CAPÍTULO 15 MÍA
A diferencia del último viaje de James, donde mi vida se resumía en un triángulo de las Bermudas entre la cama, el sofá y el baño, esta vez tengo energía.
¡Por fin! Así que decidí aprovechar el aire fresco de principios de noviembre para darme un capricho.
Salí del despacho con ganas de perderme por las calles de Madrid y, por qué no decirlo, de empezar a buscar ropita de premamá.
Aunque todavía entro en algunos de mis vaqueros y vestidos, mi barriga tiene planes de expansión propios y me niego a perder mi estilo por el camino.
Para una misión de este calibre, solo había una persona posible: Cami.
Es la mejor eligiendo estilismos y la única que sabe cómo hacerme sentir radiante incluso cuando me convierta en un globo aerostático.
Quedamos en un centro comercial y ella me avisó de que me esperaba en una cafetería justo enfrente.
Al aproximarme, me detuve un segundo para localizarla desde lejos. Iba a sacar el móvil para llamarla, pero me quedé de piedra al ver con quién salía de la cafetería. Joselu.
Me quedé quieta, observando cómo se despedían.
Mi instinto —o quizás estas hormonas del embarazo que me han vuelto una versión moderna de “La Celestina”— me dio un vuelco en el corazón.
¿Cami y Joselu? ¡Es perfecto! Joselu es un hombre maravilloso, con los pies en la tierra, justo lo que mi amiga necesita.
Se me escapó una sonrisa tonta imaginando ya la jugada: tengo que planificar una cena todos juntos para ver cómo se comportan esos dos bajo mi microscopio.
Cuando por fin nos encontramos, decidí jugar un poco.
—¡Cami! Qué puntual. ¿Qué tal el café? ¿Estabas con alguien? —le pregunté con mi mejor cara de póker.
Ella ni siquiera parpadeó.
—No, qué va, he venido con tiempo y me he tomado algo sola para despejarme.
“Mentira cochina”, pensé para mis adentros mientras la miraba con una ternura infinita. Pero no dije nada. Me guardé el secreto para saborearlo después. Pasamos la tarde recorriendo cientos de tiendas y con el armario lleno de nuevos modelitos.
James estaba en Málaga y estaría fuera un par de días, pero es como si no se hubiera marchado de casa.
Lo siento presente en cada rincón, sobre todo porque mi teléfono no deja de vibrar.
Me llama a cada instante para preguntarme cómo estoy, qué he desayunado o si he descansado lo suficiente.
Se ha convertido en mi nutricionista, mi coach y mi guardaespaldas personal a distancia.
Incluso me confesó que se ha comprado un libro en el Duty Free del aeropuerto sobre el embarazo.
Todavía estoy flipando; me lo imagino en el avión, subrayando capítulos sobre el desarrollo fetal y los niveles de hemoglobina con esa cara de concentración que pone cuando estudia un caso complicado.
Es, sin ninguna duda, el mejor hombre del mundo.
En una de nuestras conversaciones me comentó que ya han creado una cuenta de Instagram para la sede de Málaga.
Quieren ir subiendo todos los avances de la reforma de Enzo hasta la inauguración.
Es un movimiento inteligente; hoy en día, las redes sociales son la mejor publicidad.
Solo hay que ver el éxito que tiene Liam gestionando las redes y la página web aquí en Madrid; tiene un don para eso.
Tengo que reconocer que la idea de crear ese perfil fue de Teresa.
Bien hecho por su parte. Me gusta que tenga esa iniciativa; demuestra que está tan comprometida con el proyecto como nosotros.
Si va a liderar esa sede, necesitamos que tenga esa visión moderna.
Al día siguiente, por la mañana, cuando volvimos a hablar, le conté que las chicas iban a venir a casa a cenar conmigo. Me apetecía un plan tranquilo, risas y cotilleos sin tener que moverme del sofá. A James le pareció un planazo.
—Pásalo bien, nena —me dijo con ese tono cálido que me eriza la piel—. Y mándame un mensaje cuando te vayas a la cama, por si te apetece que hablemos un rato antes de dormir y contarte las novedades del día.
—Me encantaría —le respondí con una sonrisa que él no podía ver, pero que estoy segura de que sintió.
Así que, estoy aquí, preparando el salón y esperando a que lleguen Cami, Adri y Liam.
Tengo un secreto guardado sobre Cami y Joselu que me quema en la lengua, y sé que esta cena va a ser el escenario perfecto para empezar a tirar de la manta.
Entre batidos de frutas y comida sana, hoy mi “lentejita” y yo vamos a disfrutar de muy buena compañía.
El silencio que reinaba en casa, ese que yo cuidaba casi como un tesoro con mi música de fondo y mi paz de embarazada, se evaporó en cuanto cruzaron la puerta. Mi salón pasó de ser un santuario zen a convertirse en un auténtico gallinero de lujo. Pero, para ser sincera, lo necesitaba.
Estábamos rodeados de fuentes de comida deliciosa —gracias a Dios que el hambre ha vuelto con ganas— y zumos de frutas de todos los colores imaginables.
Mis amigos, en un gesto de solidaridad que me conmovió, se habían unido a mi “ley seca” obligada, brindando con brebajes de piña y coco como si fueran los cócteles más exclusivos de la Gran Vía.
Como era de esperar, Liam no tardó ni cinco minutos en comenzar con sus cotilleros.
—Lo de la reunión con Teresa... ¡teníais que haberlo visto!
—dijo Liam, gesticulando con una brocheta en la mano—.
Esa mujer estaba totalmente asustada frente a esta fiera de curvas impresionantes.
Estabas increíble, amiga, desmontando cada uno de sus argumentos sobre la oficina en la calle Larios con una precisión quirúrgica.
—¿No te pasaste un poco, Mía? —preguntó Adri, arqueando una ceja con cautela.
—No iba a permitir que una persona que acaba de llegar intente hacerme valer menos con todo lo que he luchado —respondí, sintiendo de nuevo ese fuego en el pecho—. Ya no aguanto ni una sugerencia más de que soy “la mujer de” o de que valgo menos que nadie en ese despacho.
—Bien dicho —me apoyó Cami con una sonrisa—. Estoy muy orgullosa de ti. Por fin ha vuelto Mía Beltrán, la destructora de egos.
Todos rompieron a reír y brindamos con nuestros zumos. Me sentí poderosa por un momento, la reina de mi castillo.
Aprovechando el buen ambiente, decidí soltar mi cebo para el plan “Celestina”.
—Oye, he estado pensando... ¿qué os parecería si un día invitamos a Joselu a cenar con nosotros? —solté como quien no quiere la cosa.
—¡Me encanta la idea! —exclamó Liam entusiasmado—. Siempre es bueno tener a un buenorro más en la reunión. Además, ese chico me cae genial.
Miré de reojo a Cami. Ella, impasible, se limitó a asentir mientras masticaba un poco de ensalada.
—Por mí perfecto también, es muy majo —dijo con una naturalidad que casi me hace dudar de lo que vi en la cafetería.
“Bien actuado, amiga, pero a esta detective no la engañas tú tan fácil”, pensé.
Entonces, Liam recordó el tema de las redes sociales.
—Por cierto, me han llegado notificaciones de que el nuevo perfil de la sede de Málaga ha subido fotos, pero no he tenido tiempo de verlas.
—Sí, James me lo dijo. Fue idea de Teresa ir subiendo el progreso de la reforma —comenté, intentando sonar objetiva.
—Buena idea ha tenido la tal Teresa —añadió Liam mientras desbloqueaba el móvil—. A ver qué han puesto... ¿Serán también idea suya las fotos que se suben?
—No lo sé, no sé quién lleva la cuenta —respondí dándole un sorbo a mi zumo.
—Pues yo creo que sí... —murmuró Cami, que se había asomado al móvil de Liam con una expresión extraña.
—¿Qué pasa? ¿Qué han subido? —pregunté inquieta ante el comentario de Cami.
Liam me pasó el móvil. En la pantalla, una fotografía de una calidad impecable me devolvió el golpe.
Eran James y Teresa, de pie frente a un ventanal inmenso con el azul del Mediterráneo de fondo.
Estaban inclinados sobre unos documentos, con esa luz dorada de la Costa del Sol bañándolos.
Parecía el reportaje de una revista de negocios de alto nivel.
—Qué mona ella... —soltó Cami con un deje de ironía—. Se nota que estaba “preparadísima” para el reportaje.
Teresa lucía un traje de chaqueta y pantalón de lino en color marfil, con una caída impecable, combinado con un top de seda debajo y su melena morena perfectamente peinada. Estaba radiante y profesional.
—Demasiado preparada —mascullé yo evitando seguir mirando la imagen.
No quería sentir celos. Me repetía a mí misma que eran solo socios, que era trabajo, que yo era la “destructora de egos”...
pero la realidad me golpeó al mirarme en el reflejo del espejo del salón.
En esa foto debería estar yo, vestida con mi mejor vestido junto a mi marido, luciendo mi barriga con orgullo.
Y, en cambio, aquí estaba yo: con un moño despeinado, en zapatillas de andar por casa y en chándal.
Me arrepentí en ese mismo instante de no haber ido. El orgullo es muy traicionero, pero la inseguridad de una embarazada con las hormonas a flor de piel lo es mucho más. “Eres tonta, Mía”, me dije a mí misma mientras intentaba que mis amigos no notaran cómo se me encogía el corazón.
Después de una velada que había oscilado entre las risas con mis amigos y ese nudo amargo de inseguridad al ver la foto de James con Teresa, el silencio de mi salón se sentía demasiado pesado.
Le envié un mensaje a James: “Ya se han ido las chicas” .
Él respondió casi al instante: “Estoy subiendo a la habitación del hotel” .
Me puse el pijama, tratando de ignorar la imagen de esa "Teresa de revista" frente al mar, y decidí que necesitaba escuchar la voz de mi marido para calmar los demonios. Tomé aire y marqué. El tono de llamada resonó varias veces hasta que, finalmente, descolgó.
—Hola, mi amor, ¿cómo ha ido el día? —solté, queriendo sonar dulce pero firme.
—Hola, Mía. Soy Teresa. James está cogiendo unos documentos para dármelos.
Se me heló la sangre. El corazón me dio un vuelco violento contra las costillas.
—¿Dónde está James? —mi voz sonó más cortante de lo que pretendía.