Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 11 MÍA #3
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CAPÍTULO 11 MÍA #3

En cuanto a mi convivencia con el embarazo, parece que hemos firmado una pequeña tregua temporal.

Las náuseas siguen ahí, recordándome cada pocos minutos que no puedo cantar victoria todavía, pero al menos no he vuelto a vomitar en los últimos días.

Es una pequeña victoria biológica que me ha permitido disfrutar de la tranquilidad de mi casa sin sobresaltos.

Me siento extrañamente en paz, disfrutando de este silencio madrileño mientras espero que James cruce la puerta y me cuente, por fin, cuál de todos esos rincones del sur se convertirá en nuestra nueva aventura.

La espera se me hizo eterna o quizá es que, con este sueño que me invade últimamente, mis párpados pesan más que un código civil.

El caso es que me quedé totalmente frita en el sofá, envuelta en esa manta que huele a nosotros.

Desperté poco a poco, sintiendo una calidez conocida y una presión suave en la mejilla.

Al abrir los ojos, me encontré con la mirada de James; estaba sentado en el borde del sofá, observándome con una devoción que me hizo estremecer.

Su mano recorría mi pelo con una lentitud casi hipnótica.

—James... estás aquí —susurré, estirando los brazos hacia él con la voz todavía tomada por el sueño.

—Sí, he llegado hace un rato, pero estabas plácidamente durmiendo —contestó con esa voz grave que tanto me gusta.

—Me tendrías que haber despertado —le reproché.

—¿Para qué? Estabas mucho mejor así... y yo estaba contemplando las vistas.

Se acercó lentamente hacia mí, acortando el espacio hasta que nuestras respiraciones se mezclaron.

—Te he echado de menos, nena —murmuró contra mis labios.

Yo apenas tuve tiempo de preguntarle cómo había ido todo porque sus labios ya estaban sobre los míos, reclamando el tiempo perdido.

James se puso en modo seductor al instante; su lengua bailaba con la mía con una urgencia que me encendió la sangre.

Al notar su erección presionando contra mi muslo, comprendí que su viaje a Málaga no solo había sido agotador, sino que, efectivamente, me había echado muchísimo de menos.

Me besó con una pasión que me dejó sin aliento, una de esas que te hacen olvidar hasta tu propio nombre.

Sin romper el contacto, me cogió en brazos con una facilidad pasmosa y subió las escaleras hacia nuestra habitación.

Me depositó en la cama con una delicadeza que, en ese momento, casi me irritó.

Empezamos a desvestirnos con manos torpes por la prisa, pero en cuanto nuestras pieles se tocaron, James pareció frenar en seco.

Sus movimientos se volvieron calculados, sus caricias excesivamente suaves, como si tuviera miedo de que cualquier movimiento brusco pudiera romper algo.

—James, mírame —le dije, deteniendo su mano cuando intentaba posicionarse con un cuidado extremo—. Sé en lo que estás pensando. Sé que estoy embarazada... pero no soy de cristal. Sigo siendo yo. Sigo siendo tu mujer. Tócame de verdad.

Él me miró a los ojos, procesando mis palabras mientras su respiración se volvía pesada.

Mis palabras parecieron romper el dique de contención que se había autoimpuesto.

Volvió a besarme, pero esta vez fue distinto; fue un beso desesperado, hambriento y terminó de desvestirme con la pasión de siempre.

Me giró con esa autoridad silenciosa que siempre me ha desarmado, obligándome a hundir la cara contra el colchón mientras el mundo exterior desaparecía.

Sentí el rastro cálido y húmedo de su lengua recorriendo mi espalda, un contraste de fuego sobre mi piel que me hizo arquearme instintivamente.

Me apretó las nalgas con una posesividad que gritaba cuánto me había echado de menos y, sin más preámbulos, se posicionó para enterrarse en mí.

Entró en mi interior sin miramientos, con esa profundidad directa que me gusta, que nos gusta.

No hubo dudas ni el miedo de hace unos minutos; solo James reclamando su lugar con el ritmo adecuado, ese que nos vuelve locos y nos hace olvidar dónde termina uno y empieza el otro.

Una, dos, tres veces... Perdí la cuenta de las embestidas en cuanto el placer empezó a nublarme el juicio y noté que mis piernas flaqueaban, incapaces de sostener el peso de tanta intensidad.

James, que siempre parece leer mi cuerpo mejor que yo misma, notó mi debilidad de inmediato.

Lejos de detenerse, me sujetó con firmeza por las caderas, sosteniendo mi cuerpo con sus manos fuertes mientras me anclaba a él.

Ese apoyo extra fue el detonante final. En ese vaivén desesperado y perfectamente sincronizado, el mundo estalló en mil pedazos cuando alcancé el clímax, aferrada a las sábanas y sintiendo cómo James se rendía conmigo en un abrazo que nos devolvía la paz.

Hicimos el amor con una intensidad que borró cualquier rastro de distancia, una danza de cuerpos que se conocían de memoria pero que se redescubrían con la urgencia de quien ha estado sediento demasiado tiempo.

Fue desesperado, ruidoso y profundamente nuestro, recordándonos que, aunque nuestra familia estuviera creciendo, el fuego que nos unía seguía siendo capaz de quemar cualquier precaución.

Al final, abrazada a él y sintiendo su corazón martillear contra mi espalda, supe que no importaba cuántas ciudades abriéramos o cuántos retos vinieran; aquí, entre estas sábanas, éramos uno.