Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 10 JAMES #2
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CAPÍTULO 10 JAMES #2

—Por supuesto, no hay problema. De hecho, ahora mismo estoy entrando a ver una oficina en la calle Larios. Si quieres, nos podemos ver después.

—Puedo pasarme ahora, estoy muy cerca de allí, llego en cinco minutos —propuso ella con una decisión que me recordó, inevitablemente, a la energía de Mía.

—Vale, pues te espero aquí por si te apetece verla también.

—Sería un placer.

Mientras guardaba el teléfono, la agente inmobiliaria me miraba con curiosidad.

Le expliqué que una posible colaboradora se uniría a la visita.

Aproveché esos cinco minutos para enviarle un mensaje rápido a Mía: “Ya estoy en Larios. Te echo de menos en cada esquina. ¿Cómo va ese estómago? Te quiero” .

Apenas le di a enviar cuando escuché mi nombre.

—James.

Me giré y me quedé un segundo en silencio.

Enzo me había dicho que era una profesional impecable, pero se había quedado corto en su descripción física.

Frente a mí, caminando con una seguridad aplastante sobre el mármol de Larios, estaba una mujer que personificaba la belleza del sur de una forma casi magnética.

Teresa era guapísima, con esa sofisticación que parece no costar esfuerzo.

Tenía una melena de un negro azabache brillante que le caía en ondas sobre los hombros, resaltando una piel canela, bronceada por el sol malagueño.

Sus ojos eran oscuros, profundos y con una mirada inteligente que parecía estar analizándolo todo al primer contacto.

Vestía un traje de chaqueta de lino blanco inmaculado que contrastaba con su cabello y unos pendientes de oro que bailaban con cada uno de sus pasos decididos.

Era la viva imagen de la elegancia andaluza: cálida, pero con una presencia que imponía respeto inmediato.

—Teresa, un placer conocerte —dije, estrechándole la mano. Su apretón fue firme, de los que a mí me gustan en un abogado.

—El placer es mío. Enzo me ha hablado maravillas de vuestro despacho en Madrid. Siento presentarme así, casi de improviso, pero en esta ciudad las oportunidades vuelan, igual que los buenos locales.

Me gustó su franqueza. Enzo tenía razón: esta mujer no solo conocía el terreno, sino que parecía el tipo de “tiburón” que necesitábamos para liderar la nueva sede.

—No te preocupes —respondí, señalando el portal—. Entremos. Me vendrá bien otra visión para decidir si este sitio es tan bueno como dice el dossier o si solo es fachada.

Mientras subíamos en el ascensor, no pude evitar pensar que, si Mía estuviera aquí, ya estarían intercambiando opiniones sobre el mercado procesal andaluz.

Teresa Martínez prometía ser una pieza clave, pero mi mente, inevitablemente, seguía volviendo a Madrid, preguntándome si mi mujer habría conseguido dormir un poco.

Cruzamos el umbral del edificio y, de inmediato, el ruido de la Calle Larios quedó amortiguado por unos muros que han visto pasar la historia de Málaga durante más de un siglo.

Subimos en un ascensor de forja y madera que crujía con elegancia, y al abrirse las puertas de la oficina, supe que estábamos ante algo que no se encuentra en los catálogos modernos.

Era una propiedad imponente. No era simplemente un espacio de trabajo; era una declaración de intenciones.

Los techos, de casi cuatro metros de altura, conservaban las molduras originales de yeso, intrincadas y majestuosas.

El suelo era un tablero de ajedrez de mármol blanco y negro, desgastado por el tiempo de esa forma que solo le aporta más caché.

Caminé hacia los ventanales principales.

Eran balcones de madera noble que se abrían de par en par a la arteria principal de la ciudad.

La luz de Andalucía entraba a raudales, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire y resaltando la calidez de las paredes revestidas con boiseries de roble.

—Esto es... —Teresa dejó la frase a medias mientras recorría el salón principal.

Se acercó a uno de los balcones y acarició el herraje de la barandilla. El contraste entre su traje de lino blanco y la oscuridad de la madera antigua era una imagen de sofisticación pura. Se giró hacia mí, y por primera vez desde que la vi, su seguridad de “tiburón” se suavizó por el asombro.

—No tengo palabras, James —confesó con una sonrisa genuina—.

He visto muchos locales en esta ciudad, pero esto no es un local, es un templo jurídico.

Es ideal. El equilibrio entre lo antiguo y lo sofisticado es exactamente lo que un cliente de vuestro nivel busca.

Transmite solidez, historia y, sobre todo, poder.

Asentí, pero mientras admiraba la chimenea de mármol de una de las estancias —seguramente el que sería mi despacho—, sentí esa punzada de nuevo. Mía habría criticado el estado de los cierres de las ventanas o habría calculado cuántas estanterías de cuero cabían en esa pared.

—A mi mujer le encantaría la luz —dije en voz alta, casi sin darme cuenta.

Teresa me miró con curiosidad, captando mi nostalgia.

—Tu mujer tiene buen gusto, entonces —respondió ella, retomando su tono profesional—. Si decidís quedaros aquí, James, os aseguro que no habrá un despacho en toda Andalucía que pueda competir con esta imagen.

Cerré los ojos un segundo, imaginando a Mía sentada tras un escritorio de caoba en este salón, con su pelo rubio brillando bajo el sol de Málaga.

Teresa tenía razón: era perfecta. Pero elegirla sin que ella hubiera pisado este mármol me hacía sentir que estaba cometiendo el mayor desacato de mi carrera.

—Sigamos viendo el resto —dije, aunque en mi fuero interno, la oficina de Calle Larios había ganado muchos puntos.

A pesar de que la Malagueta estaba a un paso, la agente inmobiliaria —que parecía tener cronometrado cada segundo del día— insistió en pedir un taxi.

No quería que perdiéramos el ritmo, y yo, con la cabeza dividida entre los metros cuadrados de Larios y el estado de salud de Mía, no puse resistencia.

En el taxi, aprovechando la cercanía, la curiosidad me pudo. Enzo es como un hermano para mí, pero es un búnker cuando se trata de su vida personal.

—Y dime, Teresa, ¿cómo acabaste conociendo a un tipo como Enzo? —pregunté, acomodándome en el asiento.

Ella soltó una risa ligera y miró por la ventanilla antes de volverse hacia mí.

—En un juzgado, como no podía ser de otra forma.

Pero no como amigos. Estábamos enfrentados.

Yo defendía a una constructora y él era el perito arquitecto de la parte contraria.

James, te juro que traía el caso amarrado, pero Enzo se sentó en el estrado y, con esa calma desesperante que tiene, desmanteló mi defensa en diez minutos. Perdí el juicio por su culpa.

Me quedé mirándola. La forma en que sus ojos brillaban al recordar la derrota me resultó peligrosamente familiar.

—¿Y qué hiciste? —quise saber.

—Lo que cualquier persona inteligente haría: en cuanto salimos de la sala, le pedí el número para que en el siguiente caso estuviera de mi lado y no del de enfrente. Desde entonces, es mi mano derecha en todo lo técnico.

Esa descripción me dio un vuelco al corazón.

Me recordó inevitablemente a la primera vez que vi a Mía en plena acción en el juicio del Sr. Vázquez.

Esa misma mezcla de brillantez, frialdad técnica y una presencia que te obliga a rendirte.

Miré a Teresa de reojo. La forma en que hablaba de él, con ese respeto que rozaba la admiración absoluta...

¿Tienen algún lío estos dos y el cabrón de mi amigo no me ha dicho nada?

Enzo siempre ha sido un soltero de oro, pero el tono de Teresa me hizo sospechar que el peritaje entre ellos iba más allá de los planos.

Llegamos a la zona de la Malagueta y el cambio de aire fue instantáneo.

Si la calle Larios es la elegancia histórica, la Malagueta es el dinamismo del lujo moderno.

Es un barrio con un aroma inconfundible a salitre y protección solar cara; una zona donde los edificios de oficinas conviven con los chiringuitos de diseño y las palmeras que bordean la arena.

El edificio que nos mostró la agente era una mole de cristal y acero con un parking inmenso, tanto privado para los propietarios como público para los clientes, algo que en Málaga vale su peso en oro. Estaba justo frente al mar, desafiando al horizonte.