CAPÍTULO 16 JAMES #2
La abracé fuerte, dejando que se desahogara en mi hombro mientras le susurraba que todo estaría bien. Vi cómo respiraba pausadamente, recomponiéndose. Su fuerza es, sencillamente, de otro planeta.
—Bien —dijo el doctor para romper el hielo—. ¿Qué os parece si comprobamos si este pequeño revoltijo se deja ver?
—Sí, doctor —dijo Mía, con una sonrisa que era mitad ilusión y mitad resignación.
El doctor volvió a aplicar más gel y buscó el ángulo. Hizo una pausa dramática.
—Bien, aquí lo tenemos —dijo buscando el ángulo al que solo él sabe llegar—. Mejor dicho... aquí la tenemos.
—¿Qué? ¡Es una niña! —exclamé, gritando más de lo normal, casi saltando de la silla.
—Sí, confirmado. Van a tener una niña.
Abracé a Mía como si no hubiera un mañana. ¡Una niña! Una pequeña Mía corriendo por la casa. Mía reía entre lágrimas, repitiendo que no se lo creía.
Salimos del hospital caminando despacio. Estábamos eufóricos por la noticia de nuestra hija, pero el silencio de Mía me decía que la idea de no trabajar le estaba pesando como una losa.
—¿Cómo estás, nena? —le pregunté al llegar al coche, tomándole la mano.
—No sé cómo voy a hacerlo, James. Estar en casa sin hacer nada... Me siento una inútil —suspiró ella, mirando por la ventana.
—Escúchame —le dije, obligándola a mirarme—. No estás “sin hacer nada”. Estás fabricando a la niña más sana y guapa del planeta. Y míralo por el lado positivo...
—¿Qué tiene de positivo estar encerrada entre cuatro paredes?
—Que vamos a tener una niña. Una niña igualita a ti —le dije con un guiño y una sonrisa traviesa—.
Es decir, una fiera indomable, testaruda y con un carácter de mil demonios que me va a tener dando órdenes desde que aprenda a hablar.
No lo he pensado detenidamente... voy a pasar de tener una jefa en el despacho a tener dos en casa. ¡Estoy acabado!
Mía soltó una carcajada de verdad, de las que le iluminan la cara.
—Pobre James... —dijo, acariciándome la mejilla—. Vas a tener que entrenar mucho para sobrevivir a nosotras dos.
—Valdrá la pena solo por veros a las dos juntas —le respondí, besándole la mano.
La semana siguiente me encontraba sumergido en una montaña de currículums. La sede de Málaga estaba cada vez más cerca de ser una realidad física, y necesitaba que el equipo humano estuviera a la altura de Bernard legal Group.
Sin embargo, el sonido metálico de la notificación de correo me sacó de golpe del análisis de un perfil especializado en derecho mercantil.
Era de Ris, el detective. El asunto hizo que soltara el bolígrafo de inmediato: “He localizado el nombre de la esposa de Diego Beltrán”.
Abrí el mensaje con el pulso acelerado. Ris confirmaba que, tras mucho indagar, ya tenía el nombre de la mujer que compartió vida con ese monstruo, pero había un problema: le estaba resultando casi imposible acceder a su domicilio actual.
Los muros legales y de privacidad de Ris tienen un límite, pero yo sabía quién podía saltárselos por la vía oficial.
No esperé ni un segundo. Llamé a Joselu y, fiel a su estilo servicial, me citó una hora más tarde.
Nos vimos en una cafetería discreta; no quería que ninguna de estas gestiones llegara a oídos de Mía, aunque ella estuviera en casa, especialmente ahora que su única misión era mantener la tensión baja y la mente tranquila.
—El detective ha localizado a la ex esposa de Diego Beltrán —le dije en cuanto nos sentamos, yendo directo al grano.
Joselu asintió con gravedad, entendiendo perfectamente las implicaciones. No necesitó que le explicara por qué era vital encontrarla: esa mujer era clave para dar con el hermano de Mía y cerrar, de una vez por todas, la herida que Diego intentaba mantener abierta.
—Escucha, James —me dijo Joselu, sacando su teléfono—.
Te voy a dar el contacto de un compañero que está en el Punto Neutro Judicial.
Pásale todos datos que ha encontrado el detective junto con el nombre de esa mujer.
Él tiene acceso a bases de datos que un detective privado no puede ni soñar.
Localizará todos los domicilios que haya tenido o tenga registrados.
Anoté el contacto como si fuera oro puro.
—En cuanto él sepa algo, contactaré contigo de inmediato —prometió Joselu, guardando su dispositivo.
—Gracias, Joselu. De verdad, no sabes cuánto te lo agradezco.
—No tienes por qué darlas, James —me cortó él con una media sonrisa sincera—. Es de Mía de quien estamos hablando.
—Igualmente, gracias.
—De nada.
Salí de la cafetería sintiendo que el cerco se estrechaba. Diego Beltrán creía que, desde su celda, podía jugar al gato y al ratón con nosotros usando el paradero del hermano de Mía como moneda de cambio. Lo que no sabe es que Mía ya no está sola en esto.
Mientras volvía al despacho, pensé en mi hija y en esa baja laboral que Mía tanto odiaba.
Voy a encontrar a ese hermano, voy a desactivar las amenazas de su padre y voy a asegurarme de que, cuando esa niña nazca, el único asunto pendiente que tengamos sea decidir qué cuentos le vamos a leer por las noches.
Entré en el despacho con la cabeza todavía dándole vueltas a la conversación con Joselu y a ese contacto del Punto Neutro Judicial que era, ahora mismo, mi mejor baza. Pero la realidad de los tribunales no descansa, y Almudena me estaba esperando con una de esas carpetas que nunca traen nada bueno.
—James, ya tenemos fecha para el juicio contra Diego Beltrán y Vanessa —me soltó sin anestesia—. Se ha señalado para el 9 de abril.
—¡Maldita sea! —exclamé, golpeando suavemente el marco de la puerta—. Abril... justo en la recta final.
Hice las cuentas mentalmente. Para esa fecha, Mía estará en la última fase del embarazo, con la tensión vigilada al milímetro y los nervios a flor de piel.
Lo último que necesita es eso, así que, automáticamente, decidí que no se lo voy a contar, al menos no ahora.
Bastante tiene con lidiar con la baja laboral y el reposo como para añadir una cuenta atrás hacia el conflicto en su calendario.
Pero las sorpresas de esa mañana no habían terminado. Almudena me siguió hasta mi mesa con gesto serio.
—Hay más, James. Su defensa ha solicitado la libertad provisional de Diego hasta que se celebre el juicio. Argumentan que ya lleva seis meses en prisión preventiva, que no existe riesgo de destrucción de pruebas y que, según ellos, ha tenido una conducta ejemplar en el centro.
—¿Conducta ejemplar? —me reí con una amargura que me quemaba la garganta—.
Presentad un escrito de oposición inmediata.
No podemos permitir que ese malnacido respire aire de libertad ni un solo segundo.
Es un riesgo de fuga, es un riesgo para las víctimas y, sobre todo, es un riesgo para la salud de mi mujer.
—Ya lo estábamos redactando, James —respondió Almudena con esa eficiencia que hoy le agradezco más que nunca—. No pensábamos dejarlo pasar.
Cerré la puerta de mi despacho y me dejé caer en el sillón, frotándome las sienes.
Me quedé mirando el teléfono, esperando que no volviera a sonar.
Es solo media mañana y ya he tenido que gestionar: un detective con pistas a medias sobre una esposa desaparecida, una cita secreta con Joselu para mover hilos en el sistema judicial, una fecha de juicio que es una bomba de relojería para el estado de Mía y el intento de un sociópata por salir a la calle antes de tiempo.
Suspiré, mirando al techo con un deje de ironía.
—A ver, destino... ¿qué más tienes para mí hoy? ¿Alguna plaga bíblica? ¿Un meteorito? ¿O ya has tenido suficiente conmigo por hoy? Porque te aseguro que, por Mía y por esa niña que viene en camino, tengo cuerda para aguantar todos los asaltos que me quieras echar.
Solo deseaba llegar a casa y que Mía me recibiera con una de esas sonrisas que reviven hasta el corazón más debilitado pero, como siempre, lo que recibí fue aún mejor.