Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 12 JAMES #2
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CAPÍTULO 12 JAMES #2

—Es impecable, Mía. Enzo no exageraba. Tiene una red de contactos en Andalucía que nos abriría puertas que a nosotros nos llevaría años tocar.

Es agresiva, brillante y tiene esa cercanía con el cliente local que es vital para la sede.

Para mí, es la mejor opción para liderar la compañía en Málaga.

De hecho, viene a Madrid la semana que viene para visitar el despacho y pensaba, tras consultarlo con mi padre y contigo, decírselo en persona.

Mía cerró el iPad y asintió, visiblemente impresionada por la trayectoria de Teresa.

—Es cierto, su currículum es impecable, James, te lo compro.

Pero creo que deberíamos ser cautos con la cultura del despacho —añadió ella con ese sentido común que siempre nos mantiene a flote—.

Estoy de acuerdo en que ella lidere, pero sería mejor que, al principio, fuera uno de nuestros abogados de Madrid con ella.

Necesitamos que alguien de nuestra total confianza se asegure de que se acostumbra a nuestra manera de trabajar antes de darle las llaves de la nueva sede.

La miré con admiración. Tenía toda la razón. Abrir una sede no es solo alquilar metros cuadrados, es exportar nuestra esencia.

—Tienes razón, nena. No quiero que Málaga se convierta en una isla independiente.

Se lo diré a Cristian. Es al que más le entusiasmaba la idea de pasar unos meses allí; es joven, talentoso y no tiene obligaciones familiares aquí que le aten.

Le vendrá bien el cambio de aire y nos asegurará que el sello de Bernard Legal Group se mantenga intacto.

—Perfecto —concluyó ella justo cuando el camarero traía la ensalada—. Pues trato hecho. Ahora, dejemos de hablar de trabajo y mírame comer esta ensalada como si fuera el último manjar de la tierra —dijo sonriendo.

La vi disfrutar de cada bocado y, por primera vez en semanas, sentí que el equilibrio volvía a nuestras vidas. Teníamos un plan para el despacho, un plan para Málaga y, lo más importante, un plan para nosotros tres.

La semana ha sido, sencillamente, increíble.

Hacía tiempo que no sentía este ritmo en el despacho; hemos adelantado trabajo como si nos persiguiera un juez de guardia, y lo mejor de todo es que Mía ha seguido encontrándose bien.

Verla cruzar los pasillos con esa seguridad recuperada me ha devuelto la vida.

Volver a estar sincronizados en cada reunión, terminando las frases del otro y moviéndonos como un equipo perfectamente engrasado...

era como si, por fin, todo estuviera volviendo a la normalidad pero, para ella, con una marcha menos.

El viernes, el teléfono empezó a vibrar sobre mi mesa. Era el grupo de WhatsApp, el termómetro oficial de nuestros planes.

Eric: ¿Os apetece una cerveza al mediodía?

Enzo: Vale, estaré listo a la 1:00.

Yo: preguntaré a Mía cómo se encuentra primero.

Me planté ante su puerta y, antes de entrar, llamé con los nudillos.

—Pasa —escuché su voz al otro lado.

Entré y la vi rodeada de carpetas, con esa expresión de concentración que tanto me fascina.

—Ah, eres tú, James —dijo levantando la vista y sonriendo—. No hace falta que llames.

—Desde la primera vez que no lo hice, aprendí la lección —le respondí, apoyándome en el marco de la puerta con una media sonrisa.

—Eso era cuando eras un egocéntrico y un chulo que se creía el rey del mundo —me picó ella, dejando el bolígrafo sobre la mesa.

—¿Ya no lo soy? —pregunté, acercándome a su escritorio.

—Quizás seas el rey de mi corazón, pero nada más —sentenció con ese brillo desafiante en los ojos.

—Es en lo único donde quiero reinar.

No pude evitarlo. Me incliné hacia ella y la besé. Fue un beso que empezó como un “me alegro de verte” y se fue profundizando, cargado de todas las ganas que le tengo siempre. Por un momento, olvidé por qué había entrado allí. Fue ella quien me separó suavemente, aunque con una sonrisa pícara.

—¿Has venido para recordarme quién es el rey de mi corazón? —preguntó recuperando el aliento.

—Sí... y también para preguntarte cómo te encuentras. Los chicos han escrito, quieren ir a tomar unas cervezas al mediodía.

Mía me miró con ternura y me puso una mano en la mejilla.

—Vete, estoy bien —me animó—. Quizás le diga a las chicas de vernos nosotras también. Necesito un poco de “terapia de amigas”.

—¿Segura? No quiero dejarte sola si el estómago decide dar guerra.

—Segurísima, James. Ve y disfruta con Enzo y Eric.

Le di un último beso rápido, saboreando esa paz que solo ella me transmite cuando está bien.

—Está bien. Nos vemos luego en casa. Te quiero.

—Yo más —me lanzó ella mientras yo ya salía por la puerta, sintiéndome, efectivamente, el hombre más afortunado del mundo.

Cogí el móvil y escribí: “A la una, donde siempre” .

Llegué al bar de siempre, ese refugio de madera oscura y olor a lúpulo donde hemos arreglado el mundo tantas veces.

Enzo y Eric ya estaban allí, con un par de cañas sobre la mesa y esa actitud relajada que solo se tiene los viernes al mediodía.

Me senté con ellos, sintiendo cómo el peso de la semana en el despacho empezaba a disiparse, esperando a que el camarero me sirviera mi cerveza.

Enzo no tardó ni dos minutos en ir al grano.

—¿Y bien? ¿Qué tal con Teresa por Málaga? —preguntó, mirándome con esa curiosidad analítica de arquitecto.

—Muy sorprendido, la verdad —admití, dándole un trago a mi cerveza—. Creo que es la indicada para llevar la sede. Tiene garra, conoce el terreno y tiene una trayectoria impecable. Aunque claro, primero quiero la confirmación de mi padre y Mía... sobre todo después del incidente de las uñas rojas.

—¿Uñas rojas? —saltó Eric, arqueando una ceja.

Les conté la historia de la foto del chiringuito, esa en la que la mano de Teresa asomaba con una manicura roja perfecta. Les expliqué el “interrogatorio” de Mía y su “control de calidad” desde la bañera que apacigüe después aunque eso seguía ahí, se lo notaba.

—¡Cuidado, James! —se rio Eric, casi atragantándose—. Mía ya tiene un carácter de armas tomar, pero ahora, con las hormonas del embarazo... amigo, eso es un potro desbocado. Como se le cruce un cable, te pide el divorcio y se queda con el despacho antes de que termines de pedir perdón.

Todos nos reímos. Conocíamos de sobra a Mía; verla enfadada es un espectáculo que prefieres ver desde la barrera y con un escudo de protección.

Aproveché el momento de risas para girar las tornas. Miré a Enzo fijamente.

—Bueno... ¿y tú con Teresa? ¿Ha habido algo entre vosotros?

Enzo guardó un silencio sepulcral, mirando su cerveza como si fuera el plano más complejo de su carrera. No dijo ni una palabra, pero su cara lo decía todo.

—Ese silencio quiere decir que sí —sentenció Eric, señalándole con el dedo—. ¡Vaya, vaya con el arquitecto silencioso! Te lo tenías muy callado.

—Ha sido algo esporádico —murmuró Enzo por fin, intentando recuperar la compostura—, nada serio. Solo os puedo decir que es una mujer... interesante.

—Bien, dejemos a Enzo con sus líos —dije, mirando ahora a Eric—. ¿Y tú qué tal con la chica a la que estabas conociendo? ¿Podemos saber ya el nombre o tenemos que contratar a Ris para que lo averigüe?

Eric sonrió, esta vez sin rastro de burla.

—Se llama Susana —soltó simplemente.

Estábamos a punto de profundizar en quién era Susana cuando el aire del bar cambió. La puerta se abrió y vimos aparecer a Liam, pero no venía solo. Venía acompañado de Arón.

—No puede ser... —mascullé, dejando la copa en la mesa con un golpe seco.

—¿Están juntos de nuevo después de todo lo que pasó? —preguntó Enzo, tan incrédulo como yo.

Me quedé mirando a mi hermano pequeño, que reía por algo que Arón le decía al oído. Después del culebrón que montó con su padre Alejandro, dueño de Averis Lawyer, para vengarse de nosotros y de cómo terminó aquello, verlos entrar así me revolvió el estómago.

—No lo creo —sentencié, apretando la mandíbula—. Pero lo que tengo claro es que tengo una conversación pendiente con mi hermano. Y va a ser muy pronto.