloso.

—Gracias, preciosa —respondió ella con una sonrisa orgullosa—. ¿Tú eres Mía? Joselu me ha hablado muchísimo de ti.

—Espero que bien... —bromeé.

—Siempre, bombón —saltó Joselu guiñándome un ojo.

—¡Oye! Que está aquí su marido, respeta un poco —le regañó su madre, dándole un toquecito en el brazo.

—No se preocupe, Marisa —intervino James, riendo con una naturalidad que me encantó—. Ya nos conocemos bien.

Tras las risas y las despedidas, nos prometimos vernos pronto. Seguimos caminando de la mano, disfrutando del ambiente del mercadillo.

—He pensado en invitar a Joselu a venir a cenar un día con todos los demás —le comenté a James, observando su reacción de reojo.

—Me parece buena idea —respondió él sin dudarlo.

—¿Ah, sí? —solté con tono sarcástico, recordando lo territoriales que solían ser sus instintos.

—Sí, de verdad. Me cae bien —admitió con total sinceridad.

Me encantó escuchar eso. Me apreté más fuerte a su brazo, sintiendo ese calorcito en el pecho que te da saber que estás con la persona adecuada.

James había cambiado tanto por mí... cada gesto, cada concesión, cada paso que daba era por y para nuestra felicidad.

En ese momento, caminando por el centro de Madrid, con mi hija creciendo dentro de mí y el hombre de mi vida a mi lado, no me podía sentir más afortunada.

Íbamos esquivando puestos de artesanía y antigüedades cuando James se paró en seco frente a una pequeña mesa de joyería antigua.

Sus ojos azules se fijaron en algo con una intensidad que me llamó la atención.

Concretamente, era un colgante del árbol de la vida de oro, con las raíces bien marcadas y las ramas extendiéndose en un círculo perfecto.

Antes de que pudiera decir nada sobre el colgante, James sacó la cartera para pagarle al artesano.

—Quiero que lo lleves puesto —me dijo.

Antes de que pudiera protestar, se colocó detrás de mí. Apartó mi melena con delicadeza, haciéndome cosquillas en la nuca, y pasó la cadena por mi cuello para abrochar el cierre. Me giré para mirarlo, tocando la pequeña figura de oro con la yema de los dedos.

James me miró con una seriedad tierna, de esas que me derretían por dentro, y me cubrió la mano con la suya.

—¿Sabes qué significa el árbol de la vida, Mía? —preguntó en voz baja, mientras reanudábamos el paseo—. Representa las raíces que nos mantienen firmes en la tierra, el tronco que nos da la fuerza para crecer y las ramas que buscan el cielo. Significa la familia, el ciclo de la vida y la superación.

Se detuvo un segundo y me miró la tripa, donde nuestra pequeña bebé seguía creciendo ajeno a todo.

—Tus raíces antes estaban dañadas, pero mírate ahora...

Estás creciendo con una fuerza increíble, y estás creando tu propia copa, tu propia familia conmigo.

Quiero que lo lleves siempre para que recuerdes que, pase lo que pase, tus raíces ahora son fuertes.

Y que yo estoy aquí para sostener el tronco contigo.

Le miré con los ojos un poco vidriosos, incapaz de suprimir la emoción que me provocaban sus palabras.

Una vez más, James Bernard había buscado la forma perfecta de recordarme que, a su lado, la vida por fin tenía un sentido hermoso y seguro.

Ese colgante, desde ese momento, sería mi talismán más preciado.

Como era de esperar, no iba a dejar que mi plan de “celestina” se enfriara.

El fin de semana siguiente organicé una cena en nuestro restaurante italiano favorito, uno de esos sitios distinguidos donde la pasta parece hecha por ángeles y la música de fondo te invita a quedarte a vivir.

Evidentemente, propuse invitar a Joselu, a lo que todos estuvieron de acuerdo.

Así que, allí estábamos todos: risas, vino —para ellos—, zumos gourmet —para mí— y una atmósfera perfecta.

Sin embargo, mi radar de emparejamiento falló estrepitosamente.

Pasé media cena observando a Cami, pero ella estaba en su mundo, y lo más desconcertante fue que Joselu parecía tener muchísima más química y conversación con Adriana que con Cami.

No entendía nada. ¿Habré visto visiones aquel día en la cafetería? , pensé mientras pinchaba un ravioli.