CAPÍTULO 15 MÍA #3
Después de recuperar el tiempo perdido, decidimos que lo mejor para terminar el domingo era un plan tranquilo de sofá y manta.
James, fiel a su estilo, fue el encargado de elegir la película en Netflix.
¿El resultado? Una de esas de acción pura, con persecuciones imposibles y explosiones que hacían vibrar hasta las lámparas.
Yo estaba allí, medio recostada sobre él, intentando seguir el hilo de la trama entre tanto ruido, cuando de repente ocurrió.
Fue como una burbuja explotando suavemente, un aleteo eléctrico que no se parecía a nada que hubiera sentido antes.
—¡James! —grité sin poder evitarlo, incorporándome de golpe.
Él dio un salto en el sofá que casi lo manda al suelo. Me miró con los ojos como platos, con una mezcla de susto por mi grito y la tensión que ya traía por la película.
—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? —preguntó sobresaltado, buscándome la mirada con angustia.
Me llevé la mano directamente al vientre, con el corazón latiendo a mil por hora.
—He notado algo —dije, casi en un susurro.
—¿Algo como qué? ¿Te encuentras mal? —preguntó él, ya poniéndose en modo “protector máximo”.
—Creo que ha sido el bebé.
La cara de James pasó de la preocupación a la incredulidad más absoluta en un segundo.
Automáticamente, agarró el mando a distancia y silenció el televisor.
La habitación se quedó en un silencio sepulcral, roto solo por nuestra respiración.
Puso su mano sobre mi vientre, justo donde yo tenía la mía, y esperamos. Esperamos. Esperamos un poco más.
James no parpadeaba, estaba tan concentrado que parecía que estaba intentando escuchar el pulso de la Tierra. Y entonces, como si nuestro bebé supiera que su padre estaba allí pasando el control de calidad, volvió a suceder. Un pequeño toque, sutil pero inconfundible.
—¿Ahora? ¿Lo has notado? —pregunté, mirándolo fijamente.
La expresión de su cara fue el mejor regalo del mundo. Sus ojos se humedecieron ligeramente con una sonrisa de victoria. Apoyó su frente contra la mía.
—Es impresionante, Mía... —murmuró—. De verdad, es impresionante.
—Imagina cuando sea más grande —le dije, riendo suavemente mientras sentía su mano cálida protegiéndonos a los dos—. Prepárate para las patadas de verdad.
—Creo que a partir de ahora me llevaré todo el día hablándole a tu barriga —sentenció él, sin retirar la mano—. ¿Se verá muy raro? ¿Me verán como a un loco?
No pude evitar soltar una carcajada, imaginándome al impecable James Bernard, el abogado estrella, hablando con mi ombligo en mitad de una reunión importante.
—Bueno... puedes parecer un poco perturbado, para qué te voy a engañar —bromeé.
—No me importa —respondió él con esa seguridad que me vuelve loca—. Lo que está claro es que a nuestro bebé le gustan las películas de acción.
—La que me espera —dije resignada.
Nos besamos con una sonrisa en los labios, con el televisor mudo mostrando una explosión en pantalla que no tenía nada que hacer frente al estallido de felicidad que estábamos sintiendo nosotros en ese sofá. En ese momento, solo existíamos nosotros tres.
La mañana del día siguiente había empezado con la rutina de hierro y disciplina que se ha convertido en mi mantra.
Mi desayuno parecía una pequeña botica: zumo de naranja para la absorción, la pastilla de hierro, el ácido fólico...
y una tostada con aceite y pavo que sabía a gloria comparada con las náuseas de las primeras semanas.
Estábamos listos para salir al despacho, con la inercia de quien se siente dueño del mundo tras un domingo perfecto, cuando tres golpes en la puerta rompieron el hechizo.
Al abrir, me encontré con el cartero.
—¿Mía Beltrán? —preguntó de forma mecánica.
—Sí, soy yo.
—Carta certificada para usted.
En ese instante, la sangre se me heló. No necesité abrirla; ya conocía ese sobre, ese tipo de papel y, sobre todo, ese sello que ya fue mi pesadilla.
James, que estaba a mi espalda, se tensó de inmediato.
Su mirada buscó la mía, intentando transmitirme una calma que, sencillamente, ya había abandonado mi cuerpo.
Firmé la entrega con una mano que no parecía mía, un garabato tembloroso que apenas me representaba. Cuando el cartero se marchó y me quedé con el sobre en la mano, sentí que pesaba toneladas.
—No puedo, James. No puedo abrirla —dije, sintiendo cómo el aire se volvía denso.
—Tírala, Mía. No tienes nada bueno que leer ahí —dijo James contundente.
—¿Y si es otra cosa? —pregunté, con la mente volando a mil por hora—. ¿Y si me dice el nombre de mi hermano?
James dio un paso al frente y me tomó de los hombros, obligándome a centrarme en él, en su fuerza, en su realidad.
—¡Basta! No voy a permitir que Diego Beltrán se vuelva a meter en nuestras vidas sin permiso. Ni un segundo más. Dámela, yo me encargo de comprobar si hay algo relevante o si, como sospecho, no vale para nada más que para el triturador de papel.
Le entregué la carta con los dedos vibrando de puro nerviosismo.
Él no la leyó allí mismo; se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, justo contra su pecho, como si su propia piel pudiera actuar de escudo entre ese papel infecto y yo.
Se acercó a mí y me besó la frente con una ternura que me hizo querer llorar.
—Eres la persona más fuerte que he conocido, Mía. No lo dudes nunca.