Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 14 JAMES
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CAPÍTULO 14 JAMES

Íbamos camino de las analíticas prescritas por el Dr. Mendoza, pasado un mes, con una mezcla de esperanza y ese nerviosismo sordo que se te instala en el estómago cuando esperas noticias médicas.

Después de un mes entero siguiendo el tratamiento de hierro a rajatabla, hoy era el día de la verdad; teníamos que ver si los niveles de Mía habían subido y si nuestro bebé estaba recibiendo todo el combustible necesario.

Llegamos al hospital, le tomaron sangre y, como ya era tradición, nos tocó la consabida hora de espera hasta que los resultados estuvieran listos.

Nos refugiamos en la cafetería. Ver a Mía devorar un sándwich, para recuperar energías tras la extracción, me llenaba el alma; verla comer con ganas, sin esa sombra de náuseas que nos persiguió semanas atrás, era el mejor regalo que podía recibir.

—Oye, no te comenté lo que me dijo Eric el otro día —le dije, apoyando los codos en la mesa mientras la observaba.

—¿Qué te dijo? —me contestó Mía entre bocado y bocado.

—Está conociendo a alguien, una tal Susana. No sabemos mucho más, pero el tono de Eric era... diferente.

Mía me miró con una sorpresa genuina, deteniendo el sándwich a medio camino.

—¿Eric? Me alegro mucho, de verdad. Espero que siente la cabeza de una vez, aunque lo dudo bastante.

—¿Por qué eres tan escéptica? —pregunté con una sonrisa.

—Porque es peor que tú, James, mucho peor.

—¡Eh! —protesté, fingiendo indignación mientras me reía—.

Yo al menos tuve la elegancia de dejarme “domar” por la abogada más implacable de Madrid.

Eric es como un caso de derecho internacional: complejo, lleno de lagunas y muy difícil de cerrar.

Además, mírame, yo soy un hombre reformado...

o al menos un hombre que sabe quién manda en casa.

Mía soltó una carcajada limpia que atrajo un par de miradas en la cafetería, pero no me importó. Esa risa valía más que cualquier cosa.

Justo cuando Mía terminó de comer y se disponía a cerrar el envoltorio del sándwich, la pantalla de mi móvil se iluminó. El Dr. Mendoza nos llamaba para que subiéramos a su consulta a recoger los resultados de la analítica.

Me levanté de inmediato y le tendí la mano. Sentí cómo sus dedos se entrelazaban con los míos con fuerza.

—Vamos, nena —le dije, dándole un beso rápido en la frente—. Vamos a ver si ese hierro ha hecho su magia.

Caminamos por los pasillos blancos del hospital con el corazón palpitando un poco más rápido de lo normal.

Estaba sentado en aquella silla de plástico de la consulta, apretando la mano de Mía tan fuerte que temía cortarle la circulación.

Observé al Dr. Mendoza mientras revisaba los informes; su silencio me estaba matando.

Cuando finalmente levantó la vista, supe que no iba a ser la fiesta de celebración que Mía esperaba.

—Bien, hay noticias positivas, pero no podemos cantar victoria todavía —empezó a decir, ajustándose las gafas—.

Su hemoglobina ha subido de 9.5 a 10.6. Es un buen salto; significa que su cuerpo está aceptando el suplemento y fabricando glóbulos rojos nuevos.

Ya no está en la zona de peligro inmediato, pero sigue estando por debajo del mínimo para una embarazada. Vamos a ver tu tensión.

Escuchar ese 10.6 fue como recibir un “favorable, pero con condiciones” en una sentencia. Noté como Mía se tensaba a mi lado.

Lo que vino después me puso los pelos de punta. El doctor, tras tomarle la tensión a Mía, nos advirtió que la “lentejita” no se iba a quedar quieta; ahora que entramos en el segundo trimestre, el bebé va a empezar a demandar el doble de hierro para fabricar su propio sistema circulatorio.

—Deben seguir con el suplemento, cuidar la dieta con proteínas y mucha vitamina C para que ese hierro se fije —continuó el médico, mirando directamente a Mía—. Y Mía, necesitas relajarte. Si no llegamos a la semana 20 con niveles más altos, tendré que derivarte a Alto Riesgo.

—Hago todo lo que puedo, doctor —le interrumpió Mía, y noté cómo su voz vibraba con una mezcla de cansancio y rabia contenida.

—Lo sé y hay que continuar haciéndolo —dijo el doctor dedicándole a Mía una mirada paternal—. Bueno, ¿os apetece ver a vuestro bebé?

—¡Sí! —dijo Mía de inmediato con una sonrisa de oreja a oreja.

—Por supuesto, estamos deseando —confirmé lleno de felicidad.

Salimos de la consulta del Dr. Mendoza para dirigirnos a la consulta de ecografía obstétrica y el silencio de Mía era atronador. Conozco esa mirada; es la que pone cuando un juez le tumba un recurso que ella creía impecable. Pude sentir su rabia contenida.

—He hecho todo lo que me han dicho, James —murmuró, y se me rompió el corazón al escuchar la derrota en su voz—. He aguantado el sabor metálico, las náuseas, el cansancio... He delegado en el despacho, me he forzado a comer... ¿Y me dice que todavía no es suficiente?

Me detuve frente a ella y la obligué a mirarme.

—Nena, mírame. Has pasado de un 9.5 a un 10.6. Eso es progreso real. Tu cuerpo está respondiendo, solo que esto no es una carrera de 100 metros, es una carrera de fondo.

—No quiero ser un “embarazo de alto riesgo”, James —dijo ella, con los ojos empañados por esa frustración de quien siente que no tiene el control.

La abracé fuerte, dejando que se desahogara contra mi pecho. Entiendo perfectamente lo que siente: ese sentimiento de “hago todo lo que puedo y aún no basta” es una tortura para alguien tan autoexigente como ella. Pero no iba a dejar que se hundiera.

—Escúchame bien: de aquí a la semana 20 vamos a convertirnos en los mayores expertos en nutrición de todo Madrid —le dije, intentando sacarle una sonrisa—.

Si hace falta que te prepare chuletones con zumo de naranja a las tres de la mañana, lo haré.

No vamos a pisar esa unidad de Alto Riesgo.

Ese bebé y tú vais a tener todo el hierro del mundo, aunque tenga que forjarlo yo mismo.

—Sé que serías capaz de hacerlo —me dijo sonriendo contra mi pecho.

—Bien, pues vamos a ver a nuestro bebé.

Necesitaba ese momento; después del jarro de agua fría con los niveles de hierro, ver a nuestro bebé era el bálsamo que ambos necesitábamos para recordar por qué estamos luchando tanto.

Mía se tumbó en la camilla y, en cuanto el Dr. Mendoza aplicó ese gel frío sobre su vientre, el silencio de la sala se llenó con el sonido más espectacular del mundo: los latidos de nuestro hijo. Mendoza empezó a tomar medidas, moviendo el transductor con pericia.

—Todo está en orden —nos aseguró, señalando las formas que empezaban a definirse en la pantalla—. Mide 7,3 centímetros, dentro de los parámetros normales para la semana 14, el desarrollo es perfecto.

Sentí cómo la mano de Mía, que seguía entrelazada con la mía, se relajaba por fin. ¡Ha casi triplicado su medidas en cuatro semanas! Me parecía increíble. Estábamos hipnotizados por ese pequeño ser que no paraba de agitarse. Fue entonces cuando el doctor nos lanzó la pregunta del millón:

—¿Quieren saber el sexo del bebé?

—¡SÍ! —respondimos los dos al unísono, tan rápido que el Dr. Mendoza soltó una carcajada.

Se concentró en la pantalla, presionando un poco más el abdomen de Mía, buscando un ángulo imposible para desvelar el misterio.

Pero, justo cuando parecía que íbamos a salir de dudas, el bebé dio un pequeño giro coreografiado y nos dio la espalda, ocultando cualquier pista entre las sombras de la ecografía.

—Es testarudo o testaruda como su madre —bromeó el médico mientras guardaba el ecógrafo, dándose por vencido ante la falta de cooperación del pequeño—.

Tendrán que quedarse con la intriga unas semanas más.

En la semana 20 se lo confirmaremos. De momento, Mía, confórmese con que su sangre está recuperando el color y su hijo tiene la vitalidad de un atleta.

Ayudé a Mía a limpiarse el gel y a incorporarse. No habíamos descubierto si era niño o niña, pero mientras la veía sonreír frente al monitor, me dio exactamente igual. Nuestro bebé ya estaba demostrando que tiene personalidad propia y que, al igual que su madre, no piensa ponérnoslo fácil.

Salimos de allí con las fotos en la mano. Puede que el hierro sea una batalla, pero viendo esa pequeña espalda en blanco y negro, tengo claro que vamos a ganar la guerra.

Llegamos a casa con una energía renovada, una especie de euforia contenida que lograba eclipsar cualquier advertencia médica sobre el hierro o el “alto riesgo”.

Al entrar en el salón, dejamos las llaves sobre el mueble de la entrada y lo primero que hicimos fue mirar de nuevo esa ecografía en blanco y negro.

Ver esa pequeña espalda de un ser que ya se negaba a seguir órdenes nos hacía sentir que, pasara lo que pasara, estábamos construyendo algo invencible.

—Es igual que tú, James —dijo Mía, acariciando el papel brillante con una sonrisa cansada pero luminosa—. Una cabezota de cuidado que solo hace lo que le da la gana.

—No, nena, el doctor tiene razón: es testarudo como su madre —le respondí, rodeándola por detrás y pegando mi pecho a su espalda—. Y no sabes lo mucho que me gusta eso.

La giré lentamente entre mis brazos. En la luz tenue del atardecer madrileño que se colaba por el ventanal, Mía se veía irreal. Había algo en su mirada, una mezcla de la vulnerabilidad del embarazo y la fuerza de la mujer que acababa de poner en su sitio a medio despacho, que me volvía loco.

—Eres increíble, Mía Beltrán —le susurré, apartándole un mechón rubio de la cara—. No hay un solo día en que no me pregunte cómo he tenido tanta suerte de que te fijaras en un tipo como yo.

Mía soltó un suspiro entrecortado cuando mis labios buscaron los suyos con una desesperación que no entendía de esperas. La subí en brazos, disfrutando del peso de nuestra nueva realidad, y la llevé a la habitación.