CAPÍTULO 12 JAMES
Mirar a Mía durmiendo después de esa noche ha sido el recordatorio más potente de lo mucho que la había echado de menos.
Si alguien me hubiera dicho hace años que yo, el hombre que consideraba el amor como una distracción y el compromiso como una jaula, acabaría así, me habría reído en su cara.
Yo era de los que pensaban que la felicidad era una sucesión de éxitos profesionales y victorias en los tribunales. Pero entonces llegó ella.
Mía no solo entró en mi vida; desbarató cada uno de mis esquemas, derribó mis muros con esa inteligencia afilada y esa pasión que me deja sin aliento, para reconstruir algo muchísimo mejor sobre mis ruinas.
Ahora, allí estaba ella, tumbada a mi lado con esa paz que solo tiene cuando duerme, cuidando en su interior de nuestro bebé.
¡Voy a ser padre! Es una idea que todavía me hace vibrar el pecho y, aunque me costara admitirlo antes, me he dado cuenta de que este es el sueño que siempre tuve, aunque no supiera cómo soñarlo.
Me levanté de la cama con un cuidado casi quirúrgico para no despertarla.
Realicé mi rutina mañanera —ducha rápida, café cargado y la preparación de su zumo de naranja junto con sus grandes inseparables, el hierro y el ácido fólico— y, justo cuando estaba a punto de llevárselo a la habitación, apareció ella.
Tenía el pelo completamente despeinado, ni una pizca de maquillaje y vestía ese pijama de algodón de color verde que le sienta de escándalo.
Estaba simplemente increíble en su estado más natural.
Le planté un beso de buenos días, de esos que saben a reencuentro, y ella me devolvió una sonrisa de oreja a oreja que iluminó toda la cocina.
—Buenos días, mi amor. ¿Cómo te has levantado? —le pregunté, rodeándola con mis brazos.
—Pues bastante mejor, la verdad —respondió apoyando la cabeza en mi hombro—. Me has devuelto toda la energía.
—¿Ah, sí? Pues menos mal, nena —le solté con una sonrisa pícara—, porque después de lo de anoche, te dejé la batería al uno por ciento. Si llegamos a seguir un poco más, hoy me toca pedir una grúa para sacarte de la cama.
Ella se rio, dándome un pequeño golpe juguetón en el brazo. Tras el momento de risas, nos sentamos y su instinto de socia volvió a aflorar.
—Bueno, cuéntame —dijo, más interesada ahora que el estómago parecía estar en calma—. ¿Qué pasó en Marbella?
—Demasiado, Mía. Fue demasiado para lo que buscamos nosotros.
Marbella era una mezcla extraña entre el aire señorial de la oficina de calle Larios y el toque moderno de la zona de la Malagueta, pero llevado al extremo más ostentoso.
Era todo fachada y brillo. La afluencia de clientes que vi por allí no es de nuestro estilo; buscamos rigor, no exhibicionismo.
Así que, automáticamente, la descarté de la ecuación. No es para Bernard Legal Group.
Mía asintió, procesando la información mientras yo la observaba, feliz de tenerla de vuelta en mi órbita y de saber que, entre Larios y la Malagueta, estábamos a punto de elegir el lugar donde empezaría nuestra expansión.
Ver a Mía vestida de profesional de nuevo, lista para ir a la oficina, me removió algo por dentro.
Me emocioné muchísimo; verla con esa determinación recuperada significaba que se encontraba mejor, que su cuerpo le estaba dando un respiro.
Pero, por mucho que me gustara verla así, no podía bajar la guardia.
Me acerqué a ella mientras terminaba de retocarse y le puse las manos en los hombros, buscando su mirada en el espejo.
—Recuerda bajar el ritmo, nena —le advertí con tono serio pero cariñoso—. No quiero que vuelvas a las andadas al primer síntoma de mejoría.
—Lo sé, James —respondió ella, dándose la vuelta para regalarme una sonrisa tranquila—. Solo voy a ayudar en lo que pueda y ver que todo está en orden. No voy a redactar tres demandas antes del almuerzo, lo prometo.
—Me gusta ese mantra. Mantente ahí —le dije antes de darle un beso en la cabeza.
Estaba increíblemente orgulloso de ella, aunque, siendo sincero, ¿cuándo no lo estaba? Mía es el motor de todo, incluso cuando cree que está a medio gas.
A las doce, después de dejar varios asuntos encarrilados en el despacho, salí hacia mi cita.
Me dirigía a encontrarme con Ris, mi detective privado de confianza.
Es uno de los mejores de la ciudad, un tipo que no deja cabos sueltos y que sabe moverse en las sombras como nadie.
Lo vi aparecer por la puerta del bar puntual como un reloj: alto, moreno y seguro en sí mismo.
—James, ¿qué tal? ¿Cómo estás? —me saludó con un firme apretón de manos.
—¿Qué pasa, Ris? Hace tiempo que no nos vemos —respondí, sentándome frente a él.
Tras ponernos un poco al día con nuestras vidas —le conté brevemente lo de Mía y nuestro futuro bebé, lo justo para que entendiera mi situación actual—, profundizamos en el tema que realmente me quemaba en las manos.
—Ris, necesito que busques toda la información que exista sobre Diego Beltrán —le dije, bajando el volumen de la voz—.
Es el padre de mi mujer y nos ha soltado una bomba: tuvo un hijo con otra mujer.
Desconocemos el nombre de ese hijo, el de la madre, que al parecer fue su esposa...
no sabemos absolutamente nada de él. Solo que es mayor que Mía. Quiero localizar a ese hermano.
Ris arqueó una ceja y empezó a apuntar en su tableta con gestos rápidos.
—Poca información me das, James.
—Lo sé. Es buscar una aguja en un pajar —admití.
—Solo me has facilitado el nombre de Diego —dijo, mirando la pantalla—. Bueno, empezaré a investigar por ahí: registros civiles, propiedades, antiguos matrimonios... Si te enteras de cualquier detalle adicional, por pequeño que sea, no dudes en decírmelo.
—Intentaré averiguar algo más por mi cuenta, aunque lo dudo mucho. La comunicación con Diego es y será inexistente —suspiré—. Pero Ris, es urgente. Tenemos un tema legal importante contra él y me gustaría saber algo antes de que llegue el juicio.
—Haré todo lo que esté en mi mano —asintió él, guardando la tableta—. Empezaré hoy mismo.
—Y una cosa más —le detuve antes de que se levantara, clavándole la mirada—.
No hace falta que te diga que quiero discreción absoluta.
Cualquier cosa que debas decirme tiene que ser a mí directamente.
Nadie, absolutamente nadie, sabe lo que te he pedido.
Ni siquiera Mía. No quiero darle esperanzas, ni más disgustos, hasta que tenga algo sólido.
—Por supuesto, James. Cuenta con ello. Como si no hubiéramos hablado nunca.
Lo vi marcharse y me quedé un rato allí, terminando mi café.
Me sentía un poco sucio por ocultarle esto a Mía, pero mi instinto de protección era más fuerte.
Si ese hermano existía, yo iba a encontrarlo antes de que Diego Beltrán pudiera usarlo como otro peón en su tablero de mentiras.
Tenía que limpiar el camino para cuando mi hijo llegara al mundo.
Al volver al despacho, el ambiente se sentía distinto, más cálido. Encontré a Mía en el área común hablando con Belén, nuestra secretaria. Verla allí, de pie y con ese brillo de determinación que la caracteriza, me devolvió la tranquilidad que me faltaba desde que me bajé del avión.
—Justo le estaba diciendo a Belén que te avisara: me voy a casa —me dijo en cuanto me vio entrar.
—¿Te encuentras mal? —le pregunté de inmediato, acercándome a ella con la preocupación automática de estos últimos días.
—No, todo lo contrario —respondió con una media sonrisa—. Simplemente tengo hambre.
Me quedé descolocado un segundo. ¿Hambre? Hacía semanas que esa palabra no salía de su boca sin ir acompañada de una mueca de disgusto.
—¿En serio? —solté, casi sin creerlo—. Vamos, te invito a almorzar ahora mismo. Esto hay que celebrarlo como se merece.
Mía me dedicó esa sonrisa que solo ella tiene, esa que desarma cualquier juicio y me hace olvidar que soy un abogado serio. Me derretí por dentro, aunque hice un esfuerzo sobrehumano por mantener la compostura frente a Belén.
Llegamos a nuestro restaurante favorito, ese rincón donde siempre nos refugiamos cuando la ciudad nos agobia. El camarero nos ubicó, a petición mía, en una mesa apartada del ruido.
—No sabes cuánto me alegro de verte mejor, nena —le dije, tomando su mano sobre el mantel—. Se me hacía un nudo en el estómago verte sufrir tanto con las comidas.
—Espero que continúe así —suspiró ella, acomodándose en la silla—.
Los consejos de Almudena me han venido de lujo.
He empezado a comer poquito pero cada poco tiempo, y parece que la comida ha decidido quedarse conmigo.
Además, me dijo que las náuseas suelen desaparecer después del primer trimestre, y ya estamos rozando ese momento.
—Ojalá sea así —respondí con sinceridad—. Te echaba de menos en modo “depredadora”, no solo en los tribunales, sino también en la mesa.
Llegó el camarero y pedimos una ensalada para compartir que se le había antojado a Mía de repente, algo fresco y ligero.
Para los principales, ella se decidió por un pescado a la plancha, buscando algo seguro para su estómago, y yo me pedí un solomillo al punto, necesitando recuperar fuerzas después del trote de Málaga.
Mientras esperábamos los platos, Mía no tardó en preguntar por la mujer de uñas rojas.
—Cuéntame entonces, ¿quién es Teresa Martínez?
—Míralo tú misma —contesté sacando el iPad y mostrándole el currículum que me había enviado Teresa Martínez.
Mía lo leyó con esa mirada analítica que desmenuza cada detalle, pasando el dedo por la pantalla mientras tomaba un sorbo de agua.
—Bueno, cuéntame sobre esa Teresa —dijo, sin levantar la vista del documento—. ¿Qué impresión te ha dado?