Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 5 MÍA #2
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CAPÍTULO 5 MÍA #2

¿De verdad crees que lo sabes todo sobre tu historia?

¿Sobre lo que dejé atrás cuando tú no eras más que un estorbo en mis planes?

¿De verdad no te importa tu propio hermano?

Lleva tu misma sangre, Mía. Esa misma sangre que tanto desprecias pero que te corre.

Si eres capaz de darle la espalda a alguien de tu propia estirpe, de dejarlo en el olvido para no ensuciar tu idílica y perfecta vida de casada, entonces eres exactamente igual de despreciable que yo.

Tu indiferencia y tu egoísmo te hacen mi viva imagen.

Te he dado bastante tiempo desde la última vez, así que esto es un ultimátum: tienes hasta este jueves para venir a la sala de visitas. Si no apareces, habrás actuado igual como yo hice contigo: tu hermano será ese estorbo que has preferido ignorar.

Tu padre.”

Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con mi malestar. “Igual de despreciable que yo”. “Estorbo que has preferido ignorar”. “Indiferencia”. “Egoísmo”. Esas palabras resonaban en mi cabeza como una sentencia. Me puse en pie, con las manos temblando tanto que el papel crujía.

No podía permitir que ese hombre tuviera razón.

No podía ser como él. Pero, por otro lado, si iba a esa prisión, le estaría dando exactamente lo que quería: control sobre mí.

Miré el reloj. James no llegaría hasta dentro de unas horas.

Tenía tiempo para pensar, pero mi mente ya había tomado una dirección peligrosa.

Sabía que James quemaría esta carta en cuanto la viera; me protegería, me diría que son mentiras de un manipulador.

Pero, ¿y si no lo eran? ¿Y si en realidad ese hermano existía?

La culpa, ese sentimiento que mi padre manejaba a la perfección, ya estaba empezando a corroerme por dentro.

Tenía que tomar una decisión y, por primera vez, sentía que no podía compartirla con el hombre que más amaba.

Tenía que enfrentarme a mi sangre yo sola.

Las prisiones no funcionan por impulso, por mucha urgencia que dicte una carta cargada de veneno.

Necesitaba una cita previa. Con los dedos todavía torpes, entré en la web oficial de Instituciones Penitenciarias.

Tuve que introducir mis datos, mi DNI y, lo que más me costó, los datos del preso: Diego Beltrán.

Solo teclear su nombre me provocó un escalofrío que me recorrió la columna.

Fui directa al calendario de disponibilidad para locutorios.

Mis ojos escaneaban la pantalla con desesperación.

Hoy (martes) quedaba un único hueco libre a las 12:00 de la mañana; las siguientes horas disponibles eran para el viernes.

El ultimátum de la carta era claro: tenía hasta el jueves.

Miré el reloj de mi móvil; eran casi las diez y media.

Si me daba prisa, llegaría justo a tiempo para el registro y el control de seguridad.

Confirmé la cita de las doce. Al aparecer el número de reserva en la pantalla, sentí que acababa de firmar un contrato con el diablo. Ya no había vuelta atrás.

Me vestí lo más rápido que pude, ignorando el pinchazo persistente en mi vientre y el mareo que me nublaba la vista por momentos.

Las manos me temblaban tanto que abrocharme los botones de la blusa se convirtió en una tarea titánica.

Mi mente iba a mil por hora, repitiendo las palabras de la carta como un mantra perverso: “Eres igual de despreciable que yo”.

No, no lo era. Y, precisamente, para demostrarlo, tenía que ir.

Agarré el bolso y salí a la calle. El sol de media mañana me cegó por un instante.

Allí estaba aparcado mi BYD, brillante y silencioso, el coche que representaba mi independencia.

Me acerqué a él, pero al llegar a la puerta, me detuve en seco.

Mis reflejos no estaban ahí. La presión en mi cabeza era tan fuerte que sentía que el mundo giraba a una velocidad distinta a la mía.

No me sentía con fuerzas ni con la seguridad necesaria para conducir; media hora de trayecto por la autopista hacia el centro penitenciario se me antojaba una misión imposible.

Así que saqué el móvil y, con los dedos todavía torpes, pedí un taxi.

El taxi llegó en menos de cinco minutos.

Me hundí en el asiento trasero, intentando hacerme pequeña, como si quisiera esconderme de los ojos del mundo.

El taxista enfiló la carretera hacia la prisión.

Cada kilómetro me alejaba más de la seguridad de mi hogar y me acercaba más al hombre que se alimentaba de mis miedos.

Solo esperaba que, al llegar allí, tuviera la fuerza necesaria para no romperme frente a él.

Mi subconsciente empezó a gritarme. James. Tenía que haberlo llamado. Él sabría qué hacer, él me protegería de ese monstruo. Pero una parte de mí, la parte que Diego Beltrán había herido con su carta, necesitaba hacer esto sola.

El sol de mediodía caía a plomo sobre el cemento gris del centro penitenciario, pero yo sentía un frío que me calaba hasta los huesos.

Caminé hacia la entrada principal con las piernas pesadas, sintiendo que cada paso era una traición a la paz que tanto me había costado construir con James.

Al cruzar la primera barrera, el ambiente cambió de golpe.

Aquí no había lugar para la elegancia ni para las medias tintas; todo era funcional, estéril y profundamente deprimente. Me dirigí a la ventanilla de registro.

—Tengo cita a las doce. Mía Beltrán —dije, y pronunciar mi apellido en aquel lugar me supo a ceniza en la boca.

El funcionario, un hombre con cara de haber visto demasiado, ni siquiera me miró a los ojos. Tecleó algo en el ordenador, comprobó mi DNI y asintió con desgana.

—Cita confirmada. Deje todas sus pertenencias en la taquilla: móvil, llaves, bolso. Todo.

Sentí una punzada de pánico al separarme de mi teléfono. Era mi único vínculo con James, con la realidad, con mi cordura. Lo guardé en el pequeño cubículo metálico junto con mi bolso y cerré con la llave.

Luego vino el control de seguridad. Una funcionaria me indicó que extendiera los brazos y pasó el escáner manual por mi cuerpo.

—Pase a la sala de espera. Avisarán por el número de locutorio —ordenó con voz monótona.

La sala de espera era un purgatorio de bancos de madera y paredes desconchadas.

El olor a desinfectante industrial y a encierro era insoportable.

Me senté en una esquina, evitando la mirada de los demás familiares.

Mi vientre volvió a avisar con un calambre agudo, recordándome que mi cuerpo no estaba para batallas, pero mi mente ya no podía dar marcha atrás.

—Mía Beltrán. Locutorio número siete —anunció una voz metálica por la megafonía.

Me levanté mecánicamente. Recorrí el pasillo estrecho, flanqueado por puertas pesadas y cámaras de seguridad que parecían seguir cada uno de mis movimientos.

Al llegar al locutorio siete, entré en el pequeño cubículo.

Era un espacio asfixiante, dividido por un cristal grueso y reforzado.

A ambos lados, unos taburetes anclados al suelo y un interfono.

Me senté y esperé. Los segundos se estiraron como horas. Escuché el eco de unas llaves, una puerta metálica abriéndose y pasos pesados al otro lado del cristal. Y entonces, apareció él.

Diego Beltrán entró escoltado, vestido con el mono del centro.

No parecía un hombre derrotado; al contrario, caminaba con esa arrogancia que le era tan natural, como si el centro penitenciario fuera su despacho personal.

Se sentó frente a mí y, antes de agarrar el interfono, me dedicó una sonrisa gélida, cargada de una victoria que me revolvió el estómago.

Había ganado. Había conseguido que fuera.

Agarré el auricular y lo pegué a mi oreja. Al otro lado, su voz sonó tan nítida y ponzoñosa como la última vez que lo escuché.

—Sabía que vendrías, Mía —dijo sin preámbulos, sus ojos oscuros clavados en los míos—. No eres tan fuerte como te gusta creer. La sangre siempre acaba reclamando lo que es suyo.

—¡Qué sabrás tú lo que significa la sangre! —le espeté, apretando el auricular con tanta fuerza que los nudillos me blanquearon. Mi voz tembló, pero no de miedo, sino de un asco profundo que nacía en mis entrañas.

Él se reclinó un poco, disfrutando de mi reacción con una parsimonia que me ponía enferma.

—Sé utilizarla, Mía. Por eso estás aquí, ¿no?

—su sonrisa se ensanchó, mostrando esa hilera de dientes perfectos que escondían a un monstruo—.

La sangre es el hilo invisible que te ha traído arrastrándote hasta este locutorio a pesar de que, como adivino, tu brillante marido te habrá dicho que no lo hicieras.

Era un hijo de puta. No había otra palabra para definirlo.

En ese momento, las palabras de James resonaron en mi cabeza como una campana de advertencia: "Mía, solo intenta manipularte, busca tu punto débil para volver a entrar en tu vida" .

Tenía razón. James siempre tenía razón con respecto a él, y yo, en mi desesperación por encontrar una identidad, le había servido mi voluntad en bandeja de plata.

Respiré hondo. Sentí una punzada de dolor en el vientre y el sudor frío bajando por mi espalda, pero me obligué a mantener la mirada fija en sus ojos oscuros. Ve al grano, Mía. No dejes que te enrede.

—Ya estoy aquí —dije, bajando el tono de voz hasta que sonó letalmente tranquilo—. Ahora dime la verdad. Toda la verdad. Acabemos con esto de una puta vez. No más acertijos, no más mentiras, no más juegos de poder. ¿Quién es ese hermano?

Diego apoyó los codos en la mesa, acercándose al cristal. Su expresión cambió; la burla dio paso a una frialdad técnica, como si estuviera narrando un informe pericial.