Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 7 MÍA #3
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CAPÍTULO 7 MÍA #3

Sus besos subieron hasta mis labios, sellando nuestra unión, nuestra victoria sobre el pasado y la bienvenida a nuestro futuro.

Hicimos el amor allí mismo, en el salón, bajo la luz tenue de la tarde que se iba, culminando un día que había empezado en la oscuridad de una celda y terminaba en la luz más brillante de nuestras vidas.

En cada caricia, en cada suspiro, sentía que nos estábamos curando, preparándonos para la aventura más increíble que jamás habíamos soñado.

Tras nuestro encuentro, nos quedamos acurrucados bajo esa manta de lana que siempre tenemos guardada en el reposabrazos del sofá.

El salón estaba en penumbra, solo iluminado por la luz tenue de la cocina, y el silencio era absoluto, roto únicamente por nuestras respiraciones, que aún intentaban recuperar el ritmo.

Fue una sensación extraña y hermosa; nuestra primera vez sabiendo que, en realidad, éramos tres. Sentía una conexión con James que nunca antes había experimentado, como si un hilo invisible nos hubiera atado de forma definitiva a través de esa pequeña vida de 2,7 centímetros.

Cuando por fin nos tranquilizamos, James me acarició el brazo y me preguntó con voz suave:

—¿Qué te apetece para cenar, cariño?

—Sinceramente, James, nada especial —respondí, sintiendo un leve mareo—. Tengo bastante asco a todo ahora mismo.

—¿Te preparo un poco de lubina al horno? Es ligera y te sentará bien.

—Vale —asentí, incorporándome—. Voy contigo y preparo una ensalada. Necesito moverme un poco.

Estábamos en la cocina, James sazonando el pescado con una precisión casi quirúrgica y yo cortando tomates, cuando de repente me quedé con el cuchillo suspendido en el aire.

—¡Mierda! —exclamé.

—¿Qué pasa? ¿Te has cortado? —James dejó la bandeja y se acercó a mí preocupado.

—No, no... es que me acabo de acordar. El viernes he quedado con las chicas y tu hermano, ¿recuerdas? ¿Lo vamos a contar ya?

James se quedó petrificado, procesando la información.

—¡Hostias! No había pensado en eso. Mis padres deberían ser los primeros en saberlo. Tampoco se lo puedes contar a ellos antes que Eric y Enzo. Deben enterarse al mismo tiempo. ¿Cómo lo hacemos? —me preguntó.

—Pues... se lo decimos a nuestros amigos otro día y ya está —propuse.

James se apoyó en la encimera y me miró con una ceja levantada, esa expresión que usa cuando sabe que estoy diciendo una tontería.

—¿De verdad crees que no se te va a escapar nada?

—Creo que soy capaz de guardar un secreto, James. Soy abogada, vivo de la confidencialidad.

—Que eres capaz, estoy seguro —rio él—. La cuestión es... ¿qué les dirás cuando no pruebes ni una gota de vino? ¿Qué excusa pondrás para no comer embutido? ¿Mirarás la etiqueta del queso para saber que está pasteurizado? ¿Y si tienes que salir corriendo al baño a vomitar?

Mi cara se fue descomponiendo con cada comentario. Ahora había muchas cosas que no podía comer. ¿Y qué diantres significaba que el queso tenía que estar pasteurizado? ¡Me encanta el queso! ¡Y el jamón! James tenía razón.

—Es cierto... lo van a descubrir. Sobre todo Cami; esa mujer tiene un radar para estas cosas, no se le escapa una, además, es adicta al jamón y siempre tiene en casa.

—¿Habéis quedado en su casa? —preguntó James, empezando a trazar un plan en su cabeza.

—Sí.

—Vale, tengo una idea. Puedo decirle a Eric y Enzo que vayan y nos presentamos allí los tres. Les damos la noticia a todos juntos y nos ahorramos las mentiras.

—¿Y tus padres? —pregunté.

—Les puedo decir si quieren almorzar con nosotros —James dudó un segundo—.

Aunque bueno, después de lo de hoy, que he dejado a mi padre plantado en la reunión sobre la nueva sede de Málaga, creo que estará deseando verme para pedirme explicaciones.

Verá el almuerzo como la oportunidad perfecta para tratar el tema.

En ese preciso momento, un sonido agudo rasgó el aire de la cocina. ¡Ping! James cogió el móvil de la encimera. Al leer el mensaje, una sonrisa ladeada apareció en su rostro.

—No ha hecho falta ni que les llame —dijo, girando la pantalla hacia mí—.

Mi madre acaba de escribir. Dice que quiere vernos, que se sintió muy mal la última vez por el incidente del salmón y que si nos apetece almorzar con ellos este fin de semana...

recalca que “sin nada de salmón”. Les diré que tenemos el fin de semana completo, que el único hueco que tenemos es el viernes al mediodía.

No pude evitar soltar una carcajada.

—Si ella supiera que el salmón era el menor de mis problemas...

James se rio conmigo y me abrazó por la cintura, pegando su frente a la mía.

—Pues decidido. Almorzamos con ellos, les damos el notición, y luego nos vamos a casa de Cami a celebrarlo con el resto.

Todo estaba en marcha. La noticia iba a salir a la luz y a mí me estaban entrando unos nervios eléctricos de solo pensar en la reacción de todos.

Eric, Enzo, Cami, Liam, Adri... el viernes nuestra vida cambiaría oficialmente ante los ojos de las personas que más queríamos.

Lo que no sabía era cómo iba a aguantar sin decirle nada a nadie estos tres próximos días.

—El viernes va a ser un día muy largo —susurré contra sus labios.

—Pero uno muy feliz —confirmó James.