CAPÍTULO 10 JAMES #3
La fachada no tenía nada que ver con la de Larios; era vanguardista, limpia y funcional. Al entrar en la oficina, sentí un dejà vu inmediato: esto es Madrid.
Si la oficina de Larios era un templo, esta era un laboratorio de alta estrategia: espacios abiertos con suelos de resina gris claro que daban una sensación de amplitud infinita.
No había muros de ladrillo. Todo era vidrio de suelo a techo, permitiendo que el azul del Mediterráneo inundara cada rincón del despacho.
Domótica en cada persiana y pantallas ocultas en las salas de juntas.
Era la viva imagen de nuestra sede en Madrid pero aún más sofisticada y eficiente.
Caminé hacia el ventanal principal y vi las olas romper a pocos metros.
Era impresionante, sí. Pero mientras Teresa empezaba a hablar sobre la comodidad de tener el juzgado cerca y el acceso rápido a la autovía, yo me preguntaba si Mía preferiría el peso de la historia en Larios o la claridad del mar en la Malagueta.
—Es funcional —dijo Teresa, rompiendo mi silencio—. Y para los clientes internacionales que vienen a Marbella, esta zona es mucho más cómoda. Pero en mi opinión... le falta el “alma” de la primera.
—El alma ya se la daríamos nosotros —respondí, sacando el móvil para grabar un vídeo para Mía—. Esta luz con estas vistas… Mi mujer siempre dice que un buen abogado necesita ver el cielo para no olvidar que hay un mundo fuera de los códigos.
Tras salir de aquella oficina de cristal en la Malagueta, me despedí de la agente inmobiliaria. Acordamos vernos al día siguiente por la tarde para desplazarnos a Marbella y cerrar el círculo de opciones. Me quedé a solas con Teresa bajo el sol de mediodía, que ya empezaba a apretar con fuerza.
—Teresa, ¿te apetecería almorzar conmigo? —le propuse, guardando el móvil—. Me gustaría conocer un poco más tu trayectoria y cómo ves el panorama jurídico aquí. Si vamos a abrir esta sede, necesito saber si cuento con una de las mejores.
Ella sonrió con esa seguridad que me recordaba a la competitividad de mi propio despacho.
—Me encantaría, James. Te espero en el paseo marítimo, justo frente a tu hotel. Hay un chiringuito allí donde se come un pescado espectacular, de esos que no necesitan adornos.
Caminé unos minutos hasta llegar a mi hotel.
El hotel es, sencillamente, una joya arquitectónica en primera línea de playa.
Nada más acercarte, te recibe una fachada blanca imponente, de un estilo clásico y palaciego que parece rescatado de la Belle Époque.
Tiene ese aire de Gran Lujo con sus jardines perfectamente cuidados, sus escalinatas de mármol y unos salones que exudan historia en cada moldura.
Subí a mi habitación, abrí los ventanales y dejé que el sonido de las olas y la brisa marina inundaran el cuarto. El azul del Mediterráneo era tan intenso que dolía mirarlo sin Mía al lado.
Me senté en el borde de la cama y marqué su número. Contestó al segundo tono.
—¿Mía? ¿Cómo estás, amor?
—Me he levantado regular —su voz sonaba un poco apagada, pero con ese deje de determinación que nunca la abandona—. Pero bueno, todavía no he vomitado hoy, así que lo considero una victoria.
—Menos mal. Te he enviado fotos y vídeos de las dos primeras. La de Larios es puro prestigio, antigua, con techos altísimos... pero la de la Malagueta es como nuestra oficina en Madrid, puro cristal frente al mar.
—¡Dios, el mar! Les echaré un ojo luego —me interrumpió ella—. Valoraré ambas y te expondré en un dossier pros y contras de cada una.
—No hace falta que te pongas a trabajar ahora, Mía —le dije, suavizando el tono—. Ya lo valoraremos juntos cuando llegue a casa. Tú descansa.
—No te preocupes, estoy bien. Estoy deseando ver los locales, así nos quitamos trabajo y me cuentas mejor cuando llegues —replicó ella, aunque su instinto de socia ya estaba funcionando.
—Tú como siempre, ¿eh? No puedes delegar ni el pensamiento.
—¿Lo dudabas? —escuché su pequeña risa al otro lado—. No estaré allí físicamente contigo, James, pero lo sentirás como si lo estuviera. Cada local que mires, pensarás: “¿Qué diría Mía?”.
—En eso tienes razón, ya lo hago. Te echo de menos, nena.
—James, hace solo unas horas que te has ido —dijo ella, aunque noté un quiebro en su voz.
—Me da igual. Todo aquí me recuerda a ti. La luz, el olor a sal... hasta los techos de las oficinas. ¿Qué pasa, que tú no me echas de menos a mí?
—Más de lo que te imaginas —confesó por fin—. Te necesito aquí dándome la brasa para que coma, pero me acuerdo de ti y… bueno, como un poco, aunque sea por no escucharte luego.
Ambos nos reímos. Era nuestra forma de decirnos que todo estaba bien, a pesar de la distancia y de las náuseas.
—Bueno, descansa un poco más. Luego hablamos mejor y te cuento todo mi día.
—Vale. Pórtate bien, Bernard. Y oye... envíame una foto del mar, que aquí solo veo edificios y el bote de las vitaminas.
—Hecho. Te quiero, Mía.
—Y yo a ti mucho más.
Colgué la llamada con una sonrisa agridulce. Salí al balcón, saqué una foto al horizonte donde el cielo se fundía con el agua y se la envié, a mi adicta al agua, antes de bajar a encontrarme con Teresa.