Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 5 MÍA #4
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CAPÍTULO 5 MÍA #4

—No seas tan tajante, hija mía. Lo único que tienes que hacer es convencer a tu marido para que retire su acusación, que retire los cargos por denuncia falsa y estafa.

—Aunque lo hiciera, no serviría de nada —repliqué, sintiendo una satisfacción gélida al ver su desesperación—. Aunque James retire la acusación particular, el Ministerio Fiscal seguirá adelante. Irán contra ti de oficio. Estás acabado, Diego.

Él no se inmutó. Al contrario, sonrió como si yo fuera la que no entendía el juego.

—Eso no me preocupa... Un acuerdo con el Fiscal y acabaré en la calle antes de que te des cuenta. Todo depende de que James se eche a un lado. Tú puedes hacer que eso ocurra.

Lo miré a través del cristal. Era un parásito. Un ser que solo sabía construir su bienestar sobre las ruinas de los demás, incluso de su propia hija. La imagen de James, de su esfuerzo por protegerme, de su integridad y de todo lo que habíamos construido, pasó por mi mente.

—Eres despreciable —dije, sintiendo que las lágrimas de rabia empezaban a asomar, aunque me negaba a dejarlas caer.

—Lo soy —admitió él con una frialdad absoluta—. Pero soy el único que tiene el nombre de tu hermano. ¿Qué vale más para ti, Mía? ¿Tu orgullo o tu sangre?

El silencio se espesó entre nosotros. El dolor de mi vientre me dio un aviso agudo, un calambre que me dobló por dentro, pero me mantuve erguida. Me levanté lentamente del taburete, sintiendo que el aire del locutorio se me terminaba.

—No —dije, firme y clara.

—¿Qué? —La sonrisa de Diego flaqueó por primera vez.

—He dicho que no. No voy a traicionar a James, ni voy a traicionar la justicia por la que he trabajado toda mi vida por un nombre que probablemente sea otra de tus mentiras. Quédate con tu secreto, Diego. Quédate con él en esta celda hasta que te pudras.

Solté el auricular, dejándolo colgar de su cable, y me di la vuelta sin mirar atrás.

Escuché cómo golpeaba el cristal al otro lado, gritando algo que ya no me interesaba oír.

Salí al pasillo con las piernas temblando, sintiendo que el mundo se desmoronaba bajo mis pies, pero con una certeza absoluta: no iba a dejar que me destruyera otra vez.

Nada más cruzar la pesada puerta metálica que me devolvía al pasillo de los funcionarios, el dique se rompió. Mis lágrimas empezaron a caer sin miramientos, calientes y amargas, nublándome la vista mientras caminaba por inercia.

Mi subconsciente tomó las riendas de mi cuerpo.

Me dejé guiar por los pasillos estériles, devolví la tarjeta de visitante y firmé donde me indicaron que firmara, pero mi cerebro no escuchaba absolutamente nada.

Las voces de los guardias eran un zumbido lejano, como si estuviera bajo el agua.

Actuaba en automático, con los movimientos torpes de quien acaba de recibir un impacto mortal pero sigue en pie por puro instinto.

Cuando llegué a las taquillas y recuperé mis pertenencias, mis manos temblaban tanto que casi no pude meter la llave.

Salí a la calle y el aire de Madrid me golpeó la cara, dándome un alivio momentáneo que no tardó en convertirse en una náusea insoportable.

Solo podía pensar en James. James me lo había dicho mil veces.

Me lo había advertido con esa mirada protectora que tanto me molestaba a veces: “No confíes en él, Mía, solo busca destruirte” .

Pero, como bien había dicho mi padre hace un momento, ingenua de mí.

Me había creído capaz de manejar a un monstruo, me había creído con la fuerza suficiente para buscar la verdad sin quemarme, y ahora el incendio me estaba consumiendo por dentro.

Las lágrimas seguían cayendo, grabándose en mis mejillas como ácido al recordar cada una de sus palabras.

“Vosotras nunca fuisteis mi familia” . Esa frase se repetía en mi cabeza una y otra vez, desgarrando cualquier rastro de esperanza.

No éramos su familia. Éramos un error, un secreto sucio guardado en un cajón que, en cuanto salió a la luz y amenazó su estatus, él decidió patear sin mirar atrás.

Siempre fue verdad. Mi padre nunca me quiso.

Me abandonó por voluntad propia porque yo le sobraba en su mundo de apariencias y dinero.

Necesitaba llamar a James. Necesitaba desesperadamente escuchar su voz, sentir que él era real y que su amor no era otro espejismo. Quería coger el teléfono, marcar su número y decirle que tenía razón, que me perdonara por haber venido, que me sacara de esta pesadilla.

Pero mi cuerpo me abandonó de golpe. Demasiadas verdades, demasiadas emociones, demasiado dolor.

El suelo empezó a inclinarse y el cielo azul se volvió gris oscuro, luego negro.

No tuve tiempo de hacer nada; ni de marcar, ni de pedir ayuda.

Sentí cómo mis rodillas golpeaban el cemento y me desplomé por completo.

En el último suspiro de conciencia, mientras la oscuridad me tragaba, mi mente proyectó una única imagen: James. Lo vi corriendo hacia mí, con el rostro desencajado por la preocupación y los brazos abiertos para protegerme de todo el daño que yo misma me había buscado.

—James... —susurré, antes de que el silencio fuera absoluto.