CAPÍTULO 6 JAMES
La reunión en el despacho era de vital importancia, pero no podía concentrarme.
Las palabras de mi padre rebotaban en mi cabeza sin sentido, porque mis pensamientos estaban a kilómetros de allí, en nuestra cama, con Mía.
Sabía que debía volver. Ella me había dicho que se encontraba mal, que el cansancio y el dolor la tenían agotada, pero había algo más.
Ese maldito sexto sentido, que se activa en mí cada vez que algo amenaza a mi mujer, me estaba gritando que no era solo un malestar físico.
Y menos mal que le hice caso a mi instinto.
Llegué a casa con el corazón apretado. Entré llamándola, esperando encontrarla dormida, pero el silencio que me recibió fue sepulcral.
Recorrí la planta de abajo, luego subí las escaleras de dos en dos hasta nuestra habitación.
La cama estaba vacía. Las sábanas, aún revueltas, conservaban su calor, pero ella no estaba.
—¿Mía? —la llamé, con la voz ya teñida de pánico.
Bajé de nuevo al salón. Fue entonces cuando la vi. Sobre la mesa de centro, junto al ordenador, descansaba una hoja de papel amarillento con el sello de Instituciones Penitenciarias.
Al leer las primeras líneas de ese malnacido, sentí cómo la sangre se me convertía en hielo y luego en puro fuego.
“ Cobarde” , “Despreciable” , “Igual que yo” .
El ultimátum del jueves. No necesité ser detective para saber a dónde había ido.
Conocía a Mía mejor que a nadie; siempre intentando cargar con el peso del mundo sobre sus hombros, siempre intentando solucionar los problemas sola, como si todavía fuera aquella niña desamparada que no tenía a nadie.
Pero ahora me tenía a mí. Y yo nunca, bajo ningún concepto, iba a dejarla sola en las garras de ese monstruo.
Salí de casa derrapando, conduciendo hacia la prisión con una mezcla de rabia y terror que me impedía respirar.
El trayecto se me hizo eterno. Maldecía cada semáforo y cada coche que se cruzaba en mi camino.
Sabía que él la estaría destrozando por dentro, manipulándola, usando su necesidad de respuestas para inyectarle su veneno.
Aparqué el coche de cualquier manera en el estacionamiento de la prisión y salí de él casi antes de que se detuviera, con dirección hacia la puerta de entrada.
Fue entonces cuando la vi. A unos metros de la salida, sobre el asfalto gris, vi ese cabello rubio que tanto amaba.
Estaba en el suelo, desplomada, como una muñeca rota a la que le hubieran cortado los hilos.
En ese instante sentí que me moría. El mundo se detuvo, el ruido desapareció y solo quedó la imagen de mi mujer inconsciente bajo el sol.
Corrí hacia ella como si mi vida dependiera de llegar a su lado un segundo antes, con un nudo en la garganta que me impedía gritar su nombre.
No iba a permitir que Diego Beltrán se cobrara esta victoria.
No mientras yo tuviera aliento para protegerla.
Llegué hasta ella tan rápido que, juro que por un momento, sentí que me había teletransportado.
El corazón me iba a estallar en el pecho cuando la cogí en brazos; pesaba tan poco, se sentía tan frágil entre mis manos que el terror me nubló la vista.
La llevé al coche con una urgencia desesperada, la acomodé en el asiento del copiloto y saqué una botella de agua de la guantera.
Con las manos temblorosas, mojé la manga de mi chaqueta y se la puse con cuidado en la frente, intentando que así reaccionara y la temperatura de su cuerpo volviera a la normalidad.
Le abroché el cinturón como si fuera de cristal y arranqué.
Me dirigí rápidamente hacia el hospital; necesitaba que un médico la viera, que me dijera que solo era un desmayo.
Mi preocupación iba en aumento conforme pasaban los minutos y ella no reaccionaba, hasta que por fin, la vi moverse levemente.
—¿James? —susurró con un hilo de voz, parpadeando con dificultad—. ¿Has venido?
—Siempre, nena —respondí, apretando el volante con una mano mientras con la otra le buscaba la suya—. Siempre estaré aquí.
Mía esbozó una sonrisa rota, sin poder abrir bien los ojos todavía.
—Gracias...
Busqué la primera salida que vi para poder detenerme en un lugar seguro y comprobar cómo estaba realmente. Al parar el coche, me desabroché el cinturón y me incliné hacia ella. Le acaricié la cara, apartándole el pelo húmedo de la frente.
—¿Cómo estás? ¿Cómo te encuentras? —le pregunté, escudriñando su rostro en busca de alguna señal de mejoría.
—No debería haber ido, James... —sus ojos se llenaron de lágrimas al instante—. Solo me ha hecho más daño. No debería haber sabido nunca la verdad.
Y entonces, se rompió. Mía empezó a llorar desconsolada, con unos sollozos que me desgarraban el alma. La atraje hacia mí todo lo que el espacio del coche permitía.
—¿Qué ha pasado, Mía?
—No me quiso nunca, James —dijo intentando articular las palabras entre espasmos—. Ni a mí, ni a mi madre. Fui un estorbo... fui la causa por la que su “imperio”, financiado por su mujer, se acabó.
Me quedé helado.
—No te estoy entendiendo. ¿Tu madre era quien le daba el dinero? ¿Qué tienes que ver tú en esto?
—Mi madre era el entretenimiento de mi padre cuando no estaba con su familia de verdad —explicó, limpiándose las lágrimas con rabia—.
Cuando no estaba entre lujo y dinero, jugaba a dos bandas.
Mi madre se quedó embarazada de mí y él...
él quería que abortara. Pero ella se negó y me tuvo.
A los pocos años, su verdadera mujer se enteró de nuestra existencia y le quitó todo.
Mi madre murió y él ni siquiera se hizo cargo de mí. Nunca le importé.
Me quedé en silencio, intentando procesar la magnitud de la basura humana que era Diego Beltrán.
Un ser despreciable, utilizando a dos mujeres por beneficio económico y placer, que al perder su posición, decidió deshacerse incluso de su propia hija.
Estaba confirmando lo que Mía había llevado a sus espaldas durante años: la sombra de un rechazo que no era su culpa.
—Me está costando asimilar todo esto, Mía... —dije con la mandíbula tensa—. ¿Entonces no hay hermano?
—Sí lo hay. Tuvo un hijo con su esposa, es mayor que yo —respondió ella con amargura.
—¿Y dónde está?
—No lo sabe. Su esposa, cuando se enteró de todo, desapareció con el niño. Supongo que tiene el dinero suficiente como para haberse borrado del mapa de ese hijo de puta.
—Entonces, ¿qué mierda pretende contándote todo esto ahora?
Mía suspiró, agotada.
—Quiere que retiremos la acusación contra él a cambio de darme su nombre.
Me quedé mirándola fijamente. Analicé sus ojos hinchados, su cansancio, el dolor que emanaba de cada poro de su piel. No paraba de llorar, y yo sentía que si tenía que quemar el mundo para que ella dejara de sufrir, lo haría.
—¿Qué le has dicho? —pregunté casi con un hilo de voz—. ¿Quieres que retire la acusación?
Lo dije de corazón. A pesar de que quería ver a ese malnacido pudriéndose entre rejas por el resto de sus días, el bienestar de Mía era mi única prioridad. Si ella necesitaba ese nombre para cerrar su herida, yo claudicaría.
Mía respiró hondo, enderezándose en el asiento.
—Ni lo sueñes. No voy a complacerlo. No voy a darle nada que él nunca me dio. Se acabó, James. Esto solo me ha servido para darme cuenta de que no quiero saber nada más de él. Es más, quiero que pague por cada gramo de dolor que nos ha causado.
Sentí una oleada de orgullo que me infló el pecho.
—Eres la persona más valiente y buena que he conocido en mi vida, ¿lo sabes?
—Mi vida es un desastre, James —murmuró ella, bajando la vista.
—No, cariño. Ni se te ocurra decir eso. Recuerda a dónde has llegado por tus propios medios y dónde estás ahora.
Tienes una vida maravillosa que ese tipo no va a tocar.
Su pasado no tiene jurisdicción aquí. Y bueno...
—añadí con una sonrisa ladeada, intentando destensar el ambiente—, me tienes a mí, que es un plus importante.
Mía soltó una pequeña risa entre el llanto, mirándome por fin.
—Sí, estás aquí. No sé qué haría sin ti.
—Seguir haciendo tu vida igual de bien que siempre, solo que ahora, conmigo, tiene mucha más “vidilla” y mejores cenas.
Ambos reímos suavemente. Me acerqué a ella y la besé con toda la ternura que pude reunir, sellando una promesa silenciosa de que ese hombre jamás volvería a acercarse a sus pensamientos.
—Te quiero, Mía.
—Te quiero, James. Ahora vámonos a casa, por favor.
—¿A casa? —repetí, arqueando una ceja mientras volvía a poner la mano en el volante para continuar la marcha—. Sí, iremos a casa... justo después de pasar por el hospital.
—No hace falta, James, me encuentro mejor —protestó ella, intentando incorporarse un poco más en el asiento—.
Ya sabes que estoy más floja porque me tiene que bajar la regla estos días y, bueno, si le añadimos a mi maravilloso padre en esa ecuación...
pues por supuesto el resultado no iba a ser bueno.
—Lo sé, nena —suspiré, intentando que mi voz sonara calmada aunque el susto todavía me recorría la espalda—. Pero te has desplomado. Estás muy débil y quizá necesites algún tipo de vitaminas o un suplemento. Iremos al hospital y que te manden algo más fuerte para tu dolor menstrual.
—Pero, James...
—Ni “pero”, ni nada. No voy a claudicar en esto. Mi seguro médico cuesta una cuota mensual digna de una pequeña nación caribeña y, por una vez, quiero que me den hasta las piruletas de la recepción —le dije con media sonrisa para intentar quitarle hierro al asunto.
Mía soltó un bufido, pero vi cómo se relajaba contra el respaldo, vencida por el cansancio.
—Está bien, señor mandón.
Conduje con rapidez pero con cuidado hacia el hospital. Es uno de esos centros privados donde el silencio es absoluto y el trato es de hotel de cinco estrellas. Gracias a esa “religiosa” cuota que mencioné, no pasaron ni quince minutos antes de que estuviéramos sentados frente al doctor.