CAPÍTULO 11 MÍA #2
—Hola, mi vida —suspiré, acomodándome entre las burbujas—. Pues ahora mismo estoy dándome un baño relajante con velitas y, ahora que me llamas, estoy aún mejor con tu voz.
—Te quiero, nena —dijo él, y supe por su tono que estaba sonriendo.
—¡Cuéntame todo! ¿Cómo ha ido el día?
James empezó a relatarme las visitas a las oficinas, describiendo con detalle la majestuosidad de la calle Larios y la eficiencia de la Malagueta. Hasta que llegó al momento del almuerzo.
—He comido con Teresa Martínez —soltó con naturalidad.
—¿Teresa Martínez? —pregunté, arqueando una ceja a pesar de que no pudiera verme—. ¿La agente inmobiliaria?
—No, no es la agente. Es una amiga de Enzo, abogada.
Colabora con él en todos los casos que ella lleva aquí en Andalucía.
Enzo me dio las mejores referencias, me dijo que era una gran profesional y que acababa de dejar su antiguo despacho.
Me recomendó que la conociera porque considera que sería un gran activo para nuestra nueva sede.
—Mmm... —hice un ruido pensativo, removiendo el agua—, no me habías dicho que te ibas a reunir hoy con ella.
—Ha sido improvisado, nena. Me llamó justo cuando iba a entrar en el primer local y estaba cerca, así que se pasó a verlos conmigo.
—¿Ah, sí? ¿O sea que ella ha ido contigo a ver los locales? ¿Los dos solos? —El silencio que siguió fue corto pero cargado.
—Vaya... —James volvió a reír, esta vez con ese tono pícaro que usa cuando sabe que me tiene donde quiere—. ¿Esa es mi brillante socia analizando los hechos o es que mi mujer está un poco celosa?
—No es celos, Bernard, es... control de calidad —repliqué, intentando sonar digna—. El rojo pasión en unas uñas es un color muy agresivo para una primera reunión de negocios, ¿no crees? Denota una confianza que, bueno, habrá que ver si se traduce en profesionalidad.
—Vaya… ¿cómo sabes que llevaba las uñas de color rojo?
—Aparecían en la foto que me enviaste cuando estabas almorzando —contesté orgullosa.
—Veo que te has fijado bien en todos los detalles.
Te aseguro que el único rojo que me interesa es el de tus labios cuando te vea el domingo —respondió él, bajando el tono de voz de esa forma que me desarma—.
Ella ha sido muy profesional. Además, ¿crees que tengo ojos para alguien más mientras sé que tú estás ahí, cuidando de nuestra lentejita?
Me derretí un poco entre la espuma. Maldito James, siempre sabe qué decir.
—Vale, te compro el argumento. Por esta vez —reí por fin, relajando los hombros—. Pero la próxima vez que una amiga de Enzo con uñas perfectas aparezca en el encuadre, quiero un informe previo de tres páginas.
—Hecho, jefa. Descansa, date ese baño y sueña conmigo. Te quiero más de lo que puedo explicar.
—Y yo a ti mucho más James. Que descanses.
Colgué con una sonrisa idiota en la cara. Los celos se habían esfumado, reemplazados por esa calidez que solo él sabía provocarme. Me hundí un poco más en el agua, pensando que, manicuras rojas aparte, James era el hombre más increíble que la vida me había podido regalar.
El resto del fin de semana transcurrió entre baños relajantes y paseos cortos para que me diera el aire fresco.
Esa temperatura maravillosa del otoño madrileño, con sus cielos limpios y la brisa justa, me sirvió para fijar mis objetivos con una claridad que no había tenido en años.
Mi prioridad absoluta es cuidar a mi bebé y construir esa felicidad que tanto me ha costado alcanzar junto a James.
Eso implica, necesariamente, desterrar la sombra de mi padre de mi mente.
He decidido que no habrá más conversaciones sobre Diego Beltrán; quiero que todo sea calma y silencio respecto a él hasta que tenga a mi hijo en mis brazos.
Su veneno ya no tiene sitio en mi nueva vida.
He intentado seguir a rajatabla las indicaciones del médico, aunque admito que me está costando horrores.
Siempre he sido una mujer de acción, alguien que desayuna estrés y convive con la presión como si fuera su estado natural.
De repente, me veo obligada a delegar y a bajar el ritmo, palabras que antes me parecían ajenas y que ahora debo integrar a la fuerza por el bienestar de mi lentejita.
Es un ejercicio de autocontrol constante, pero cada vez que siento el impulso de revisar un informe, me obligo a respirar hondo y recordar que ahora trabajo para el cliente más importante de mi carrera: el que crece dentro de mí.
James, por su parte, ha estado pegado al teléfono desde la distancia.
No pasa una hora sin que me envíe un mensaje preguntándome cómo estoy o si he conseguido mantener la comida en el estómago.
Hoy me ha escrito mientras terminaba su jornada en la Costa del Sol.
Me ha contado que ya ha estado en Marbella, pero que para él la oficina de allí está totalmente descartada.
Me lo imagino descartando locales con esa superioridad técnica suya, buscando algo que realmente esté a nuestra altura.
Me ha prometido darme todos los detalles cuando llegue al hotel esta noche, y aunque me falta su presencia física, sentir su preocupación constante me hace sentir muy cuidada.