CAPÍTULO 6 JAMES #2
—Cuéntame, Mía —dijo el médico, mirándola por encima de sus gafas con expresión amable—. ¿Qué te ocurre? ¿Cómo te sientes?
—Me tiene que venir la regla —empezó Mía, con esa voz cansada que me partía el alma—, así que estoy muy baja de fuerzas y con bastante dolor de ovarios. Además de que... bueno, por situaciones personales, he tenido unos días de mucho estrés.
El doctor asintió, revisando su historial clínico en la pantalla del ordenador.
—En tus últimos análisis, el hierro estaba dentro de los parámetros pero rozando el límite inferior —comentó—.
Tengo aquí apuntado que no viniste a recoger los resultados, por lo que no se te mandó ninguna medicación.
Vamos a repetirlos ahora mismo para ver si tienes algo de anemia y necesitas algún complemento vitamínico o hierro directamente, ¿de acuerdo?
Mía soltó un largo suspiro de resignación.
—Está bien —dije mirando hacia abajo. Era un desastre. Cada vez que venía al médico me echan la bronca.
—Perfecto. Tras la extracción de sangre, os llamaré en una hora aproximadamente para daros los resultados —concluyó el doctor mientras preparaba los volantes.
—Muchas gracias, doctor Mendoza —respondí yo, levantándome y ayudando a Mía a ponerse en pie—. Tomaremos algo en la cafetería mientras esperamos.
Caminamos por los pasillos impolutos hasta la cafetería del hospital. Necesitaba que Mía comiera algo sólido y yo... yo necesitaba un café cargado para procesar todo lo que me había contado en el coche.
—¿Qué quieres tomar? —le pregunté mientras buscábamos una mesa apartada—. Te vendría bien algo con azúcar, te veo todavía muy pálida.
Ella se dejó caer en la silla, apoyando la cabeza en su mano.
—Un zumo de naranja y quizás un sándwich... No tengo mucha hambre, James, pero sé que me lo vas a hacer comer igual.
—Me conoces bien —le guiñé un ojo—. No quiero que vuelvas a desmayarte y que tenga que cargarte en brazos otra vez ya que, aunque peses poco, mi espalda ya no tiene veinte años.
Ella sonrió por primera vez de forma genuina. Me quedé mirándola, admirando cómo, incluso después de haber sido arrollada emocionalmente por su padre, seguía manteniendo esa luz, esa luz que Diego Beltrán no iba a volver a robarle.
Mientras Mía se comía a pequeños bocados su sándwich —obligada por mi mirada de “no acepto un no por respuesta”—, yo sentía que el café doble que me estaba tomando me inyectaba la vida que el susto de verla en el suelo me había robado.
Aproveché ese momento de calma para explicarle a Mía cómo me había presentado en prisión.
Ella sabía que la reunión con mi padre era concerniente al plan de expansión nacional que estábamos llevando a cabo.
Sin embargo, en esa reunión no podía concentrarme, la tenía continuamente en la cabeza.
Mi padre, que me conoce mejor que nadie, solo tuvo que mirarme a la cara para decir: “Vete, James. El bufete no se va a hundir por una hora de tu ausencia, pero tu paz mental sí” . Y qué razón tenía.
Para intentar sacar a Mía del bucle mental sobre su padre, profundicé en el tema que nos había tenido ilusionados todo el verano: la sede de Málaga.
—Estaba terminando de cuadrar las fechas con mi padre antes de salir corriendo —le dije, apoyando los codos en la mesa—. Queremos que la sede en Málaga sea una realidad antes de que termine el año y nos quedan apenas tres meses, Mía.
A Mía le brillaron los ojos por un instante.
Recordaréis que fuimos a la casa de Eric en Sotogrande con nuestros amigos y Mía se quedó prendada de la ciudad, de esa mezcla de profesionalidad vibrante y la brisa del Mediterráneo.
Para un bufete de nuestro calibre, tener presencia en la Costa del Sol no era solo un lujo, era un movimiento estratégico necesario.
—Tres meses es poco tiempo para encontrar el local perfecto.
Tenemos varias zonas con mucha proyección transaccional como son las zona de la Malagueta, Marqués de Larios o en Marbella —comentó ella, empezando a recuperar su tono analítico de abogada—.
Hay que ver el tema de las contrataciones y si alguno de nuestros asociados sénior está dispuesto a trasladarse allí para arrancar el proyecto, además de la búsqueda de personal.
—Lo sé, pero si lo logramos, podríamos pasar parte del invierno allí. Imagínate, menos frío, el mar cerca... —Le apreté la mano suavemente—. Te vendría bien un cambio de aires de vez en cuando, lejos del estrés y la rutina de Madrid.
Estábamos debatiendo si era mejor un edificio histórico rehabilitado o una oficina moderna en la zona tecnológica cuando mi móvil vibró sobre la mesa. Número privado.
—¿Diga? —contesté rápido.
—James, soy el doctor Mendoza. Ya tengo los resultados de la analítica de Mía sobre mi mesa. Si podéis subir a la consulta ahora mismo, os recibo de inmediato.
Su tono era profesional, pero no pude evitar buscarle los matices. No parecía alarmado, pero tampoco era la típica llamada de “todo está perfecto”. Colgué y miré a Mía, que ya se estaba limpiando las migas del sándwich con una servilleta, visiblemente nerviosa.
—Ya están —anuncié, levantándome y ofreciéndole mi mano—. Vamos a ver qué dice ese hierro.
Caminamos por el pasillo del hospital en silencio.
El tema de Málaga quedó suspendido en el aire, reemplazado por la tensión de los resultados médicos.
Entramos en la consulta y el doctor nos indicó que nos sentáramos.
Tenía la pantalla del ordenador encendida y un par de papeles impresos que no paraba de ojear.
—Bueno —empezó el doctor, mirándonos a ambos—, ya tengo aquí los valores. Y tengo que decir que hay cosas que explican perfectamente ese desmayo y el agotamiento.
El doctor se acomodó las gafas y giró la pantalla hacia nosotros. Yo me incliné, tratando de descifrar aquel jeroglífico de números y siglas mientras el silencio en la consulta se volvía casi denso.
—Bien —empezó el doctor con tono pausado—, los resultados de la analítica son bastante claros.
Para empezar, tenemos el origen del cansancio.
La Hemoglobina, que es la proteína de los glóbulos rojos que transporta el oxígeno a tus músculos, está baja.
Tu valor es de 8 g/dL, cuando lo normal es que sea mayor de 11 g/dL.
Hizo una pausa y señaló otra línea en el informe.
—Además, hemos confirmado la causa de esa anemia: la Ferritina, que mide tus reservas de hierro, está en 13 ng/mL, cuando lo normal es tener más de 15 ng/mL.
Tienes las reservas bajo mínimos, Mía. Pero hay un tercer valor que es el más determinante de todos —el doctor señaló una cifra—. La Hormona hCG está en 90.000 mUI/ml.
Noté cómo Mía se tensaba a mi lado. Su mano, que aún sostenía la mía, empezó a temblar ligeramente. Ella miraba los papeles como si intentaran hablarle en un idioma prohibido.
—Por favor, doctor, no entiendo nada —dijo Mía con un hilo de voz, visiblemente abrumada—. Tengo anemia, el hierro bajo... entiendo que estoy enferma, pero no entiendo esos otros valores ¿qué significan?
Yo intervine, tratando de mantener la mente fría y buscando soluciones prácticas, aunque aquel número de la hormona hCG me estaba haciendo ruido en algún lugar de mi cerebro.
—Doctor, sea directo —le pedí, apretando la mano de mi mujer—. Explíquenos qué debe tomar. ¿Necesita suplementos de hierro? ¿Alguna medicación especial para subir esos valores de inmediato?
El doctor dejó de mirar la pantalla, se reclinó en su silla y nos dedicó una sonrisa que no tenía nada que ver con la frialdad de los datos clínicos. Fue una mirada cálida, de esas que dan las noticias que cambian vidas para siempre.
—Lo que Mía necesita es empezar a cuidarse por dos, James —dijo con suavidad—. ¡Enhorabuena! Mía, estás embarazada de unas nueve semanas.
El mundo se detuvo. Juro que escuché el eco de esas palabras rebotando en las paredes de la consulta mientras el tiempo se congelaba. Miré a Mía de inmediato. Ella se había quedado con la boca entreabierta y los ojos más abiertos aún.
¿Embarazada? ¿Un bebé? Aquellos meses de pasión, la luna de miel en Grecia... todo cobró un sentido repentino y arrollador. Las náuseas supuestamente por el salmón, el agotamiento extremo, el sueño repentino. No era solo el estrés. Era la vida abriéndose paso.
Me quedé sin palabras, sintiendo una mezcla de protección feroz y una alegría tan inmensa que casi no me cabía en el pecho. Estábamos esperando un hijo. El “as bajo la manga” de Diego Beltrán acababa de quedar reducido a cenizas frente a la noticia más importante de nuestra existencia.