Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 16 JAMES
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CAPÍTULO 16 JAMES

Llegamos al bufete y cada uno se fue a su respectivo despacho, no sin antes plantarle un beso que me diera fuerzas para afrontar esa mañana.

Entré en mi despacho y cerré la puerta tras de mí, buscando un aislamiento que sabía que no duraría mucho.

Saqué la carta certificada del bolsillo interior de mi chaqueta, ese trozo de papel que parecía quemarme a través de la tela, y la dejé sobre el escritorio.

Me giré hacia el gran ventanal. Madrid se extendía ante mí bajo un cielo azul insultantemente despejado, una mañana preciosa que contrastaba violentamente con la ira que empezaba a envenenarme la sangre.

¿Cómo puede un padre hacerle eso a su propia hija?

Ahora que siento la vida de mi hijo en el vientre de Mía, que he notado ese pequeño toque de existencia, la maldad de Diego Beltrán me resulta no solo despreciable, sino inhumana.

Él irradia una oscuridad densa, un deseo de arrastrar a Mía hacia la soledad y la culpa, cuando ella es luz pura.

Mía es una mujer que ha construido un imperio de integridad, que cuida de los suyos, a pesar de no haber recibido nunca cariño de nadie y, además, está a punto de dar vida; ver cómo este malnacido intenta empañar eso, es algo que no puedo tolerar.

Tras respirar hondo durante varios minutos, intentando que las manos me dejaran de temblar por la rabia, cogí el abrecartas. Era hora de leer el veneno.

La caligrafía era firme, cargada de un resentimiento que saltaba del papel. Comencé a leer.

“Mía,

Mírate, tan digna en tu despacho, mientras yo me pudro aquí por tu culpa.

Eres la única responsable de mi mala vida.

Te hablé de tu hermano, te di la oportunidad de redimirte y, aun así, no te ha importado.

No vayas de mosquita muerta por la vida, porque en el fondo eres igual que yo: no te importa tu familia.

La diferencia es que yo lo admito y tú te escondes tras una máscara de rectitud.

Si eso es lo que quieres, está bien. Desde ahora te digo que jamás te diré quién es tu hermano y me encargaré, aunque sea lo último que haga, de que nunca llegues a encontrarlo. Quiero que vivas con esa duda, porque así nunca serás feliz.

Ah, y por cierto... un pajarito me ha dicho que estás embarazada. Disfruta el poco tiempo que te quede de esa falsa felicidad, porque voy a destruir todo lo que tienes exactamente de la misma forma en que tú me destruiste a mí.

Tu padre.”

Terminé de leer y la habitación pareció hacerse pequeña.

La furia me nubló la vista. Hice una bola con el papel, apretándolo con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos, y la lancé con todas mis fuerzas hacia la puerta.

Justo en ese momento, oí unos golpes y la puerta se abrió. Era mi padre.

—James, ¿cómo estás, hij...? —mi padre se detuvo en seco al ver mi rostro. Mi expresión debía de ser una máscara de puro odio—. ¿Qué ha pasado?

—Ese hijo de puta, papá —empecé a decir, caminando de un lado a otro del despacho como un animal enjaulado.

No podía controlarme—. Ese hijo de puta se atreve a amenazar a mi mujer y a mi hijo.

Se atreve a tocar lo más sagrado... ¡Te juro que si sale algún día de la cárcel lo mataré!

¡Juro por Dios que lo mataré con mis propias manos!

Descargué un golpe seco sobre la mesa que hizo saltar todo lo que había en ella. La rabia me quemaba en la garganta.

—James, tranquilízate, por favor. Mírame. Cuéntame qué ha pasado —dijo mi padre con esa voz calmada que siempre intentaba poner orden en el caos.

—Ahí lo tienes —dije, señalando con un gesto brusco la bola de papel que yacía en el suelo, entre la puerta y mi escritorio.

Mi padre se agachó, recogió el papel y empezó a alisarlo con cuidado para leerlo.

Yo no podía dejar de dar vueltas por la habitación, sintiendo que el aire se me escapaba.

La amenaza al embarazo de Mía, el chantaje emocional con el hermano desaparecido...

Diego Beltrán no es un hombre, es un cáncer, y no voy a parar hasta asegurarme de que no pueda volver a rozar a mi familia ni con el pensamiento.

Vi cómo mi padre terminaba de leer aquellas líneas emponzoñadas.

Sus manos, siempre tan seguras, temblaron apenas un segundo antes de doblar el papel con una parsimonia que me puso de los nervios.

Se lo guardó en el bolsillo del pantalón, como si quisiera ocultar esa basura de mi vista, y por fin me miró.

En sus ojos vi un reflejo de mi propia furia.

Manuel Bernard siempre ha sido el epítome de la elegancia y la templanza, pero Diego Beltrán había conseguido lo imposible: encender una chispa de odio real en el hombre más calmado y justo que conozco.

Sin embargo, hizo un esfuerzo visible por inspirar hondo y mantener el tipo por mí.

“Lo que hace un verdadero padre”, me dijo mi subconsciente.

—Ese hombre es un animal herido, James. Y los animales heridos son los que más muerden —dijo con la voz tensa, aunque controlada—. Tienes que calmarte. En ese estado no podrás ganar esta guerra.

—¡No me pidas calma, papá! —exclamé, deteniéndome frente a él—. Ha amenazado a Mía. Ha amenazado a mi hijo. Sabe lo del embarazo...

Mi padre se acercó y me puso una mano firme en el hombro, obligándome a clavar los pies en el suelo.

—Escúchame bien —su tono se volvió más profundo, casi una orden—. Mía ha pasado años luchando batallas en una soledad absoluta. Se ha enfrentado a ese monstruo ella sola, ha levantado su carrera y su vida sin que nadie le cubriera las espaldas. Pero eso se ha acabado.

Hizo una pausa, y su mirada se volvió de acero.

—Ella ya ha demostrado que es una guerrera, James.

Pero ahora, en el estado en el que está, con tu familia creciendo en su interior, ya no tiene por qué pelear en el barro.

Ese es tu lugar ahora. Tu deber no es perder la cabeza con amenazas de muerte, sino ser el muro que ese hombre no pueda saltar.

Tienes que protegerla a ella y a la vida que lleva dentro con inteligencia, no solo con rabia —sentenció.

Sus palabras fueron como un jarro de agua fría que, aunque no apagó mi incendio, al menos me permitió ver entre el humo. Tenía razón. Mía no necesitaba a un marido que no pudiera controlar la situación; necesitaba al hombre que garantizara que Diego Beltrán no fuera más que un mal recuerdo.

—Tenlo por seguro, papá —respondí, sintiendo cómo mi mandíbula se tensaba hasta doler—. Diego Beltrán no va a volver a rozar a Mía ni con el pensamiento. No voy a dejar que se acerque a mi familia nunca más.

—Así te quiero —asintió mi padre, dándome un apretón en el hombro antes de soltarme—. Ahora respira. Ve al baño, lávate la cara y no dejes que tu mujer te vea así. Ella no puede oler el miedo, y mucho menos el odio.

Asentí en silencio. Esta guerra era personal y Diego Beltrán acababa de cometer el error de su vida: darme más motivos para ser implacable.

Hoy 1 de diciembre, habían pasado unos cinco meses, 20 semanas de la noticia más maravillosa de nuestra vida, y no podía sentirme más optimista.

El trayecto al hospital fue distinto a los anteriores; sentía que hoy cerraríamos ese capítulo de incertidumbre sobre el hierro y el “alto riesgo”. Mía se veía radiante.

Cumplimos con el ritual de siempre: la extracción de sangre y esa hora de espera eterna en la cafetería. Yo no paraba de hablarle a la barriga, convencido de que hoy nos darían el sobresaliente en salud.

Cuando entramos, el doctor nos recibió con su calma habitual. Empezó con las preguntas de rigor: energía, sensaciones, alimentación.

—No se ha saltado ni una sola pauta, doctor —intervine con un orgullo que no me cabía en el pecho—. Es la paciente más disciplinada que ha tenido.

—Gracias a ti, todo hay que decirlo —dijo Mía con una sonrisa mientras me apretaba la mano.

—Así me gusta —asintió Mendoza—. Bien, Mía, veamos como tienes la tensión esta vez.

El silencio de la sala solo se rompía por el sonido del velcro del tensiómetro. Vi cómo el médico fruncía el ceño casi imperceptiblemente.

—La sigues teniendo un poco alta, Mía. Vamos a rellenar el resto del informe y te la volveré a tomar en cinco minutos para confirmar —dijo con voz neutra.

Esos cinco minutos fueron los más largos de mi vida. Le volvió a tomar la tensión, pero esta vez no leyó el resultado en voz alta. Pasamos directamente a la camilla.

—Veamos cómo ha crecido tu bebé —dijo el doctor.

Nos dio todas las medidas: fémur, perímetro cefálico, peso... Todo estaba dentro de los percentiles perfectos. Sin embargo, al dejar el ecógrafo a un lado, el rostro del Dr. Mendoza se puso serio.

—Lo siento mucho, Mía, pero tengo que darte la baja médica preventiva.

—¿Por qué? Me encuentro fenomenal —suplicó ella, incorporándose de golpe.

—Te voy a dar la baja laboral absoluta para que tu única ocupación sea descansar y prepararte para la llegada del bebé.

—¿Qué ocurre, doctor? —pregunté, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso.

—La tensión no está controlada y su trabajo, ahora mismo, es su peor enemigo.

Eso, unido a que las reservas de hierro siguen siendo bajas, aunque estén dentro de los límites...

El cortisol es el enemigo de su tensión.

Nada de correos, nada de problemas familiares.

Quiero que lea, que escuche música y empiece a preparar las cositas del bebé.

Compre un tensiómetro; si la mínima sube de 100 o si empieza con dolor de cabeza fuerte o ve “lucecitas", váyase directa a urgencias.

Mía rompió a llorar. Era esa mezcla de frustración y agotamiento que solo ella siente cuando cree que ha fallado.

—He hecho todo lo que me dijo… —dijo compungida.

—Tranquilícese —le dijo el doctor con dulzura—. Todo esto es por su bien y el de su bebé. Precisamente porque ha hecho todo lo que le pedí, no la derivo a Alto Riesgo; nos quedamos solo con la baja laboral para controlar esa tensión.