CAPÍTULO 5 MÍA
La reunión había ido bastante bien; corta, concisa y con los objetivos claros, justo como a mí me gustaba.
Por fin, después de un día que se sentía como si hubiera durado un mes, llegué a casa dispuesta a ejecutar mi plan maestro: una ducha larga, mi pijama más cómodo, un poco de música para desconectar del mundo y mi marido al lado. ¡Planazo!
Mientras entraba en casa, no pude evitar notar el silencio.
Me sorprendió no encontrar a James por ninguna parte.
Lo había dejado con Joselu en la cafetería hacía un par de horas...
¿De qué habrían estado hablando tanto tiempo?
Por favor, Mía —me susurró mi subconsciente con la ceja levantada—, ¿de verdad te lo preguntas?
Tenía razón. Seguramente yo había sido el punto primero, segundo y último de su orden del día.
Comencé mi ritual. El agua caliente me quitó de encima el peso de los expedientes y, cuando bajaba por las escaleras con la toalla todavía enrollada en el pelo como un turbante y mi pijama de seda puesto, escuché el sonido de las llaves.
—Sí que se ha alargado tu charla con Joselu… —le solté desde el último peldaño, cruzándome de brazos.
—Sí, un poco —respondió James con una calma sospechosa.
Se acercó a mí, me tomó por la cintura y me dio un beso lento en los labios.
Me quedé esperando a que continuara hablando, buscando alguna señal en su mirada, pero no profundizó.
Lo seguí mirando con una ceja levantada, analizando cada milímetro de su rostro, hasta que vi cómo en las comisuras de sus labios empezaba a asomar una sonrisa encubierta.
—¿Y bien? —insistí—. ¿No tienes nada que contarme?
—¿Yo? —preguntó, fingiendo una inocencia que no le pegaba nada.
—A ver, James... que has estado dos horas a solas con Joselu. ¿Qué habéis hablado exactamente?
James soltó un suspiro dramático y empezó a caminar hacia el salón mientras se aflojaba el nudo de la corbata.
—Pues... la verdad es que me ha abierto los ojos, Mía. Me ha contado cosas de ti que me han dejado perplejo.
—¿Ah, sí? ¿Cómo qué? —pregunté, siguiéndolo de cerca.
—Me ha confesado que en realidad eres una espía encubierta enviada para desestabilizar el orden de mi vida —dijo, dándose la vuelta con una seriedad cómica—.
Y que tu moño desaliñado es, en realidad, una antena de alta frecuencia para comunicarte con el cuartel general.
¡Ah! Y que en aquella primera detención que me ha contado, no defendiste al cliente...
¡lo entregaste a cambio de un paquete de gominolas!
—¡James! —exclamé, agarrando el primer cojín que pillé del sofá y lanzándoselo directamente a la cara—. ¡Deja de decir tonterías!
—¡Es la verdad! —gritó él riendo, esquivando otro cojín.
Me atrapó por las muñecas, me atrajo hacia su pecho con un movimiento ágil y me inmovilizó entre sus brazos, riendo a escasos centímetros de mi boca.
—¿De verdad quieres saber qué me ha contado? —susurró, suavizando el tono—. Pues que eres maravillosa. Que vales oro y que está jodidamente contento de que estés conmigo, porque sabe que yo sí voy a saber cuidarte como mereces.
Me quedé desarmada, con el corazón latiendo a mil por hora, no por la “pelea”, sino por la sinceridad en su voz.
—Uau... ¿hasta ese punto habéis llegado? —pregunté, sorprendida por el cambio de dinámica entre ellos.
—Sí —asintió James, soltándome las manos para acariciarme las mejillas—. Resulta que tenemos más cosas en común de las que pensaba. Básicamente, ahora es mi bro.
No pude evitarlo. Me eché a reír a carcajada limpia, imaginándome a James y a Joselu yendo juntos al gimnasio o compartiendo confidencias de amigos. Perdón, de “brothers”.
—¿Tu “bro”? —repetí entre risas—. James Bernard, el abogado más serio de Madrid, ¿tiene un “bro”?
—Oye, que los lazos por protegerte son muy fuertes —bromeó él, volviendo a besarme—. Pero sí, hemos firmado la paz.
Nos hundimos en el sofá, abrazados y riendo.
El resto de la semana transcurrió sin incidentes externos, pero mi interior era otra historia.
Mi cabeza, no sé por qué, sentía que me iba a estallar en cualquier momento.
Últimamente le daba demasiadas vueltas a las cosas; analizaba cada palabra de mi padre en la prisión, cada gesto de Vanessa... y eso nunca es bueno para mi vitalidad.
Me sentía agotada, tanto mental como físicamente. Era una sensación extraña de pesadez que me arrastraba. Llegaba a casa y, apenas daban las nueve de la noche, ya estaba profundamente dormida en el sofá o en la cama, algo impensable en la Mía de antes.
James, que me conoce mejor que yo misma, no tardó en poner el dedo en la llaga.
—Mía, ¿te encuentras bien? —me preguntó una noche mientras me arropaba—. Te noto muy cansada últimamente, casi no aguantas despierta para cenar.
—Es cierto, no sé qué me pasa —admití, cerrando los ojos ante el alivio de su mano acariciando mi pelo—. Siento que la cabeza me va a explotar.
—¿En qué piensas tanto? —insistió él con voz suave.
—¿En qué no pienso, James?
—¿Estás dándole vueltas a lo que dijo tu padre sobre ese hermano? —preguntó acertadamente.
—Sí, no voy a negártelo —susurré—. Esa duda se ha instalado en mi cerebro y no me deja vivir. ¿Y si es verdad? ¿Y si hay alguien más de mi sangre ahí fuera sufriendo por su culpa?
Pasamos el fin de semana prácticamente recluidos en casa.
Yo no tenía fuerzas para eventos sociales, pero James impuso su voluntad el domingo por la tarde: me obligó a dar un paseo por un parque cercano.
Decía que necesitaba que me diera el aire, que mis pulmones se limpiaran de oficina y que mi mente saliera de esas cuatro paredes que se me estaban echando encima.
Y, menos mal que insistió. El sol suave de la tarde y el movimiento me vinieron de maravilla, aunque el cansancio seguía ahí, latente.
Sin embargo, mi grupo de amigos no estaba dispuesto a darme tregua. El chat de WhatsApp empezó a echar humo:
Cami: Señora recién casada, ni se te ocurra convertirte en una anciana aburrida tan pronto. ¡Te echamos de menos!
Liam: De la semana que viene no pasa que nos veamos. He dicho. Necesito mi dosis de drama y risas.
Adri: Yo ya he reservado el viernes por la noche para vosotros. No se aceptan devoluciones ni bajas de última hora.
Miré a James, que leía los mensajes por encima de mi hombro con una media sonrisa. Suspiré, sintiendo que, a pesar de mi agotamiento, necesitaba ese chute de energía que solo ellos saben darme.
Yo: Trato hecho. Nos vemos el viernes.
El martes por la mañana, mi cuerpo simplemente dijo “basta”. Los síntomas de mi menstruación habían decidido darme la cara un par de días antes de su llegada, lo que explicaba, al menos en parte, ese agotamiento extremo y el dolor de cabeza que me estaba matando.
Cuando James se despertó y me vio con la cara hundida en la almohada, ni siquiera intentó convencerme de que me levantara.
—Amor, no vayas a la oficina hoy, por favor —me susurró al oído, apartándome un mechón de pelo con una ternura que me hizo querer llorar—. Quédate un rato más en la cama.
No lo dudé ni un segundo. Me enrollé en la sábana como un gusano de seda, buscando el calor que mi propio cuerpo no lograba generar.
Lo último que registré antes de hundirme de nuevo en un sueño pesado fue el roce de los labios de James en mi frente y, poco después, el sonido sordo de la puerta principal al cerrarse.
Me desperté sobre las diez, sintiéndome algo más despejada pero con una sensación de vacío en el estómago. Me arrastré hasta la cocina, todavía en pijama, y mientras esperaba a que el agua para mi té empezara a hervir, el sonido estridente del telefonillo rasgó el silencio de la casa.
Me sobresalté, apretando la taza vacía entre mis manos.
—¿Quién es? —pregunté a través del interfono.
—Cartero. Traigo una carta certificada para Mía Beltrán.
Fruncí el ceño. ¿Una carta certificada? Fui a la entrada de casa, tratando de ignorar el pinchazo en mi vientre. El cartero me extendió una tableta digital para que firmara y me entregó un sobre alargado, de papel amarillento y tacto áspero.
Cuando se marchó, me quedé totalmente petrificada en medio del vestíbulo. No necesité abrirla para saber que nada bueno podía salir de ahí. El sello plasmado en la carta estaba impreso con una frialdad burocrática que me heló la sangre: Centro Penitenciario de Madrid. Sabía quién la mandaba.
Me senté en el borde del sofá, en la penumbra del salón, mirando el papel. Diego Beltrán no se rendía. A pesar de estar encerrado, a pesar de haber perdido el juicio, a pesar de que James y yo éramos ahora un frente unido, él seguía intentando perforar los muros de mi tranquilidad.
Una parte de mí quería quemarla sin leerla, tirarla por el desagüe y fingir que nunca había llegado.
Pero la curiosidad —o quizás el miedo a lo desconocido— fue más fuerte.
Sabía que si no la abría, esa curiosidad o miedo se haría más grande en mi imaginación de lo que probablemente era en realidad.
Con el corazón golpeando con fuerza contra mis costillas, rasgué el sobre.
Mis ojos recorrieron las líneas con una mezcla de náuseas y una curiosidad masoquista:
“Mía:
Supongo que estarás muy ocupada jugando a las casitas con tu flamante marido, intentando borrar de un plumazo el pasado y el apellido que te di. Pero la sangre no se limpia con un anillo de oro, por mucho que te empeñes en negarlo.
Te escribo porque me produce una mezcla de risa y lástima verte vivir en esa ignorancia idílica. Te crees libre, te crees realizada, pero no eres más que una niña asustada que se esconde tras los hombros de James Bernard para no mirar a la realidad de frente.