Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 15 MÍA #2
47%

CAPÍTULO 15 MÍA #2

—Aquí viene. Encantada de saludarte.

Escuché el roce del teléfono pasando de una mano a otra. Luego, su voz. Esa voz que normalmente me calma, pero que ahora me ponía en alerta máxima.

—Hola, mi amor, ¿cómo ha ido esa reunión con las chicas, mi hermano incluido? —preguntó James, ajeno al incendio que acababa de provocar.

—¿Dónde estás? —fui directa al grano.

—En mi habitación del hotel —contestó rápidamente.

—¿Y por qué me ha cogido tu móvil Teresa? —pregunté inquisitivamente.

—Estaba cogiéndole unos documentos para entregárselos. Mañana cojo el vuelo por la mañana y no la veré. ¿Qué te pasa?

—Pues que no entiendo qué hace ella en tu habitación, a estas horas, y cogiendo tu móvil.

—¿Estás celosa? —preguntó él con un retintín juguetón que me hizo apretar los dientes.

—Dímelo tú, ¿tengo motivos? —pregunté más alterada de lo normal.

—Ninguno.

Se hizo el silencio. Mi mente era un hervidero. Sabía que James vivía por y para mí, que me lo demostraba cada día, pero la imagen de ellos dos solos en esa habitación, a esas horas, me quemaba.

—Mi amor, ¿me crees? —volvió a preguntar, más suave.

Cerré los ojos, respirando hondo. Sabía quién era el hombre con el que me había casado.

—Sí —admití.

—Bien. Ahora déjate de tonterías y cuéntame, llevo todo el día esperando tu llamada para que me digas cómo estás —dijo firmemente.

—Estoy bien, he pasado muy buena tarde con las chicas.

—Me alegro mucho. Yo te he echado mucho de menos —dijo con ese tono que siempre me desarmaba pero yo aún estaba alterada para que me hiciera efecto.

—¿Seguro? —solté con un sarcasmo que no pude evitar.

—Súper seguro. Me hubiera encantado tenerte aquí y escuchar tus grandilocuentes sugerencias, hubieras sido de gran ayuda.

Ese comentario me desarmó. Me derritió el orgullo y me recordó por qué somos el equipo que somos.

—A mí también me hubiera gustado estar ahí —susurré.

—Bueno, ¿y ya estás en la cama?

—Sí.

—¿Te has puesto el pijama?

—Sí. ¿Y tú?

—Aún no. Si te soy sincero, te he echado tanto de menos que necesito un poco de tu amor.

La temperatura en mi habitación pareció subir diez grados de golpe. La tensión acumulada de los celos empezó a transformarse en algo mucho más oscuro y urgente.

—No creo que yo esté en este momento para darte amor, después de lo que me he encontrado —le reté, sintiendo un escalofrío.

—¿Ah, no? Pues véngate.

Esa fue la señal. Acepté el desafío.

—Pon el manos libres y ve la cama —dije, bajando la voz y yo hice lo mismo que le pedí—. Imagina que estoy ahí. Imagina que entro en esa habitación. Llevo ese conjunto de encaje negro que tanto te gusta, el que ahora se ciñe a mis curvas de una forma que nunca habías visto.

Escuché su respiración entrecortarse al otro lado de la línea.

—Mía... —gruñó él.

—No puedes tocarme, no puedes tocarte —le ordené, cerrando los ojos y dejando que mi mano recorriera mi propio cuerpo, imaginando que eran las suyas—.

Quiero que imagines cómo me deshago de la seda, muy despacio, mientras mantengo mi mirada fija en la tuya.

Me acerco a ti y te obligo a sentarte, sin que puedas tocarme todavía.

Estás sintiendo el hambre de tenerme tan cerca.

Escuché su respiración volverse pesada y un gemido ronco que me recorrió toda la columna vertebral y que me confirmó que lo tenía donde quería.

—Mía... maldita sea —gruñó James—. Si pudiera romper esta pantalla ahora mismo y cruzar hasta dónde estás, te aseguro que no podrías ni hablar.

Te agarraría de la cintura con tanta fuerza que no sabrías dónde terminas tú y dónde empiezo yo.

Te empotraría contra el cabecero de esa cama y te recordaría, centímetro a centímetro, quién es el que manda en nuestro dormitorio.

Su voz era puro fuego, una caricia eléctrica que me hacía arquear la espalda en la soledad de nuestra cama.

—Empezaría por tu cuello —continuó él, con una urgencia brutal—, bajando por tus hombros hasta perderme en tu pecho, saboreando cada rincón de tu piel hasta que solo pudieras gritar mi nombre.

Te daría un amor tan desesperado que olvidarías hasta cómo te llamas.

Te haría mía una y otra vez, celebrando cada curva de tu embarazo, hasta que estuvieras tan agotada y satisfecha que solo pudieras dormirte en mis brazos.

Sus palabras eran caricias eléctricas, describiendo con detalle cada rincón de mi piel, cada reacción de mi cuerpo.

—Eres mío, James —le dije, casi sin aliento, mientras el deseo me nublaba el juicio—. Quiero que cada vez que cierres los ojos en ese hotel, lo único que sientas sea mi voz y mi rastro.

—Soy tuyo, Mía. Todo es tuyo. No hay nadie más —respondió él con una urgencia brutal.

Continuamos así, alimentando el fuego con palabras prohibidas y gemidos contenidos, en una danza de sombras y deseo que acortó los kilómetros de golpe.

Estaba sin aliento, con el corazón galopando contra mis costillas, cuando el clímax nos alcanzó a ambos.

La distancia se había borrado por completo.

—Mañana te quiero en casa, James —sentencié, con la voz rota por el deseo.

—Mañana estaré ahí, nena. Y esta venganza la vamos a terminar en persona. Cuenta con ello.

Colgué el teléfono, sintiéndome la dueña absoluta de su mundo y caí rendida en un sueño profundo en el que James y yo éramos los únicos protagonistas.

Tras lo de la noche anterior, creo que no hace falta ser una experta para imaginarse cómo fue el reencuentro el domingo.

James cruzó el umbral de la puerta y, básicamente, el resto del día se convirtió en una maratón de besos, caricias y palabras susurradas que habíamos estado acumulando durante su ausencia.

Si por dos días de viaje nos pusimos así, no me quiero ni imaginar lo que pasaría si se fuera una semana; probablemente tendríamos que reconstruir la casa.