Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 7 MÍA
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CAPÍTULO 7 MÍA

Las palabras del Dr. Mendoza quedaron suspendidas en el aire, vibrando como una frecuencia que mi cerebro se negaba a sintonizar.

¿Embarazada? No podía ser. No ahora. Mi vida era un campo de batalla recién arado, con Diego Beltrán intentando prenderle fuego desde la cárcel.

No estaba preparada para afrontar eso. No estaba preparada para ser madre.

Automáticamente, casi por un instinto primario que desconocía poseer, me llevé la mano al vientre.

Un bebé. Una vida propia, real, creciendo en medio del caos.

James y yo nos miramos. El asombro en sus ojos era un espejo del mío, pero en él también vi una pizca de ese desasosiego que te da el entender que el control es una ilusión.

—No puede ser —dije, con la voz firme pero cargada de incredulidad—. Me he tomado todo este tiempo las pastillas anticonceptivas. No he fallado ni un solo día, ¿cómo voy a estar embarazada de nueve semanas?

Al Dr. Mendoza se le cambió la cara por completo. La calidez del “enhorabuena” se evaporó, dejando paso a una máscara de rigor clínico.

—Mía, ¿cuándo han sido tus últimas dos reglas? —preguntó, inclinándose hacia delante.

—Pues... a mitad de julio —respondí, tratando de hacer memoria entre la bruma—. En agosto tuve la regla también. Y ahora, que es cuando me está por llegar y por eso me siento así de mal.

—¿Y durante todo este tiempo te has estado tomando las pastillas anticonceptivas?

—Por supuesto. No he dejado de tomarlas en ningún momento.

El doctor suspiró y se levantó de su asiento con una urgencia que me erizó el vello de los brazos.

—Necesitamos realizarte una ecografía transvaginal urgente para confirmación de viabilidad, localización y tiempo gestacional.

Me quedé helada. ¿Viabilidad? ¿Localización?

No había terminado de procesar que un ser humano estaba habitando mi cuerpo y ahora me soltaba que debía comprobar si ese embarazo era “viable”.

Sentí una oleada de rabia mezclada con pánico.

¿Esto era una broma? ¿Se estaban riendo de mí?

James debió pensar lo mismo, porque su rostro pasó del asombro a la incredulidad y al desasosiego en milésimas de segundo.

—Por favor, doctor —intervino James, con ese tono de abogado que exige claridad en un interrogatorio—, explíquenos más brevemente qué está pasando porque creo que no hemos entendido nada.

Nos casamos en julio, Mía tuvo la regla.

Nos fuimos de luna de miel, en agosto tuvo la regla de nuevo.

Ahora le está por bajar y toma anticonceptivos. Es imposible lo que nos está contando.

El doctor nos miró con gravedad.

—Los niveles de hCG no mienten, James. Con esos niveles estaría de unas nueve semanas.

El último sangrado podría ser el sangrado de implantación.

Pero el hecho de que Mía haya seguido tomando la píldora es una señal de alerta.

Puede haber causado un embarazo ectópico.

Esto ocurre cuando el óvulo fertilizado se implanta fuera del útero, generalmente en las trompas de Falopio.

No es un embarazo que pueda llegar a término y, lo que es peor, es una emergencia médica; si la trompa se rompe, puede causar una hemorragia interna… mortal.

No hubo tiempo para más preguntas. Automáticamente, seguimos al Dr. Mendoza por el pasillo sin articular palabra. Caminábamos en otra dimensión, en un limbo donde el tiempo se había vuelto elástico y pegajoso. Yo no sentía el suelo bajo mis pies.

Seguí al pie de la letra todas las indicaciones.

Me quité el pantalón y la ropa interior con movimientos mecánicos, sintiéndome pequeña y expuesta.

Me subí a la camilla ginecológica y apoyé los talones en el frío metal de los estribos.

La enfermera me cubrió con una sábana blanca, pero el frío ya se me había metido dentro.

El médico preparó el transductor, cubriéndolo con gel transparente, y giró el monitor hacia nosotros. James se colocó a mi lado, apretando mi mano con una fuerza que era lo único que me mantenía anclada a la realidad.

No sentí un dolor agudo, sino una intrusión fría y persistente.

Apreté los puños contra el papel crujiente de la camilla, que chirriaba con cada uno de mis movimientos.

Sentí la presión del transductor moviéndose en mi interior mientras el Dr. Mendoza buscaba en el monitor alguna señal de vida, algún punto de luz en ese mar de sombras grises y negras.

La verdadera agonía no era física. Era ese silencio médico.

Esos segundos eternos de incertidumbre donde mi futuro pendía de una imagen borrosa en blanco y negro.

Y lo más aterrador era mi propio conflicto interno: en ese momento de oscuridad, no sabía qué quería que viera el doctor.

No sabía si quería que me confirmara que estaba embarazada y todo estaba bien, o si deseaba que todo fuera un error, un mal sueño del que poder despertar para volver a mi vida, sin complicaciones añadidas.

—Un segundo... —murmuró el doctor, ajustando el contraste de la pantalla.

Contuve el aliento. James no dejaba de mirar el monitor, con los ojos fijos, como si intentara descifrar el destino en aquellos píxeles. El silencio era tan denso que podía oír los latidos de mi propio corazón martilleando en mis oídos.

De repente, el silencio clínico fue sepultado por un sonido rítmico, potente y veloz. Bum, bum; bum, bum.

El sonido de un corazón galopando llenó cada rincón de la sala.

No era un ruido mecánico; era el latido de mi bebé...

de nuestro bebé. En ese instante, todas las dudas y el miedo al pasado de mi padre se desvanecieron.

James me apretó la mano con una fuerza que casi dolía, pero no me importó.

Nos miramos a los ojos y, en medio de las lágrimas que empezaron a rodar sin control por mis mejillas, comprendí que esa era la única noticia que quería escuchar. Mi bebé estaba ahí.

—Ahí está vuestro pequeño —dijo el Dr. Mendoza, suavizando el tono—. La bolsa se ha formado perfectamente a pesar de no haber dejado los anticonceptivos y... —hizo unos ajustes en la pantalla, midiendo una pequeña mancha blanca que ahora parecía el centro del universo— mide 2,7 centímetros.

Me quedé hipnotizada viendo esa pequeña luz.

—Estás de nueve semanas y dos días —continuó—. Tu fecha probable de parto es el 24 de abril.

—Vamos a ser padres, Mía... no me lo puedo creer —susurró James.

Se le quebró la voz y empezó a llorar como nunca antes lo había visto. Su rostro era el mapa de la felicidad absoluta. Yo no pude hacer otra cosa que aferrarme a él, riendo y llorando a la vez, mientras el médico nos entregaba las primeras fotos de nuestra “lentejita”.

Tras la emoción inicial, pasamos de nuevo al despacho. El doctor me abrió la cartilla de embarazo, apuntando fechas, medidas y valores. Su expresión volvió a ser la de un profesional preocupado.

—Mía, debes cuidarte. Estás muy débil y ahora no solo eres tú. Debes seguir estas pautas a rajatabla —me dijo serio.

—No se preocupe, doctor —intervino James de inmediato, con su tono de “socio director”—. Las seguirá al pie de la letra.

Le dediqué una mirada de reojo que gritaba claramente: ¿Estás ejerciendo de padre conmigo o qué? Pero él ni se inmutó; ya estaba en modo protector nivel experto. El Dr. Mendoza comenzó a dictar la hoja de ruta:

—Bien, Mía, James —empezó el doctor con tono firme—.

Una vez pasada la sorpresa, tenemos que ponernos manos a la obra.

Mía, estás muy débil y ese desmayo ha sido un aviso serio de tu cuerpo.

No solo eres tú, ahora hay un bebé que demanda recursos que tú no tienes en reserva.

Así que, por favor, escuchadme bien porque estas pautas son innegociables.

El doctor le dio a imprimir y empezaron a salir varios folios con las pautas que nos fue entregando mientras nos la explicaba.

—Te voy a recetar un compuesto de hierro de alta absorción, un hierro sucrosomial. Debes tomarlo con el estómago vacío. Y para que tu cuerpo lo absorba de verdad, tienes que acompañarlo siempre de Vitamina C, lo ideal es un buen vaso de zumo de naranja natural.

—¿No puedo tomarlo con el desayuno normal? —pregunté.

—Prohibido —sentenció el doctor tajante—.

Tienes totalmente prohibido tomar la pastilla con leche, café o té.

El calcio de los lácteos y los taninos de las infusiones bloquean el hierro por completo; si lo haces así, la pastilla no servirá de nada y no queremos eso.

Debo advertirte, para que no te asustes: el hierro es pesado.

Es muy probable que tengas náuseas, un sabor metálico constante en la boca y estreñimiento.

Es un mal necesario, Mía. No dejes de tomarlo por eso; si los síntomas son insoportables, me llamas, pero no lo suspendas por tu cuenta.

—De acuerdo —confirmé.

—Por otro lado, no se trata de “comer por dos”, sino de comer calidad.

Quiero que priorices la proteína roja magra y las legumbres.

Las lentejas serán tus mejores amigas, pero siempre con un chorro de limón por lo que te he explicado de la Vitamina C.

Y sobre el agua —continuó mirando directamente a James—, James, encárgate de que beba al menos 2,5 litros al día.

La anemia hace que la sangre sea más “espesa”, por así decirlo, y la hidratación ayuda a que tu corazón, que ya va forzado por el embarazo y la falta de oxígeno, trabaje con menos esfuerzo.

—Los beberá —dijo James contundente y yo sabía que los bebería.

—Mía, nada de esfuerzos. Absolutamente ninguno. No puedes cargar bolsas de la compra, ni mover muebles, ni hacer ejercicio intenso. Tu corazón ya late más rápido de lo normal.

—¿Y el trabajo, doctor? —preguntó ella con preocupación—. Soy abogada, tengo juicios...

—Tienes que reducir el ritmo, es eso o… baja laboral. Necesitas relajarte, Mía. El mundo no se va a detener porque tú bajes una marcha.

—De acuerdo, bajaré el ritmo —dije segura de mí misma.

El doctor cerró la carpeta y nos miró seriamente.