Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 8 JAMES
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CAPÍTULO 8 JAMES

El viernes me desperté antes de que sonara la alarma. Mi cerebro parecía haber estado procesando datos toda la noche a una velocidad de vértigo. Me quedé inmóvil, dejando que mis ojos se acostumbraran a la penumbra de la habitación, hasta que finalmente me giré hacia mi derecha. Allí estaba ella.

Me quedé contemplando a Mía mientras dormía.

Su cabello rubio estaba esparcido sobre la almohada como hilos de oro desordenados por la batalla del día anterior.

Siempre me ha fascinado verla así, en silencio, porque despierta es un torbellino que no da tregua.

Mía es la mujer que le dio luz a mi vida con sus directas e indirectas sin miramientos, la que me desarma con una rigidez profesional que solo oculta una sensibilidad capaz de desequilibrarme con un solo gesto.

Ella es mi caos favorito, la única persona capaz de hacer que un abogado acostumbrado a tener el control de cada palabra se quede sin argumentos.

Pero hoy, mirarla es diferente. Hay una capa nueva de significado en el suave subir y bajar de su pecho. Ya no solo es mi mujer, mi socia de vida, mi amante y mi mejor defensa. Ahora es la mujer que iba a hacerme padre.

Mía me había dado algo que yo ni siquiera sabía que buscaba: un propósito que va más allá de ganar un juicio o expandir una empresa.

Sentí una presión en el pecho, una mezcla de orgullo feroz y una vulnerabilidad que me asustaba y me encantaba a partes iguales.

Me di cuenta de que mi concepto de “éxito” había cambiado radicalmente hace apenas tres días.

Ya no se trataba de la oficina en Málaga —aunque seguía siendo un reto que me apasionaba—, sino de que ella estuviera bien, de que ese corazón que oímos siguiera latiendo con fuerza, de que el pasado de Diego Beltrán no rozara ni un solo pelo de su cabeza.

Me acerqué un poco más, con cuidado de no despertarla, y apoyé la mano muy suavemente sobre el edredón, a la altura de su vientre.

—Hola, pequeño —dije en un susurro, sintiéndome extrañamente ridículo y conmovido al mismo tiempo—. No tienes ni idea de la madre que te ha tocado. Es testaruda, brillante y un poco mandona, pero te va a querer más que a su propia vida. Y yo... bueno, yo voy a ser el muro que os proteja de todo.

Me sentí increíblemente afortunado. La vida me había dado a la mujer más increíble del mundo y ahora, en un giro de guion que ni el mejor guionista habría previsto, nos regalaba una razón para ser mejores. Me quedé allí, guardando ese momento de paz absoluta en mi memoria.

Un beso suave en su hombro fue mi forma de darle los buenos días al futuro.

—Te quiero, Mía —susurré, mientras ella empezaba a removerse entre las sábanas—. No tienes idea de cuánto.

Mía empezó a removerse bajo las sábanas, soltando un pequeño suspiro que me indicó que el mundo real estaba a punto de reclamarla.

Abrió los ojos poco a poco, parpadeando contra la claridad que se colaba por las cortinas, y cuando su mirada se encontró con la mía, una sonrisa perezosa y dulce iluminó su rostro.

—Buenos días —susurró con la voz ronca por el sueño. Se estiró como un gato, se acercó a mí y me plantó un beso cálido en los labios—. Yo también te quiero, James.

Mi subconsciente se alarmó gritando ¡Tierra trágame!

Espero que no haya oído la parafernalia que le había dicho segundos antes a su vientre.

Con su cercanía sentí que mi resolución flaqueaba por un segundo.

Era el chantaje emocional más perfecto del mundo, ejecutado por una profesional. Pero me mantuve firme.

—Ni lo intentes, Mía Beltrán —le dije, intentando sonar severo aunque se me escapaba una sonrisa—. No me chantajees con palabras bonitas ni con esos ojos, recuerda tu nueva rutina diaria.

Ella frunció el ceño, todavía medio dormida, y se apoyó en el codo.

—¿Rutina? ¿Qué rutina?

Me levanté de la cama con una energía que ella claramente no compartía.

—La rutina que dicta el Dr. Mendoza y que yo, como tu gestor de salud personal, voy a supervisar —declaré—. Paso número uno: zumo de naranja natural recién exprimido. Paso número dos: pastilla de hierro. Paso número tres: ácido fólico. Todo eso, ahora mismo, ¿recuerdas?

Mía se quedó mirándome un segundo, procesando la lista de tareas. Luego, sin decir una palabra, agarró la almohada y se la puso sobre la cara, soltando un gemido de desesperación ahogado por las plumas.

—Dios mío... la que me espera contigo —se escuchó desde debajo de la almohada.

Me eché a reír y me senté en el borde de la cama, dándole un par de palmaditas cariñosas en el brazo cubierto por el edredón.

—No lo sabes bien, nena. Esto es solo el principio. Después del zumo vienen los dos litros y medio de agua, las lentejas con limón para almorzar y el control exhaustivo de tus niveles de estrés. Así que, arriba.

Escuché otro gruñido bajo la almohada, pero sabía que acabaría cediendo. Estaba siendo un pesado, sí, pero verla allí, quejándose con esa energía recobrada, era el mejor regalo que podía tener después del susto.

Bajé a la cocina y me puse a exprimir las naranjas con una dedicación casi religiosa, como los días anteriores.

Quería que todo fuera perfecto. Cuando Mía apareció por la puerta de la cocina, arrastrando los pies y con el pelo hecho un desastre adorable, ya tenía todo el arsenal preparado sobre la encimera.

—Aquí tienes —le dije, ofreciéndole el zumo—. Tómate el hierro primero. Recuerda: nada de café ni lácteos en una hora.

Ella me miró con una mezcla de amor y ganas de lanzarme el exprimidor a la cabeza. Se tomó la medicación, bebió el zumo de un trago y puso una mueca por el sabor metálico que ya empezaba a notar.

—Eres un dictador, Bernard —sentenció, aunque se acercó para rodearme la cintura con los brazos.

Entramos en el bufete intentando mantener la compostura, como habíamos hecho los días anteriores, pero era una batalla perdida.

Llevábamos una sonrisa tatuada en la cara desde el martes y, sinceramente, creo que hasta las paredes del pasillo notaban que el aire era distinto.

Yo estaba eufórico; tenía ganas de subirme a la mesa de juntas y gritar que iba a ser padre, pero me obligué a recordar que íbamos paso a paso.

Nada más llegar, llamé a mi despacho a Almudena y Kai. No iba a dejar pasarlo más. Son dos de nuestros mejores abogados, y sabía que el caso de Diego Beltrán no podía estar en mejores manos.

—A partir de hoy, vosotros ejercéis la dirección letrada del caso Beltrán —les dije, cruzándome de brazos mientras ellos tomaban notas—.

Yo supervisaré todo, pero quiero que Mía quede totalmente al margen.

Está bajo mucho estrés, necesita bajar el ritmo y no está preparada para escuchar ni una palabra sobre ese hombre.

Ni una filtración, ni un comentario en el pasillo. ¿Entendido?

Lo entendieron perfectamente.

Al final de la mañana, me pasé por su despacho. La vi concentrada, como era habitual, con fluorescentes y papeles desperdigados por su mesa.

—¿Cómo ha ido tu mañana, nena? —le pregunté, apoyándome en el marco de la puerta.

—Bien —me contestó levantando la vista, y me sorprendió su respuesta—. Le he dicho a María que me ayude con un par de casos y que vaya haciendo el esqueleto de los escritos; yo los revisaré después y les daré mi toque personal.

Me quedé impresionado. Mía delegando era algo que merecía una placa conmemorativa en la entrada del edificio.

—Me alegro mucho. De verdad, estoy muy orgulloso de ti —le dije.

Mía me miró con esa chispa de picardía que tanto me gusta, entornando los ojos mientras se recostaba en su silla de cuero.

—No te acostumbres, Bernard —soltó con una sonrisita—.

Solo lo hago para que dejes de mirarme con esa cara de “perro pastor” vigilando a su oveja favorita.

Además, si delego el trabajo sucio, tendré más energía para pensar en cómo vengarme de ti por ese zumo de naranja amargo que me has obligado a tragar esta mañana.

Solté una carcajada que resonó en todo el despacho. Esa era mi mujer.

—Aceptaré cualquier castigo con tal de que te tomes ese hierro, que ya veo que te está haciendo efecto —le respondí, acercándome para darle un beso rápido—.

Pero ahora, guarda eso. Tenemos una cita importante.

Mis padres nos esperan y creo que mamá ya tiene el menú “anti-salmón” preparado.

¿Estás lista para ver la cara de tus suegros cuando les digamos que el “incidente del salmón” era en realidad su futuro nieto?

Aparqué el coche frente a la casa de mis padres y me quedé un segundo mirando a Mía. Tenía las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos.

—Tranquila, ¿vale? —le dije, poniendo mi mano sobre las suyas.

—Dios, James... ¿cómo se lo tomarán? —susurró ella, mirándome con ojos cargados de una mezcla de terror y esperanza.

—¿En serio, Mía? —solté una pequeña carcajada—. ¿No recuerdas a mi padre pidiendo nietos para que corran por su jardín?

—Lo sé, pero del dicho al hecho... Ahora que está jubilado, lo mismo lo que quiere es tranquilidad y no un bebé llorando.

—Créeme, ahora que tiene tiempo libre es cuando más va a disfrutar haciendo de abuelo consentidor. Vamos, entremos.

Nada más abrir la puerta, mi madre nos recibió con ese calor que solo ella sabe dar. Los abrazos duraron más de lo habitual.

—¿Cómo estás, Mía? —preguntó mi madre, escudriñando su rostro—. Me dijo Manuel que te habías encontrado mal.

—Mejor —respondió Mía con una sonrisa que me pareció la mejor actuación de su carrera—. Me vio el médico, tengo un poco de anemia, pero está todo controlado.

—Pues te he preparado un menú riquísimo, para chuparse los dedos —anunció mi madre con orgullo mientras nos dirigíamos al comedor.

Al sentarnos a la mesa, sentí que empezaba la tortura para mi mujer.

Delante de nosotros había un despliegue de entremeses digno de una boda: jamón ibérico del bueno, caña de lomo, queso curado...

todas esas cosas que ahora mismo son “fruta prohibida” para ella.

Dirigí mi mirada a Mía y vi cómo miraba el plato de jamón con una mezcla de deseo infinito y contención heroica.

Le apreté la mano por debajo de la mesa; no podíamos alargar esto mucho más o iba a desfallecer por el antojo.

Entonces, llegó el momento del vino. Mi madre sacó una botella de un vino blanco excelente y empezó a servir la copa de Mía.

—No, espera —dijo ella rápido, casi saltando del asiento—. Primero quiero beber agua, que estoy sedienta. El calor de hoy me ha dejado seca.

—Sí, me lo ha dicho en el coche —intervine yo, tratando de no carcajearme al ver cómo mi madre le ponía el vaso de agua y dejaba la copa de vino llena justo al lado, esperando su turno.

Mía bebió el agua como si viniera de cruzar el desierto. Yo sabía que estaba a punto de explotar; la mecha de su paciencia se estaba acabando y la “bomba” de la noticia estaba a punto de detonar.

Aproveché un momento de silencio entre comentarios sobre el tiempo y la jubilación de mi padre para lanzar el anzuelo. Mi padre, como buen abogado retirado, siempre tiene hambre de “casos curiosos”.

—Oye, papá —comencé, adoptando mi tono más profesional—, nos ha llegado un caso nuevo al despacho bastante enrevesado. Quería saber tu opinión.

Mía me miró sin comprender a qué venía hablar de trabajo en ese momento. Su mirada irradiaba furia y me gritaba: “¡James, no es el momento de hablar de trabajo!” .

—¿Ah, sí? Cuéntame —dijo mi padre, dejando los cubiertos y prestando toda su atención.

—Nos han consultado por un tema de una okupación inminente —expliqué, manteniendo la cara seria—. Al parecer, alguien ha decidido instalarse en una casa en unos meses y dice que no piensa pagar ni un euro de alquiler. Es más, pretende que los dueños le costeen todos los gastos.

Mi padre frunció el ceño, recuperando su instinto de socio director.

—Bueno, eso así de entrada es jurídicamente inviable, James. Sin contrato ni título, se le desahucia por precario en un momento. No tiene base legal alguna.

—Pues nosotros lo hemos estudiado a fondo —repliqué, mirando a Mía para que entrara en el juego— y creemos que es totalmente viable. De hecho, no va a haber juez en toda España que lo saque de allí en mucho tiempo.

—¿Pero cómo va a ser viable? —mi padre se echó hacia atrás, indignado—. ¿Me voy del despacho y habéis perdido el norte o qué? ¿Mía, tú qué opinas?

Mía, que ya había captado por dónde iba, sonrió con una dulzura que iluminó la habitación.

—James tiene razón, Manuel. No podemos hacer nada. Es un caso perdido para la propiedad.

—Contadme todo el caso porque no lo entiendo —insistió mi padre, mirando de uno a otro.

Me incliné hacia delante, bajando la voz como si revelara un secreto de Estado.

—Los dueños de la casa sois vosotros, papá. Y el “okupa” tiene previsto llegar en abril... porque es vuestro nieto.

—¡Vais a ser abuelos! —exclamó Mía, sin poder aguantar más.

El silencio que siguió fue absoluto, pero solo duró un segundo. El estruendo de alegría que vino después fue el mejor juicio que hemos ganado en nuestra vida.