Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 11 MÍA
35%

CAPÍTULO 11 MÍA

A los pocos minutos de colgar, el móvil vibró sobre la encimera. Era la foto del mar que le había pedido. Me quedé un momento hipnotizada por el azul profundo del Mediterráneo; el agua siempre ha tenido ese efecto en mí, el de calmar el ruido de mi cabeza y ponerme los pies en la tierra.

Suspiré y volví a la realidad: el interior de mi frigorífico. Estaba en plena negociación interna, sopesando qué alimento tenía más probabilidades de quedarse conmigo y cuál acabaría conociendo el fondo del váter en tiempo récord, cuando el timbre me sobresaltó.

Al abrir, un vendaval de energía y risas invadió el salón. Cami, Adri y Liam entraron como si la casa fuera suya, cargados de bolsas y con unas sonrisas que me contagiaron al instante.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunté, riendo mientras intentaba esquivar los abrazos efusivos de Liam.

—¿De verdad pensabas que te íbamos a dejar pasar el fin de semana sola rumiando tus náuseas? —soltó Adri, dándome un beso—. Ni hablar. Además, nos tienes muchas cosas que contar.

—Os quiero mucho, chicos. De verdad.

—Lo sabemos —dijo Cami, guiñándome un ojo—. Estábamos pensando qué almorzar.

—Yo también, pero no me decido… nada me convence.

—Pues manos a la obra —sentenció Liam, arremangándose la camisa con aire decidido—. Vamos a ver qué admite hoy mi sobrino.

No me dejaron mover un dedo. Se adueñaron de la cocina y, tras un debate sobre qué era más “seguro” para mi estómago, prepararon un pollo a la plancha con verduras al vapor (muy suave, como me recomendó Almudena) y una macedonia de frutas espectacular para el postre.

Nos sentamos en la terraza del jardín. El sol calentaba lo justo y, por un momento, me olvidé de que James estaba a kilómetros de distancia.

Hablamos de todo sobre lo que me dijo el médico pero, después de comentarles lo extraño que se sentía mi cuerpo y cómo rechazaba hasta el agua a veces, salió el tema que yo intentaba evitar.

—Oye, Mía… —Adri bajó un poco el tono—. ¿Y tu padre? ¿Qué sabemos de él?

Se hizo un silencio denso. Dejé el tenedor y miré las flores del jardín antes de soltarlo.

Les conté lo que pasó el martes pasado, el mismo día que supe lo de la lentejita.

Les hablé de su doble familia, de cómo me escupió a la cara que nunca me había querido, que yo solo había sido un estorbo en su “vida real” … y llegué a la parte que más me dolía.

—Me confirmó que tiene un hijo. Tengo un hermano… mayor.

—¿Mayor? —Liam frunció el ceño, dejando de comer—. Siempre pensé que se refería a uno posterior a ti.

—Yo también —admití con amargura—, pero no. Sus mentiras eran aún más profundas y dolorosas. Toda mi vida fue una farsa. No fui la primera, ni la única, ni siquiera la importante.

—¿Y qué piensas hacer? —preguntó Adri, poniéndome una mano en el brazo.

—Nada. No quiero saber nada de Diego Beltrán. He decidido que este bebé no va a heredar ni una gota de ese veneno.

—Me parece la mejor opción —asintió Cami—. Hablar de él siempre te pone nerviosa y, después de lo que nos has contado, lo mejor es el contacto cero.

—Nosotros no sacaremos más el tema —sentenció Liam, recuperando su tono alegre—. ¡Ay! Es que aún no me lo creo… ¡Voy a ser tío! Voy a consentir a ese bebé hasta el infinito y más allá.

—Dirás, consentiremos —le corrigió Adri—. Ya estoy pensando en el carrito y en la ropita que…

De repente, mi móvil volvió a iluminarse. Un mensaje de James.

—Mirad, James me ha enviado una foto —dije, abriendo el archivo. Era una imagen en la terraza de un chiringuito: una dorada a la sal con una pinta increíble, el mar de fondo y…

Me quedé mirando la pantalla un segundo de más.

—¿Qué es esto? —pregunté, más para mí que para ellos.

Mis amigos dejaron de hablar y se asomaron al teléfono.

—¿Qué pasa? —preguntó Liam.

—Mirad la foto… —se la mostré ampliándola.

—¡Vaya vistas! Ni tan mal que está mi hermanito disfrutando del sur… —comentó Liam, pero luego se fijó mejor—. Un momento… ¿y eso?

—Eso mismo me pregunto yo —dije, entornando los ojos.

—¿Con quién está almorzando? —soltó Cami, analizando la imagen como si fuera una prueba judicial.

—Esas uñas pintadas de rojo pasión que aparecen en el lateral de la imagen… —Adri señaló la esquina de la foto— está claro que no son de él. A menos que James haya decidido explorar su lado más femenino en Málaga.

Miré la mano de la mujer que apenas se asomaba en el encuadre. Una manicura perfecta, elegante.

—Bueno —solté, intentando quitarle hierro al asunto mientras mi instinto de mujer se ponía en alerta—, supongo que será la agente inmobiliaria con muy buen gusto para el esmalte.

Ya me contará luego… aunque como sea una experta en algo que no sean contratos, el que va a necesitar un abogado para su divorcio va a ser él.

—Mi hermano es incapaz de combinar una corbata sin ayuda, no creo que tenga la logística mental para una doble vida —rio Liam—. Además, con lo pesado que es contigo, seguro que le está dando la brasa a la pobre mujer contándole los milímetros que mide su hijo.

—Seguro —dijo Cami riendo—. Pobre mujer, no sabe dónde se ha metido si James ha empezado con el modo “padre orgulloso”.

A pesar de la broma, una pequeña chispa de curiosidad se quedó instalada en mi cabeza. James, más te vale que esa dorada a la sal esté muy buena… porque tenemos una conversación pendiente sobre esa manicura roja.

La tarde en la terraza seguía siendo el bálsamo que necesitaba.

Entre las risas de Liam y las ocurrencias de las chicas, casi podía ignorar el leve mareo que persistía en mi estómago.

Pero, como buena abogada, no podía dejar pasar un cabo suelto.

Desde lo que contó Cami sobre su encuentro pasional con Eric en mi boda, su escapada sola y el comentario de Eric sobre la localización del baño…

había algo que necesitaba conocer y aproveché un momento de calma para lanzar el anzuelo.

—Oye, Cami —dije, apoyando la barbilla en mi mano y mirándola con fijeza—, ¿y tú qué tal con Eric? ¿Ha pasado algo más entre vosotros?

Cami, que estaba a punto de darle un sorbo a su bebida, se quedó congelada un segundo.

—No, nada —respondió demasiado rápido. La noté nerviosa, jugaba con el borde de su servilleta y evitaba mi mirada—. Pero... sí os tengo que decir que estoy conociendo a alguien.

Aquello cayó como una bomba, mucho más potente que cualquier cotilleo sobre Eric.

—¡¿Qué?! ¡¿Cómo?! ¡¿Cuándo?! —Liam saltó de su silla casi tirando el cuenco de la macedonia—. ¿Cómo es? ¿Cómo se llama? ¿Tiene antecedentes penales? ¡Habla ya!

Liam estaba fuera de sí, su impaciencia era casi contagiosa. Adri y yo nos inclinamos hacia delante, rodeándola.

—No lo conocéis —dijo ella, intentando mantener la calma mientras se le escapaba una sonrisita—. Estaba tomando algo con mis compañeros de la tienda y él era amigo de uno de ellos. Es de aquí, de Madrid, y bueno... nos estamos conociendo.

—¿De una reunión de empresa? —preguntó Adri con una ceja levantada—. Vaya, vaya... ¿y por qué tanto misterio?

—No es misterio —insistió Cami, poniéndose aún más roja—. Es que es pronto. Cuando sepa si es en serio, lo presentaré.

Me quedé observándola. Cami no es que haya sido siempre muy prudente pues siempre decía lo que pensaba y no ocultaba nada, pero algo no me cuadraba.

Ese comentario de Eric en su casa sobre “la primera puerta a la izquierda” seguía dándome vueltas.

O Eric es un auténtico lince de la distribución de interiores, o Cami nos estaba ocultando algo mucho más jugoso que un simple ligue en una boda.

¿Acabaron en su casa esa noche? Puede ser…

aun así, decidí no presionarla más. Bastantes secretos habíamos soltado ya este fin de semana.

—Está bien, respetaremos tu periodo de prueba —le dije guiñándole un ojo—. Pero más le vale ser un tipo increíble, porque ahora que Liam ha entrado en modo “tío protector”, va a tener que pasar un examen más duro que una oposición a Notario.

—No lo sabes bien —añadió Liam, cruzándose de brazos con aire solemne—. Investigaré hasta su historial de primaria.

Reímos, y por un momento, me olvidé de las náuseas, de mi padre y hasta de la misteriosa mujer de las uñas rojas que almorzaba con James. Estaba donde quería estar: con mi gente, rodeada de amor y de misterios por resolver.

Cuando los chicos se fueron, el silencio de la casa me envolvió de una forma necesaria.

Mi cuerpo pedía a gritos ese momento que se había convertido en mi santuario diario: el baño.

Preparé toda la parafernalia; sales de Epsom, una montaña de espuma con aroma a lavanda, velas distribuidas estratégicamente por el borde de la bañera y mi lista de Spotify favorita.

Me sumergí hasta la barbilla. Paz absoluta.

De fondo, rompiendo la quietud con suavidad, empezó a sonar la nueva canción de Manuel Turizo, mi cantante favorito: “Te hacen falta dos”.

Me quedé suspendida en el agua, dejándome llevar por el ritmo, hasta que la letra empezó a calar hondo en mis pensamientos.

Hubo una estrofa en concreto que se me clavó en el pecho y me hizo sonreír inevitablemente, porque era el vivo reflejo de James y yo: “ Pa' mí que te hace falta un beso, te hace falta dos / Que te quite el frío aunque no salga el sol / Que te haga reír y que te haga el amor / Y a mí me faltas tú, y a ti te falto yo...”

Cerré los ojos imaginándome a James, sus besos, sus brazos, su espalda, pero entonces mi móvil empezó a vibrar sobre el mármol, cortando la canción.

Vi la cara de James iluminando la pantalla.

Inevitablemente, estábamos conectados. Y, a pesar de los años y de llevar su anillo en el dedo, mi corazón empezó a galopar.

¿Cuándo se irían estas dichosas cosquillitas?

Creo que nunca. Pulsé el manos libres con un dedo goteando espuma.

—Hola, mi amor, ¿cómo estás? —su voz inundó el baño, sonando tan cerca que casi podía oler su perfume.