Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 10 JAMES
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CAPÍTULO 10 JAMES

La semana después de soltar la bomba fue, por decir lo menos, un curso intensivo de supervivencia.

La euforia de la noticia dio paso a la cruda realidad biológica.

Mía, mi mujer de acero, se había vuelto de cristal...

o más bien, de dinamita con la mecha muy corta.

Cualquier broma que antes habría respondido con un zasca magistral, ahora terminaba en un labio tembloroso o en una mirada que prometía mi ejecución.

Y luego estaba el tema de la comida. Era un equilibrio imposible: si comía lo que yo consideraba “normal”, acababa en el baño a los diez minutos.

Si comía poco, su cuerpo lo rechazaba por falta de sustento.

Verla así me partía el alma, pero mi papel de “gestor de salud” no me permitía bajar la guardia, especialmente por las mañanas.

—Mía, por favor, solo es medio vaso —le dije esta mañana, extendiendo el zumo de naranja como si fuera una tregua de paz.

—James, no me entra nada. Siento que si bebo eso, voy a explotar —protestó ella desde la cama, tapándose la cara con la almohada—. Por un día que no me lo tome no va a pasar nada. El mundo seguirá girando.

—El mundo sí, pero tus reservas de hierro no —respondí sentándome a su lado, retirando la almohada con suavidad—.

Escúchame, nena. No es por fastidiarte, lo juro.

Tienes que hacerlo por ti, para que recuperes el color en la cara, y por nuestro bebé.

Ese corazón de unos tres centímetros necesita que estés fuerte.

Ella me miró con una mezcla de odio puro y amor infinito. Suspiró, agarró el vaso con manos temblorosas y se lo tomó de un trago junto a la hierro de hierro y el ácido fólico.

—Te odio —masculló, dejándose caer de nuevo en el colchón.

—Lo sé. Y yo te quiero —le di un beso en los labios, que me devolvió con una pequeña sonrisa, antes de irme al despacho.

En la oficina, el ambiente era de expectación. Mi padre, Manuel, se pasó por mi despacho a media mañana, todavía con la sonrisa de abuelo puesta, pero con el maletín de socio director en la mano.

—¿Cómo va el asunto de Málaga, James? Mañana viajáis, ¿no? —preguntó, revisando unos planos de las posibles sedes.

—Sí, el plan es ver las opciones el fin de semana y volver el domingo —respondí, aunque con un nudo en el estómago.

Mía no había podido venir a trabajar hoy. La noticia de su estado ya era de dominio público en el bufete, y todos me preguntaban con una mezcla de cariño y respeto. Almudena, al verme salir de una reunión con cara de pocos amigos, se acercó a mi mesa.

—¿Sigue igual? —preguntó con empatía.

—Vomita muchísimo, Almudena. No le aguanta nada en el cuerpo. Me tiene muy preocupado.

—Escucha, James —me dijo poniéndome una mano en el hombro—, a mí me pasó igual.

Dile que no intente hacer comidas grandes.

Que coma poquito, casi como un pajarito, pero cada muy poco tiempo.

Una galletita salada aquí, un trozo de fruta allá.

Así el estómago nunca está vacío del todo y es más fácil mantener la comida.

Entiendo perfectamente cómo se siente, es agotador.

Le agradecí el consejo y, en cuanto pude cerrar los asuntos urgentes, salí disparado hacia casa.

Cuando llegué, el sonido del agua en la ducha me indicó que estaba arriba.

Decidí que necesitaba un respiro. Atenué las luces del salón, encendí unas velas con aroma suave —nada de olores fuertes, por si acaso— y puse un poco de música jazz de fondo.

Cuando bajó, con el pelo envuelto en una toalla blanca y el albornoz azul, me quedé sin aliento.

Sé que ella se sentía fatal, pero para mí, no había mujer más sexy en todo el planeta que esa futura madre despeinada.

—¿Qué es esto? —preguntó, deteniéndose en el último escalón.

—Quiero que te relajes. Ven aquí —la guie hasta el sofá—. Te voy a dar un masaje en los pies.

—¿De verdad? —susurró, dejándose caer con un suspiro.

—Por supuesto. Considéralo un privilegio histórico: ahora podrás decir que el gran James Bernard está, literalmente, a tus pies.

Ella soltó una pequeña risa, la primera del día, y eso me dio la vida. Mientras le masajeaba los pies con aceite de almendras, la miré a los ojos.

—¿Cómo estás, amor?

—No muy bien, James. Sinceramente, solo me apetece estar metida en la bañera. El agua es lo único que me relaja.

—¿Te pongo una almohada allí? —bromeé—. O si quieres, puedo llamar mañana a los obreros y que te pongan un jacuzzi que mantenga el agua calentita todo el día. Ya sabes que Enzo estará encantado de diseñar un sistema de hidromasaje de última generación para ti y su futuro sobrino.

—Nada de obras, por Dios —rio ella, cerrando los ojos.

—Oye... —suavicé el tono—. ¿Seguro que quieres ir mañana a Málaga?

El silencio que siguió me dio la respuesta antes que sus palabras. Mía se quedó mirando al vacío, pensando. Sabía la ilusión que le hacía esa nueva sede; era su proyecto tanto como el mío. Pero que tardara tanto en contestar significaba que su cuerpo le estaba pidiendo tregua.

—Quiero ir, James. De verdad que quiero... pero, sinceramente, no tengo fuerzas. Me mareo solo de pensar en el aeropuerto.

—Podemos posponerlo —dije de inmediato—. Hasta que te encuentres mejor.

—No —dijo con firmeza, volviendo a ser la abogada resolutiva—. Tienes que ir tú. No podemos demorarlo más. Ya hemos anunciado en prensa que se abrirá a finales de año y los propietarios de los locales no van a esperar.

—¿Me estás diciendo que vaya solo? ¿Estás segura?

—Creo que ir allí ahora mismo sería molestar más que aportar, James. Entre mis náuseas y mi cansancio, no te dejaría trabajar.

—No digas eso jamás —le dije, subiendo por el sofá para abrazarla—. Aportas más que cualquier persona solo con estar cerca. Pero entiendo que necesitas descansar. Me partirá el alma estar allí sin ti.

—Bueno —dijo ella, con un brillo de picardía recuperada en los ojos mientras se acurrucaba en mi pecho—, así podrás echarme de menos y darte cuenta de que sin mí estás perdido en los contratos.

Pero ni se te ocurra mirar a ninguna malagueña, Bernard, que estoy embarazada, pero todavía tengo mis contactos en el juzgado.

—No tengo ojos para nadie más, Mía Beltrán —le susurré al oído antes de besarla—. Aunque reconozco que te echaré de menos para que me digas qué corbata me queda mejor.

—Te quiero, James.

—Y yo a ti, mi amor. Mucho más de lo que este masaje de pies puede expresar.

Nunca pensé que un vuelo de apenas una hora se me haría tan eterno.

Mirar a mi derecha y ver el asiento 4C vacío fue como recibir un golpe directo al pecho.

Se supone que este era nuestro gran viaje, el inicio de la expansión de Bernard Legal Group en España, pero el destino —o mejor dicho, el regaliz griego— tenía otros planes.

Durante todo el trayecto, no pude quitarme de la cabeza la imagen de Mía al despedirme.

La dejé enroscada en las sábanas, con esa palidez que me rompe el alma y el aroma del zumo de naranja todavía flotando en el ambiente después de su ritual de medicamentos.

Parecía tan pequeña y vulnerable, una versión de ella que casi nadie conoce, y me sentí como el peor marido del mundo al cerrar la puerta de casa.

Me pasé el vuelo revisando los informes de la inmobiliaria, pero las palabras bailaban ante mis ojos. Sin ella para darme su opinión ácida sobre los metros cuadrados o para decirme que “ese edificio es demasiado pretencioso incluso para ti, James”, los documentos eran solo papel muerto.

Al aterrizar en Málaga, el calor del Mediterráneo me golpeó al salir de la terminal, pero no se sentía igual de brillante sin ella.

Cogí un taxi directamente hacia el centro, concretamente, a la Calle Larios.

Mientras el coche avanzaba, el conductor no dejaba de hablar sobre el tiempo, pero yo solo podía mirar el móvil esperando un mensaje de Mía confirmando que había logrado mantener el desayuno en el estómago.

Había quedado con la agente inmobiliaria en plena arteria principal de la ciudad.

El plan era ambicioso, justo como le gusta a Mía, aunque ahora me toque a mí hacer el “trabajo de campo”: Calle Larios.

El corazón de Málaga. Prestigio, visibilidad y ese aire señorial que encaja con nuestra marca.

La Malagueta: Cerca del mar. Me imagino a Mía trabajando con la brisa marina entrando por la ventana, quizás eso la ayudaría con los mareos.

Marbella: El lujo absoluto. Clientes de alto standing, pero un estilo de vida que quizá nos aleje demasiado de la esencia del despacho.

Bajé del taxi en la esquina de Larios. El bullicio de la gente y la luz de Andalucía son increíbles, pero me siento como un mimo en una fiesta: gesticulo, me muevo, pero me falta la voz.

Y mi voz, mi brújula y mi socia, está a cientos de kilómetros descansando para que nuestra “lentejita” crezca fuerte.

—Dalo todo, James —me había dicho ella antes de salir—. Pero si eliges una oficina fea, te demando por negligencia.

Sonreí para mis adentros mientras veía a la agente inmobiliaria acercarse. “Prepárate”, pensé, “porque hoy tengo que ser exigente por dos”.

Justo cuando la agente inmobiliaria sacaba las llaves y nos disponíamos a cruzar el portal del imponente edificio en la Calle Larios, mi móvil vibró en el bolsillo. Mi corazón dio un vuelco. “ Mía” , pensé. Quizás se sentía mejor, quizás quería decirme que me quería antes de mi primera visita.

Saqué el teléfono y contesté automáticamente, con una sonrisa que ya asomaba en mis labios.

—¿Mi amor?

—Hola James, soy Teresa Martínez, la amiga de Enzo —respondió una voz femenina, segura y con un marcado pero elegante acento andaluz.

—Ah, Teresa... —sentí una punzada de decepción, aunque intenté que no se notara en la voz—. Perdona, pensaba que era mi mujer. ¿Qué tal?

—Creo que Enzo te habló de mí —continuó ella—. Me ha dicho que has venido a Málaga a ver oficinas y no sé si es mucho atrevimiento pedirte que nos veamos antes de que te marches.