Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 5 MÍA #3
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CAPÍTULO 5 MÍA #3

—Antes de que tú fueras un error en los planes de tu madre, yo ya tenía una vida —empezó a decir, y su voz a través del interfono sonaba metálica y carente de cualquier emoción—.

Vivía bien, Mía. Tenía mi propio negocio, una empresa que empezaba a despegar, financiada íntegramente por mi mujer.

Ella tenía el capital, yo el cerebro. Era perfecto.

Se detuvo un momento, observando cómo yo procesaba la información.

—Pero, cuando mejor estaba todo, cuando mi posición social era impecable, cuando el lujo estaba a mi alcance, tu madre se quedó embarazada.

Me lo soltó como si fuera una bendición, con esa cara de ingenua que siempre tuvo.

Le dije que no siguiera adelante, que no quería dramas, que abortara… pero no quiso escuchar.

—¿Y qué pasa? —le interrumpí, sintiendo que el corazón me iba a saltar del pecho—. ¿Qué tiene eso de malo? ¿Qué tiene de malo querer tener un hijo? ¿No erais una familia?

Diego soltó una carcajada seca, un sonido corto y desprovisto de humor que se filtró por el auricular como un veneno.

—Veo que no eres tan inteligente como aparentas, Mía.

O quizás es que ese Bernard te ha ablandado el cerebro con tanto romanticismo barato —me miró con un desprecio absoluto—.

Ella nunca fue mi familia, vosotras nunca fuisteis mi familia.

Fuisteis el accidente que arruinó mi vida.

Cuando tú naciste, yo ya tenía una mujer y un hijo, Mía.

Una familia de verdad, con apellido y estatus.

Tú y tu madre no erais más que la mancha que tuve que ocultar para no perderlo todo.

El mundo se detuvo. Sentí que el cristal que nos separaba se volvía infinito. Un hermano mayor. Una familia paralela. Mi existencia entera, los pocos recuerdos felices que guardaba de mi infancia, no eran más que los fragmentos de una mentira que él había mantenido para proteger sus intereses.

—Pero igualmente, a pesar de todos mis esfuerzos por mantener cada pieza en su sitio, mi esposa se enteró de todo —dijo, y su mandíbula se tensó tanto que las venas de su cuello sobresalieron—. Se enteró de la existencia de tu madre y de la tuya. El día que se arruinó todo...

Ahora entendía el motivo real de por qué nunca lucho por mí cuando mi madre falleció.

Nunca le importé. Y, en ese momento, su rostro se transformó.

Sus ojos se oscurecieron y una expresión de pura ira, una rabia volcánica y destructiva, se apoderó de sus facciones.

Se inclinó hacia el cristal, y por un segundo, no vi al preso de la cárcel de Madrid, vi al monstruo que habitaba mis pesadillas.

Había visto esa cara antes. La conocía demasiado bien.

Sentí un escalofrío que me recorrió la columna, un frío tan intenso que me hizo olvidar por un momento los calambres de mi vientre.

Mi mente, como si hubiera sido empujada por un resorte, me teletransportó a aquella casa vieja, a la penumbra de un pasillo que olía a miedo.

—Recuerdo ese día —susurré, y mi propia voz me sonó extraña, como si viniera de muy lejos—.

Recuerdo las voces... esos gritos que parecían querer echar abajo las paredes.

Recuerdo el sonido de los cristales rotos estallando contra el suelo, el caos, el olor a alcohol y a desesperación. Pero sobre todo... recuerdo tu cara.

Sentí una pulsación dolorosa en la base del cráneo.

De forma instintiva, mi mano derecha subió hacia mi nuca.

Mis dedos rozaron la piel rugosa, esa marca que el pelo rubio siempre intentaba ocultar pero que yo sentía cada segundo de mi vida.

Toqué mi cicatriz. El recuerdo del impacto, del dolor cegador y de la sangre caliente manchando mi camiseta de niña volvió a mí con una nitidez insoportable.

—Ese día no se arruinó tu vida, Diego —dije, apretando los dientes para no romperme frente a él—. Ese día casi terminas con la mía. Me dejaste esta marca para que nunca olvidara quién eras.

Él no se inmutó al ver mi mano en la cicatriz. Al contrario, sus ojos brillaron con una satisfacción sádica.

—Esa marca es lo único que te vincula a la realidad, Mía —replicó con una frialdad que me cortó la respiración—.

Si no fuera porque mi esposa os descubrió, seguirías creyendo que naciste de un cuento de hadas.

Tu hermano, en cambio, creció con todo lo que tú nunca tuviste: un nombre, dinero, amor.

Pero ahora... ahora él es lo único que puede salvarme…

Me aparté del cristal, sintiendo que el auricular me quemaba la mano. El asco que sentía era tan denso que casi podía masticarlo. No había venido a ver a un padre, había venido a enfrentarme a un demonio que todavía tenía garras, lo suficientemente largas, como para alcanzarme desde su celda.

—¿Dónde está? —pregunté, con la voz apenas en un hilo, aunque por dentro sentía que estaba gritando.

—Sinceramente, no lo sé —respondió él, encogiéndose de hombros con una naturalidad que me revolvió el estómago—. Mi mujer se encargó de que no los encontrara a ninguno de los dos. Se esfumaron. Ella siempre fue más lista de lo que le di crédito; sabía que, si los encontraba, los usaría.

Apreté los dientes. Era incapaz de sentir un ápice de compasión por él, ni siquiera al ver que su propia familia lo había borrado del mapa.

—¿Cómo se llama? —insistí. Si sabía el nombre, podía buscarlo. Podía encontrarlo sin su ayuda.

Diego soltó una risita seca, golpeando rítmicamente el cristal con la yema de un dedo.

—Su nombre… eso sí que es algo por lo que te tengo que cobrar, Mía. No estarías pensando que te iba a regalar la pieza más importante del puzle sin nada a cambio, ¿verdad? ¡Qué ingenua sigues siendo! —contestó ese señor que figura en mi partida de nacimiento como padre.

—¿Qué quieres? —le pregunté.

Él se inclinó hacia delante, y sus ojos brillaron con una ambición desesperada.

—Mi libertad.

Me eché a reír, una risa amarga y sin rastro de humor que resonó en el pequeño locutorio.

—Ni lo sueñes.