CAPÍTULO 9 MÍA #2
—Ha entrado dentro de tiempo —intervino James, con esa voz de juez imparcial que usa en las vistas previas. Se cruzó de brazos, luciendo una media sonrisa—. Lo he oído perfectamente. Punto para las chicas.
—¡Pero James! ¿Eres de nuestro equipo, recuerdas? —le recriminó Enzo, dándole un empujón amistoso—. ¡Se supone que tenemos que ganar, no hacer de árbitro de la ONU!
—Lo sé —respondió James, guiñándome un ojo de nuevo—, pero soy justo. La ley es la ley, y Mía ha sido más rápida que el reloj.
—Traidor... —masculló Eric, aunque no podía dejar de sonreír mientras miraba a Cami, que volvía al sofá intentando que su respiración volviera a la normalidad.
Esa interacción entre Eric y Cami me estaba quemando la curiosidad por dentro, pero el juego seguía.
—Siguiente turno: Enzo —anunció Liam, pasándole el móvil con una sonrisa maliciosa—. Prepárate, arquitecto, que te voy a poner una difícil.
Enzo se levantó con una confianza que solo un arquitecto que cree dominar el espacio y el tiempo puede tener. Se ajustó las mangas de la camisa y miró a Liam, que sostenía el móvil con una sonrisa de absoluta maldad.
—Venga, Enzo ¡Tiempo! —dijo Liam, dándole al botón de inicio.
Enzo no perdió ni un segundo. Se puso recto como una vela, dibujó en el aire lo que parecían ser cimientos y luego empezó a inclinar todo su cuerpo hacia la derecha, de forma muy lenta y calculada, manteniendo una rigidez asombrosa.
—¿Un borracho volviendo a casa? —aventuró Adri, aguantándose la risa.
—¡Un árbol que se está muriendo! —gritó Eric—. ¡Un náufrago buscando tierra! ¡Enzo, que te doblas!
Yo miraba a Enzo y, de verdad, me daban ganas de decirle que se tomara mi suplemento de hierro, porque se estaba torciendo de una manera que no parecía humana. Cami, mientras tanto, no le quitaba el ojo de encima a Eric, que estaba concentradísimo observando a su amigo.
Enzo insistía: señalaba el suelo con fuerza, volvía a subir las manos como dibujando una estructura cilíndrica y se inclinaba aún más, casi desafiando las leyes de la gravedad.
—¿Un pino? ¿Un espárrago? —seguía Eric, desesperado.
James, que había estado observando en silencio con esa mirada analítica que usa cuando está a punto de ganar un juicio, soltó una carcajada corta y dijo con total seguridad:
—La Torre de Pisa.
Enzo se detuvo en seco, recuperó la verticalidad y señaló a James con ambos dedos índices, asintiendo con energía.
—¡Eso es joder, bien hecho James! —exclamó Eric, saltando del sitio y dándole una palmada sonora en la espalda a mi marido—. ¡Punto para los chicos!
—Es que ha sido perfecto —añadió James, divertido, mientras Enzo volvía a su sitio con aire de triunfo—. Ha marcado la cimentación y el ángulo de inclinación exacto.
—Lo que yo decía —masculló Liam volviendo al sofá—, una pandilla de intensos. Mía, te toca. Por favor, sálvanos el orgullo, que estos tres ya se creen los reyes del mambo.
Me levanté sintiendo un cosquilleo en el estómago. Miré a James, que me guiñó un ojo otra vez. Era mi turno.
—James —le dije, acercándome para coger el móvil—, ponme tú la frase.
Él sonrió de una manera que me hizo saber que estábamos exactamente en la misma página. Me pasó el teléfono y, al leer la frase que había seleccionado, sentí que el corazón me daba un vuelco. Era el momento. Respiré hondo, miré a mi equipo y empecé.
Señalé con el dedo índice a mi pecho con insistencia.
—¡Rubia! —gritó Cami de inmediato—. ¡Mujer rubia!
Negué con la cabeza y señalé a James, que estaba sentado con una calma absoluta, y luego volví a señalarme a mí. Crucé las manos como si estuviéramos caminando juntos.
—¡Pareja! —aventuró Adri, inclinándose hacia delante—. ¡El matrimonio!
Asentí con energía y luego hice el gesto de una gran curva sobre mi vientre con ambas manos, inflándome las mejillas.
—¡Tú y James! ¡Matrimonio! —exclamó Liam, soltando una carcajada—. ¡El matrimonio engorda! ¿Os habéis puesto finos en la luna de miel?
Todos en el salón estallaron en risas. Eric y Enzo se daban palmadas en los muslos, pero yo seguí a lo mío. Me señalé a mí misma con fuerza.
—Mujer... —murmuró Adri, intentando concentrarse entre las risas.
Volví a hacer el gesto de la barriga, esta vez de forma mucho más exagerada y lenta, mirándolos fijamente a los ojos.
—Gorda... —dijo Liam, frunciendo el ceño—. ¿Mujer gorda? ¿Mía, nos estás diciendo que has vuelto con kilos de más de Grecia?
Hice un gesto de “sí” con la cabeza.
—¿Tú con kilos de más? —dijo Cami—. Mujer embarazada.
Volví a hacer el gesto de “sí” con la cabeza a la palabra “embarazada” que empezaba a flotar en el aire, y me señalé a mí misma una última vez, con las dos manos puestas sobre mi vientre.
De repente, el ambiente en el salón cambió.
Fue como si la gravedad se hubiera duplicado.
Liam se quedó a media carcajada, con la expresión congelada.
Cami se llevó las manos a la boca, abriendo los ojos como platos.
Adri dejó caer la mano sobre el hombro de Liam, buscando apoyo, sin poder dejar de mirarme.
Eric y Enzo se levantaron rápidamente del sofá llevándose las manos a la cabeza simultáneamente, como si no pudieran procesar la información.
El móvil en mi mano empezó a pitar con un sonido agudo e insistente, indicando que el tiempo había finalizado, pero nadie se movió.
Aquel salón, que hace diez segundos era un caos de gritos, se quedó en un silencio sepulcral.
James permanecía sentado, contemplando la escena con una paz y un orgullo que me llenaron el pecho.
Liam fue el primero en romper el silencio. Su voz sonó pequeña, incrédula.
—¿Estás embarazada? —me preguntó, parpadeando rápido—. ¿Voy a ser tito?
Confirmé con la cabeza, sin poder aguantar más las lágrimas.
—¡AAAAAAHH! —el grito de mis amigas rompió el cristal de la tensión.
Cami y Adri saltaron del sofá y se abalanzaron sobre mí, abrazándome con una fuerza que casi me deja sin aire.
—¡VAMOS A SER TITAS! —gritaban las dos a la vez, saltando a mi alrededor como niñas pequeñas mientras Eric y Enzo se unían al caos, riendo y dándole la enhorabuena James con un abrazo.
En medio de todo ese ruido, vi a Liam. Se había vuelto a sentar en el sofá, como si le hubieran fallado las rodillas.
Se tapó la cara con las manos durante unos segundos, procesando que su hermano mayor, el serio James Bernard, iba a traer a un pequeño al mundo.
Dirigió la mirada a James, que seguía ahí sentado, y sin mediar palabra, se lanzó sobre él para abrazarlo sin ningún pudor, con una lealtad y un amor de hermano que me hizo comprender que este bebé no iba a nacer solo en una familia, sino en un refugio inquebrantable.
James lo recibió con una sonrisa, aceptando el abrazo de su hermano “cabeza loca” mientras su mirada seguía clavada en la mía.
Ya no había secretos para ninguna de las personas que más nos querían.
Después del estallido inicial de gritos y abrazos, nos sentamos todos —o más bien, me escoltaron al sofá como si fuera una reliquia de cristal— para procesar la noticia.
Les contamos todo lo que el Dr. Mendoza nos había dicho: que medía 2,7 centímetros, que estaba exactamente de nueve semanas y dos días, y que mi fecha probable de parto era el 24 de abril.
Todos fliparon con la información, pero lo que más les dejó con la boca abierta fue la “logística” del asunto.
—Pero vamos a ver... —dijo Cami, todavía abanicándose con la mano—, si tú eres la mujer más cuadriculada del mundo. ¿Cómo se te pudo pasar tomarte la pastilla anticonceptiva?
—Es que ese es el tema —confesé, mirando a James, que me apretaba la mano—.
No se me pasó. Yo seguía tomando las anticonceptivas religiosamente cada mañana.
Incluso manché al mes siguiente, pensé que era la menstruación, no el sangrado de implantación.
No puedo creer que con las pastillas pudiera quedarme embarazada... es estadísticamente imposible.
—¿Sabes qué? Yo tengo la respuesta a eso —soltó Adri de repente, cruzándose de brazos con una chispa de triunfo en los ojos.
—¿Tú? ¿Desde cuándo eres ginecóloga, Adri? —se burló Liam.
—No soy ginecóloga, pero trabajo en una cafetería y me encanta aprender nuevos ingredientes. Mía, ¿te acuerdas de la foto que nos mandaste al grupo durante la luna de miel? ¿Esa del Tsai Tou Vounou frente a la puesta de sol?
—¿De qué? —preguntó Liam, arrugando la frente.
—Del té de la montaña griego, Liam — explicó Adri con paciencia—. Mía nos envió una foto en una terraza.
—Ah, sí... el pis de gato ese —recordó Liam con una mueca.
—Pues ese pis de gato —continuó Adri, señalándome— lleva regaliz.
Grecia es uno de los mayores productores de regaliz silvestre de alta calidad del Mediterráneo.
Y resulta que el regaliz en altas dosis enciende el metabolismo y barre cualquier rastro de la hormona del anticonceptivo en sangre.
Es un inductor enzimático de manual. Me lo dijo mi compañero, experto en elaborar los tés de la Bakery.
Me quedé de piedra. Abrí la boca pero no salió nada.
—¿Qué? —balbuceé por fin—. ¡Pues me bebía dos al día! ¡Me encantaba!
El salón estalló en carcajadas. Incluso James, que suele ser más comedido, soltó una risa limpia mientras negaba con la cabeza. Liam, que ya estaba recuperando su color habitual, se recostó en el sofá y me señaló con su cerveza.
—Mía, eres una genio. Te fuiste de luna de miel con un anticonceptivo en la maleta y un antídoto en la taza de té.
—Increíble —añadió Eric, riendo—. Has saboteado tu propio plan de vida con infusiones naturales. Es lo más Mía Beltrán que he escuchado nunca: ser tan eficiente que hasta tus tés anulan tus fármacos.
Me eché a reír con ellos, sintiendo una mezcla de alivio y ridículo. Resulta que nuestro bebé no era solo un latido valiente, sino el resultado de mi amor por las puestas de sol griegas y el té de montaña.