Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 13 MÍA
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CAPÍTULO 13 MÍA

Hoy era el día. Mi cuerpo por fin parecía haber firmado una tregua definitiva con mi bebé y, después de semanas de tazas de té y galletas saladas, me sentía con la fuerza necesaria para retomar mi trono.

No es que estuviera celosa —me repetía mientras me miraba al espejo—, pero esa tal Teresa Martínez se había colado en los planes de expansión de mi despacho con una facilidad que me resultaba, como poco, sospechosa.

James y Manuel ya le habían dado el visto bueno, pero faltaba el filtro más importante: el mío.

“Eso se llaman celos”, me gritó mi subconsciente.

“Llámalo como quieras, pero hoy juega en mi terreno”, le contesté mientras aplicaba el rímel.

Para la ocasión, elegí un atuendo que gritaba “estoy al mando” sin perder ni un ápice de feminidad.

Me puse un vestido midi de punto de seda en color verde bosque, que hacía que mis ojos verdes brillaran con una intensidad casi felina y resaltaba mi cabello rubio, el cual dejé caer en ondas perfectas y pulidas sobre mis hombros.

El vestido era de cuello cuadrado y manga larga, muy profesional, pero se ceñía a mi figura como una segunda piel, revelando con elegancia esa incipiente barriguita que empezaba a asomar.

Completé el look con unos tacones de aguja en color nude y un maquillaje centrado en tonos cobrizos y dorados para enmarcar mi mirada, terminando con un labial en tono canela suave.

Por qué no decírmelo a mí misma, estaba radiante, poderosa y, sí, muy sexy.

Cuando bajé las escaleras, James se quedó petrificado en el hall. Me recorrió de arriba abajo con una lentitud que me hizo sonreír internamente. Primer control superado.

—Cariño, estás increíble... —dijo acercándose para rodearme la cintura—. Se puede saber ¿a dónde vas así?

—A la misma reunión importante a la que vas tú —respondí con una suficiencia juguetona mientras le ajustaba la corbata.

—¿Quieres asustar a Teresa? —preguntó él con una chispa de diversión en los ojos.

—No está de más que me tenga un poco de miedo, James. El respeto se gana, pero un poco de intimidación lo agiliza todo.

James soltó una carcajada limpia y me pegó más a él.

—Estás increíble, de verdad. Y ya puedo notar tu barriguita... no sé qué tiene, pero verte así me pone aún más.

Sentir su admiración me dio el último empujón de confianza que necesitaba.

Al llegar al despacho, la atmósfera cambió. Vi a mis suegros charlando cerca de la entrada y, al vernos llegar, sus expresiones de orgullo confirmaron que el segundo control también estaba pasado.

—Estás preciosa, Mía —me saludó Gloria con un beso cariñoso.

—Como siempre —añadió Manuel, dedicándome esa mirada de respeto profesional que tanto valoro—. Liam, Teresa y Cristian ya están dentro. Han venido todos antes de tiempo, parece que hay ganas de empezar.

—Perfecto —dijo James, tomando mi mano con firmeza—. Entremos.

Respiré hondo, coloqué mis hombros hacia atrás y caminé hacia la sala de juntas. Era hora de conocer a la mujer de las uñas rojas.

Entré en la sala de juntas con la cabeza bien alta, sintiendo cómo el verde de mi vestido me daba una seguridad extra.

La mirada de Liam y Cristian fue de puro asombro y la sonrisa de Liam me confirmó que sabía perfectamente mis intenciones.

Teresa estaba allí, impecable y se quedó un segundo mirándome de arriba abajo —control definitivo superado.

Pero en cuanto se recompuso, cometió el primer error táctico de la mañana.

—Ah, tú debes de ser la mujer de James —dijo con una sonrisa que pretendía ser amable pero que me resultó condescendiente—. Estoy encantada de conocerte, James habla maravillas de ti.

—Encantada de conocerte, Teresa —respondí, estrechando su mano con firmeza mientras lanzaba una mirada de complicidad a James—. Me alegra saber que mi marido me tiene presente en sus conversaciones.

La reunión comenzó y, como era de esperar, las chispas no tardaron en saltar.

Teresa defendió con uñas y dientes la opción de la Calle Larios.

Para ella, es la milla de oro, el lugar que otorga un prestigio y una autoridad automáticos por el simple hecho de estar en el sobre de las cartas.

Yo, sin embargo, tenía una visión mucho más pragmática y estratégica.

—La zona de La Malagueta está a un paso del centro, pero te da el respiro de no asfixiarte en el casco histórico —expuse, cruzándome de brazos—.

En Larios, un cliente que venga de fuera, sufrirá para llegar; tendrá que dejar el coche en el parking de la Marina y caminar entre miles de turistas.

En La Malagueta, la accesibilidad es total.

El edificio tiene parking en el mismo bloque, lo que ofrece una discreción y comodidad para clientes VIP que Larios no puede soñar.

Teresa intentó interrumpirme, pero continué con firmeza.

—Larios es bullicio: procesiones, luces de Navidad, ruido constante. Es estresante. La Malagueta es sobria, silenciosa y, tradicionalmente, es donde han vivido y trabajado las familias de abogados de Málaga de toda la vida. Es exclusividad absoluta frente al mar.

La tensión en la sala se podía cortar con un cuchillo.

Manuel y James intercambiaban miradas intentando conciliar, mientras Gloria observaba a su esposo y Liam se reía por lo bajo, disfrutando del espectáculo.

James nos miraba a una y a otra sin comprender realmente por qué el ambiente se había vuelto tan eléctrico.

—Bueno, yo doy mi opinión al vivir allí y ver los locales en primera persona —soltó Teresa, tratando de cerrar el tema—. De todas maneras, creo que la decisión debería ser tomada por Manuel y James, que son los socios del bufete y quienes lo conocen mejor que nadie.

—Bueno, yo técnicamente soy socio también —saltó Liam, ofendido.

—Ya, sí, lo siento —replicó ella con un tono que me encendió la sangre—. Me refiero a que ellos tendrán más cualificación en referencia al negocio y a lo que necesitan para trabajar.

—¿Piensas que yo no trabajo? —le solté, levantándome ligeramente de la silla—. ¿Que soy una mujer florero a la sombra de James?

—Mía, cálmate, Teresa no te conoce… —intentó mediar James.

—Pues debería —sentencié.

Fue entonces cuando Manuel tomó la palabra con una autoridad que hizo que hasta el aire de la habitación se detuviera.

—Teresa, Mía Beltrán, además de ser mi nuera, es la que ha impulsado a este despacho a lo más alto a mi lado mientras James estaba en la sede de Francia —dijo Manuel, mirándola fijamente—.

No hay nadie mejor que ella, incluso por encima de mí, más cualificada para tomar cualquier tipo de decisión.

Es más, la decisión que más pesa aquí es la de ella, téngalo claro.

La cara de Teresa palideció al instante. Ver cómo Manuel y James sacaban la cara por mí y me hacían valer frente a una extraña me llenó de un orgullo inmenso.

—Perdóname, Mía —balbuceó Teresa, visiblemente afectada—. No sabía que eras “Mía Beltrán”. Te conozco por las noticias, sé que eres una abogada increíble y siempre te he admirado… No sabía quién eras en realidad, pensaba que eras solo…

—¿La mujer de James? —la interrumpí con calma—. Pues estás muy equivocada. Antes de ser la mujer de James, soy una mujer trabajadora e independiente.

—Lo siento de verdad, me muero de la vergüenza —dijo ella, bajando la mirada.

Manuel dio por finalizada la sesión con un “valoraremos todas las opiniones”, pero antes de salir, Teresa me pidió hablar a solas.

—Perdóname, Mía —me dijo con total sinceridad—. Siempre he oído a James hablar de su mujer, de lo inteligente y maravillosa que era, pero no sabía que eras en realidad “Mía Beltrán”. Conozco tu trayectoria y sé que has sido una parte vital del negocio. Me siento fatal.

Al ver su vulnerabilidad y su admiración real, mi coraza se ablandó. Me relajé y le dediqué una sonrisa sincera.

—Mira, Teresa —le dije, suavizando el tono pero manteniendo la firmeza—.

Te acepto las disculpas porque entiendo que no lo hiciste con malicia, pero quiero que te quedes con una reflexión.

Como mujeres, y más en un mundo tan competitivo y masculino como el derecho, no podemos ser nosotras las primeras en encasillarnos.

Hice una breve pausa para dejar que mis palabras calaran. Teresa me escuchaba con una atención casi reverencial.

—Antes de ser “la mujer de James”, soy una profesional que ha sudado cada caso y cada éxito.

El hecho de compartir mi vida con un hombre brillante no borra mi currículum ni mi capacidad de mando.

Somos mujeres, Teresa, y no deberíamos permitir que nadie nos coloque bajo la sombra de un hombre, ni siquiera de uno tan extraordinario como James.

Si nosotras mismas prejuzgamos a otra mujer por su estado civil o su apellido, estamos alimentando el mismo sistema que intenta frenarnos.

Mi nombre es Mía Beltrán. James viene después, en casa y en el corazón, pero en este despacho, mi voz tiene peso por sí misma.

Teresa asintió, visiblemente emocionada y con una mirada de respeto renovado.

—Tienes toda la razón, Mía. Gracias por la lección... de verdad. No volverá a pasar.

—Lo sé —le respondí con una sonrisa, esta vez de compañerismo—. Ahora, vamos a trabajar. Tenemos una sede que levantar en Málaga y, después de lo que hemos visto hoy, me queda claro que tú y yo vamos a formar un equipo imparable.

Le tendí la mano una vez más, cerrando no solo un malentendido, sino sellando una alianza que, estaba segura, traería grandes victorias para el bufete.

Salí de la sala buscando la mirada de James, quien me esperaba al final del pasillo con esa mezcla de orgullo y adoración que me confirmaba que, efectivamente, él era el rey de mi corazón, pero yo era la dueña de mi propio destino.

Aprovechando que estaba toda la familia reunida —y eso no se veía todos los días—, nos dirigimos a un bar cerca del despacho. En cuanto nos sentamos y llegaron las primeras consumiciones, Liam, fiel a su estilo, no pudo morderse la lengua ni un segundo más.

—Lo que ha pasado en la reunión... —empezó, abriendo mucho los ojos y agitando las manos—. Madre mía, el aire se ha congelado de repente.

—No es necesario, Liam —le corté con una media sonrisa, saboreando mi aquarius fresquito.

—¡Sí que es necesario! —insistió él, riendo—. Se nota que hoy no tienes náuseas y que el embarazo no ha hecho ni un rasguño en tu carácter. Has dado miedo, de verdad. Eras...

—Una fiera —completó James, rodeándome los hombros con el brazo y dándome un beso en la sien—.

Como siempre, nena. Y no sabes cuánto me alegra ver que esa parte de ti sigue intacta, pero tienes que relajarte un poco o la próxima vez Teresa va a necesitar un peritaje psicológico antes de firmar el contrato.

—Yo solo estaba comprobando si los cimientos de la nueva integrante eran tan sólidos como decía su currículum —me defendí, aunque no pude evitar que se me escapara una carcajada.

—Bueno —intervino Manuel, levantando su copa de vino con un gesto solemne—, yo solo doy gracias de que hoy no me tocara a mí estar en el banquillo de los acusados. He visto a jueces de la Audiencia Nacional temblar menos que esa pobre mujer cuando le has mencionado lo del parking en la Malagueta.

—¡Es que tiene razón! —añadió Gloria, guiñándome un ojo—.

Si James ha heredado algo de su padre es la puntería para elegir a las mejores, y tú, Mía, eres el mejor fichaje que ha hecho esta familia en décadas.

Aunque reconozco que por un momento pensé que ibas a pedirle que se batiera en duelo contigo en plena Calle Larios.

—¡Eso habría sido épico! —soltó Liam, provocando que todos estalláramos en una risa limpia que atrajo las miradas de las mesas de al lado—. “Duelo al sol por una plaza de garaje”.

Cuando las risas se calmaron un poco, James me miró con curiosidad, recordando que nos habíamos quedado a solas unos minutos después de la reunión.

—¿Qué habéis hablado a solas? —preguntó—. Porque ha salido de la sala con una cara de respeto que no le había visto ni cuando hablaba de sus casos en el Supremo.

Me puse seria recordando la cara de Teresa.

—Le he dicho la verdad —respondí, mirando a los cuatro—.

Le he recalcado que antes de prejuzgar a una mujer por el simple hecho de ser “la mujer de”, tiene que recordar que somos profesionales.

Que somos mujeres y que no deberíamos encasillarnos nunca bajo la sombra de un hombre, por muy brillante que ese hombre sea.

Le he dejado claro que mi nombre es Mía Beltrán y que mi voz tiene peso propio en este negocio, con anillo o sin él.

Se hizo un silencio breve, uno de esos cargados de orgullo familiar, hasta que Manuel asintió con la cabeza.

—Bien dicho, hija. Bien dicho.

—Amén a eso —concluyó Liam, levantando su cerveza—. Por la CEO de Madrid y por la fiera que, por suerte para todos nosotros, duerme en nuestra cama... bueno, en la de James. ¡Salud!

Terminamos todos riendo, brindando por los éxitos que estaban por venir y por esa “lentejita” que, visto lo visto, iba a nacer con unos genes de acero inolvidables.