Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 7 MÍA #2
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CAPÍTULO 7 MÍA #2

—Tendremos una analítica de control en un mes para ver si la hemoglobina sube.

Si no es así, tendremos que ponerte el hierro intravenoso aquí en el hospital.

Y por supuesto, marcad en el calendario la ecografía de las 20 semanas; es la cita más importante para la morfología del bebé.

Te la programaré para el día… —el doctor miró su agenda e hizo cálculos— 1 de diciembre.

Me quedé mirando la cartilla de embarazo, procesando que mi vida acababa de dar un giro de 180 grados en apenas unas horas.

—¡Enhorabuena! Disfrutad la noticia —concluyó el doctor con una media sonrisa.

Salimos de la consulta de la mano. Yo todavía sentía el eco del “bum, bum” en mis oídos.

Tenía anemia, tenía un padre que era un monstruo y un trabajo que me absorbía la vida...

pero también tenía un futuro de 2,7 centímetros creciendo dentro de mí y a un hombre que no iba a soltarme la mano ni un segundo.

James me miró antes de subir al coche, me dio un abrazo tan intenso que casi me corta la respiración, me besó la frente y puso su mano sobre mi vientre.

—No puedo creer que vayamos a ser padres —me dijo emocionado.

—Nunca imaginé que el día de hoy acabaría así —respondí, y era la verdad más absoluta.

Había salido de prisión sintiéndome una hija abandonada y no querida y, ahora, volvía sabiendo que yo nunca haría lo mismo—.

Hace unas horas sentía que el pasado me estaba asfixiando, James.

La carta, la cárcel, la verdad de todo...

sentía que Diego Beltrán volvía a ganar.

James se inclinó hacia mí, acortando la poca distancia que nos separaba.

—Nuestro hijo, desde el vientre, te ha ayudado a sobrellevar eso regalándonos su existencia en el momento justo —susurró, mirándome con una ternura que me desarmó—. Ha sido como si él supiera que necesitabas una razón poderosa para mandar a ese hombre al infierno de una vez por todas.

Me quedé sin palabras. Sus palabras eran el bálsamo perfecto para las heridas que Diego había intentado reabrir. El bebé no era un error, ni un estorbo, ni un secreto sucio. Era nuestra victoria.

—Vamos a casa —concluyó James, dándole un beso suave a mi mano antes de arrancar el motor.

Mientras salíamos del parking del hospital, me acomodé en el asiento y cerré los ojos. El dolor de vientre seguía ahí, pero ahora tenía un nombre y un propósito. De camino a casa, el paisaje de Madrid me parecía distinto; más brillante, más lleno de vida.

James conducía con una precaución casi cómica, evitando cada bache como si lleváramos cristal fino en el maletero.

No pude evitar sonreír. Mi vida ya no era un desastre, como le había dicho antes.

Mi vida estaba empezando de verdad, y por primera vez en mucho tiempo, el futuro no me daba miedo.

Tenía una misión: cuidarme, tomarme ese dichoso hierro con zumo de naranja y darle a este bebé la familia que yo nunca tuve.

Antes de llegar a casa, nos detuvimos en una farmacia.

James bajó casi antes de que el coche se detuviera por completo, como si el hierro fuera el elixir de la vida eterna.

Al volver, traía una bolsa pequeña que contenía mi nuevo compromiso con la salud junto a mi nuevo amigo inseparable: el ácido fólico.

Cuando por fin entramos en casa, el silencio del recibidor me envolvió como un abrazo.

Subí directa a la habitación; necesitaba quitarme la ropa de “abogada guerrera” y ponerme algo que me hiciera sentir cómoda.

Me puse un conjunto de algodón suave y bajé descalza, sintiendo el tacto de la madera bajo mis pies.

James me estaba esperando en el salón con un vaso de agua en una mano y las dos pastillas en la otra.

—Tómatelas hoy ya —me dijo con una suavidad que me desarmó—. Mañana empezamos con el ritual del ayuno y el zumo de naranja, pero hoy necesitamos que esto empiece a correr por tus venas.

Hice lo que me dijo automáticamente. Me tragué los dos comprimidos y el agua fresca me alivió la garganta seca. James dejó el vaso y me tomó de las manos, obligándome a sentarme con él en el sofá.

—Tenemos que hablar, Mía.

—¿De qué? —pregunté, aunque sabía perfectamente por dónde venía.

—Quiero decirte que esto es lo más maravilloso que me ha pasado en la vida, después de conocerte —confesó, y vi cómo sus ojos se humedecían de nuevo—.

No era consciente de las ganas que tenía de tener un bebé contigo hasta que escuché ese latido.

Ahora que lo sé, no quiero que pase absolutamente nada.

Te voy a cuidar a ti y a ese pequeño con mi vida si hace falta.

—Ya lo haces, James —susurré, acariciando su mejilla.

—Pues lo haré más. Solo dime qué necesitas y lo haré. Y sobre eso… quiero decirte algo sobre tu padre que…

—Mi padre se acabó, James —le interrumpí con firmeza y, por primera vez en el día, con una paz absoluta—.

No voy a verlo nunca más. No quiero saber nada de él.

Todo lo relacionado con ese hombre me pone enferma; me va el corazón a mil y no voy a consentir que su veneno ponga en peligro a mi bebé.

A partir de ahora, Diego Beltrán no existe para mí.

James asintió, visiblemente aliviado.

—Y sobre eso, sí hay una cosa que quiero pedirte —continué.

—¿Quieres que retire la acusación? Porque si es lo que quieres, la retiro ahora mismo —dijo él, sin dudarlo ni un segundo.

—No. No quiero que retires nada. Quiero que se pudra en la cárcel.

No quiero que tengas ni un ápice de compasión con él, porque él no la tuvo con mi madre, ni conmigo, ni contigo.

Lo que quiero es que se lo des a otro. No quiero llevar el caso yo, no quiero leer su nombre en un expediente, ni escuchar noticias suyas nunca más.

—Hecho. Mañana mismo se lo paso a Cristian, Kai o Almudena, cualquiera de ellos disfrutará hundiendo a tu padre sin que tú tengas que mover un dedo. ¿Y sobre tu hermano?

Suspiré, bajando la mirada hacia mi vientre.

—No voy a buscar a nadie, al menos por el momento. No sé si él sabe que existo, pero ahora mismo mi única prioridad es este bebé. Necesito estar tranquila para que crezca bien.

—No sabes lo feliz que me hace escucharte hablar así —James soltó una carcajada corta y me abrazó—. Aquí está Mía Beltrán, la implacable que lleva el control de todo.

—Oye, no creas que con todo lo que te he dicho me voy a quedar en casa tejiendo patucos, porque me volvería loca —le advertí, dándole un toquecito en el pecho—.

Voy a seguir trabajando. El proyecto de la sede en Málaga me fascina y no pienso soltarlo, pero te prometo que me lo tomaré con más calma y… pediré ayuda.

James se quedó congelado, mirándome con los ojos como platos.

—¿Mía Beltrán va a pedir ayuda? Que alguien me pellizque… ¡rápido! ¿Se ha acabado el mundo y no me he enterado? —bromeó, fingiendo buscar una cámara oculta.

—No te pases de listo, Bernard —me reí, dándole un empujón cariñoso—. Solo digo que aceptaré que me traigas el zumo de naranja y quizás que algún compañero de despacho redacte los borradores más pesados.

—¡Oh, qué generosa! —siguió él, tirándose hacia atrás en el sofá—. Mañana llamaré al Vaticano para informar de este milagro. La gran Mía, delegando. ¿Qué será lo próximo? ¿Dejar que yo elija la serie de Netflix?

—No tientes a la suerte —le solté, lanzándole un cojín a la cara.

Él lo atrapó en el aire, riendo a carcajadas, y me atrajo hacia él con un movimiento rápido. El ambiente se volvió cálido, el humor dejó paso a una tensión mucho más dulce y profunda. James empezó a besarme el cuello, recorriendo mi piel con lentitud.

—Te he echado de menos —susurró contra mi oído.

—¡Pero si llevamos todo el día juntos! —respondí, aunque mi respiración ya empezaba a fallar.

—Pero no de la forma en la que me gusta tenerte.