Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 9 MÍA
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CAPÍTULO 9 MÍA

La alegría de Gloria y Manuel me llenó el alma de una forma que no puedo describir; fue como si, por un momento, todo el dolor acumulado en el locutorio de la prisión se hubiera disuelto en un mar de ternura.

En cuanto las palabras salieron de mi boca, el tiempo se detuvo.

Gloria soltó un grito ahogado, llevándose las manos a la cara mientras las lágrimas empezaban a correr por sus mejillas sin control.

Manuel, por su parte, se quedó petrificado un segundo, con los ojos muy abiertos, antes de que una sonrisa inmensa le partiera el rostro.

Ambos se levantaron de la mesa casi a la vez para envolvernos en un abrazo colectivo que olía a hogar y a futuro.

Manuel, que desde que entré en el bufete —y en la vida de James— me ha cuidado con la devoción de un padre, me apretó contra él con una fuerza protectora. Sentí sus lágrimas, discretas pero sinceras, mojándome el hombro.

—Mía, hija… —me susurró al oído, con la voz quebrada—. Gracias. Gracias por darnos este regalo y por hacerme el hombre más feliz del mundo. Vas a ser una madre increíble, ya lo verás.

—Gracias a vosotros por ser mi familia, Manuel —le respondí, apenas pudiendo hablar por el nudo en la garganta.

A la noticia le siguió un torrente de anécdotas.

Gloria, ya más recuperada pero sin soltarme la mano, empezó a recordar cómo James, con apenas cinco años, intentaba “negociar” sus horas de sueño con argumentos jurídicos que le daban mil vueltas a los de su padre.

Yo escuchaba fascinada, riendo con ellos, pero por dentro no podía evitar emocionarme al presenciar la dinámica de una familia de verdad.

Esa calidez, esa historia compartida, esas risas sobre el pasado…

es algo que yo nunca tuve. Pero mientras acariciaba mi vientre por debajo de la mesa, hice una promesa silenciosa: si algo bueno me ha dado mi padre biológico es haberme mostrado con una claridad brutal lo que no quiero en mi vida.

Mi bebé va a tener el amor que yo nunca conocí hasta ahora; crecerá rodeado de estas personas que confiaron en mí, que me ayudaron cuando no era nadie y que me han amado sin condiciones.

Diego Beltrán me dio la espalda, pero el destino me puso en los brazos de los Bernard.

Nos despedimos de su casa un poco más tarde de lo previsto. La sobremesa se alargó entre consejos de Gloria para evitar las estrías y Manuel insistiendo en que James me llevara “entre algodones”.

Ya en el coche, respiré hondo, sintiendo que me quitaba un peso de encima.

—¿Has avisado a Eric y Enzo? —le pregunté a James mientras él arrancaba el motor.

—Sí, van para allá en un rato —respondió.

—Pues nada, siguiente asalto. Espero que Cami tenga zumo de naranja en la nevera porque, como vea otra vez jamón, esta vez no voy a poder evitar llorar.

James me miró de reojo, divertido.

—¿Un asalto? Nena, esto va a ser una masacre de abrazos.

Prepárate porque cuando Enzo se entere, se va a presentar mañana mismo en casa con un telémetro láser, un cuaderno de bocetos y un catálogo de materiales ecológicos.

Va a querer tirarnos el tabique de la habitación de invitados antes de que termine el primer trimestre para hacer una “suite infantil con luz cenital y flujo de aire optimizado”.

—¿Qué? —grité riendo.

—Y Eric… bueno, Eric probablemente intentará que el bebé sea el relaciones públicas más joven de la noche madrileña; ya lo veo intentando reservar la zona VIP para su primer cumpleaños y discutiendo si el carrito del bebé cabe en la cabina del DJ.

—¡Por favor! —me reí imaginándome la escena—. Nada de llevar al niño a sus locales hasta que tenga, por lo menos, dieciocho años... o treinta.

—Piensa que entre uno queriendo que el niño sea el rey de la fiesta y el otro queriendo construirle un búnker de diseño escandinavo, vamos a tener un embarazo muy entretenido.

—¿Cómo reaccionará Liam? —pregunté preocupada.

—Liam va a entrar en shock; todavía me ve como el hermano mayor que le robaba los mandos de la consola, no se imagina que voy a tener a alguien que me los robe a mí.

Se va a poner en modo “tío consentidor” en tres segundos, ya lo verás.

Y a ti… creo que aún no lo conoces en modo protector supremo. Dejará de ser tu mejor amigo.

—Imposible —dije.

Ambos reímos, dejando atrás la casa de sus padres para dirigirnos al encuentro de nuestros amigos, con el corazón latiendo fuerte y la sensación de que, pasara lo que pasara, el “equipo” ya estaba listo para el siguiente capítulo.

—Hombre, ¡si está aquí el matrimonio que no se deja ver! —exclamó Liam en cuanto cruzamos el umbral de casa de Cami.

—La vuelta a la rutina ha sido demasiado —respondí con una sonrisa cansada, acercándome para darle un beso a mis tres amigos. Saludé a Adriana con un abrazo cálido y a Cami, que ya correteaba de un lado a otro.

—No sabía que vendrías, James —dijo Cami, un poco sorprendida.

—Pensé que era una reunión para todos —contesté con calma, como si no hubiera orquestado todo el plan para reunir a nuestra guardia pretoriana en un solo lugar.

—Por supuesto, las reuniones todos juntos son mejores —añadió Adri, devolviéndome el abrazo.

—Eric y Enzo vienen de camino —soltó James como quien no quiere la cosa.

—¿Ellos también vienen? —Cami se quedó estática un segundo.

Noté algo extraño en su reacción, una especie de nerviosismo que no encajaba con el hecho de recibir a sus amigos. La cogí del brazo y la aparté un poco del grupo.

—¿Pasa algo? —le pregunté en un susurro.

—No, nada... es que no sé si tengo suficiente comida para todos —respondió ella, evitando mi mirada.

—No te preocupes por eso, Cami —le dije, frunciendo el ceño—. Pedimos algo para cenar y listo. Lo importante es estar juntos.

—Claro, venga, sentaos en el salón.

Efectivamente, Cami había preparado unos platos maravillosos; como anfitriona no le gana nadie. Yo, que a veces olvido hasta pasar por el súper, miraba la mesa con envidia sana. Nos acomodamos e, inevitablemente, salió el tema de la luna de miel.

—Probé unas exquisiteces en Grecia, ¡Dios! —les contaba, gesticulando con las manos—. Estaban increíbles. Y el té de la montaña... cada día de nuestra luna de miel me tomé uno. Tenía un sabor tan puro, tan relajante.

—Dicen que está riquísimo, me encantaría probarlo. Sentí envidia cuando enviaste la foto —comentó Cami con un suspiro.

—Siguiente viaje: todos juntos a Grecia —sentenció Adri, brindando con su copa de vino. Yo levanté mi copa de agua y choqué con ella, intentando que no se notara su contenido.

De repente, llamaron a la puerta. James se ofreció a abrir de inmediato. Entraron Eric y Enzo, repartiendo saludos y bromas por doquier.

—Qué bonita casa, Cami —comentó Enzo, echando un vistazo profesional al espacio.

Tras las típicas conversaciones iniciales poniéndonos al día de todo y, como aún era temprano, Liam, fiel a su estilo, propuso jugar a algo antes de cenar.

—¿Qué os parece mímica? —sugirió Liam, sacando su móvil—. Es rápido y el móvil nos dice la palabra a adivinar. ¡Venga!

—Me parece bien —dijo James, guiñándome un ojo.

Ese guiño fue la señal. No habíamos hablado de cómo soltar la bomba de nuestra “lentejita”, pero la mímica me dio la solución perfecta en bandeja de plata.

Decidieron que jugaríamos al típico “Chicos contra Chicas” (Liam se unió a nuestro equipo).

—Un momento, antes tengo que ir al baño —anunció Enzo, levantándose.

—Primera puerta a la izquierda —respondió Eric automáticamente, sin levantar la vista de su móvil—. Os vamos a reventar, soy muy bueno en esto —continuó Eric, muy seguro de sí mismo.

Adri y yo nos quedamos paralizadas. Nos miramos fijamente, y en sus ojos vi exactamente la misma pregunta que yo me estaba haciendo: ¿Primera puerta a la izquierda?

¿Perdón? ¿Desde cuándo Eric conoce la distribución exacta de la casa de Cami tan bien como para dar indicaciones sin pensar?

Cami, que de repente parecía muy interesada en recoger unas migas inexistentes de la mesa, se puso roja como un tomate.

Definitivamente, Cami tiene muchas cosas que contarnos...

pero antes, me tocaba a mí jugar mi carta.

James me miraba desde el otro lado del salón, esperando a que empezara el juego para revelar que nuestra familia estaba a punto de crecer.

La energía en el salón de Cami era eléctrica. Estábamos todos amontonados, con la adrenalina del juego borrando por un momento cualquier rastro de cansancio o náuseas. Me acomodé en el sofá, intentando ignorar la mirada de complicidad que me lanzaba James desde el equipo contrario.

—¡Venga, Cami! ¡Tú puedes! —gritó Liam, que estaba entregado como siempre—. ¡Demuéstrales quién manda!

Cami se levantó decidida y miró el móvil. Tenía treinta segundos para que adivináramos la frase.

—¡Tiempo! —exclamó Enzo.

Cami empezó a hacer unos gestos erráticos. Se señalaba la cabeza, luego agitaba los brazos como si estuviera espantando moscas y terminaba haciendo algo parecido a una pirueta fallida. Adri y yo nos miramos totalmente perdidas.

—¡Un borracho! —soltó Liam a pleno pulmón—. ¡Un ventilador roto! ¡Cami, pareces un mimo con un ataque de ansiedad!

Los chicos se partían de la risa. Eric estaba doblado sobre la mesa, señalándola con el dedo mientras se carcajeaba. Los gestos de Cami eran, siendo generosos, incomprensibles. Se desesperaba, nos señalaba el reloj y volvía a repetir ese movimiento de brazos extraño.

—¡Cinco segundos! —cantó Enzo, disfrutando de nuestro fracaso—. Tres... dos...

—¡Bailando bajo la lluvia! —solté en el último suspiro, justo cuando el cronómetro llegaba a cero.

—¡SÍÍÍÍ! —chilló Cami y Adri, Liam y yo nos abrazamos saltando como si hubiéramos ganado el mundial.

—¡Ni de broma! —protestó Eric, recuperando el aire—. ¡Eso ha estado fuera de tiempo! ¡Ha sonado el pitido antes de que Mía abriera la boca!

—¡De eso nada, Eric! —le rebatí, muerta de risa—. Ha entrado, lo he dicho antes de que el móvil vibrara.