CAPÍTULO 4 JAMES #3
—Cuando se celebró el juicio —continuó Joselu, gesticulando con las manos—, terminó de sacar la artillería pesada.
Empezó a disparar a todos en plena frente: que si la acusación solo se sostenía por la percepción subjetiva de los empleados, que si el establecimiento disponía de cámaras que ese día, por “casualidad”, no funcionaban, que lo habíamos registrado y no había ni rastro del objeto... No dejó a nadie vivo. Conclusión...
—Absolución —terminé yo, con una sonrisa de suficiencia.
—Exacto. Su primera intervención y fue una actuación brillante.
Me quedé con cara de gilipollas. Cuando salimos, no pude evitar seguirla.
Vi cómo se sentó en un poyete cerca de la comisaría, con los hombros caídos por primera vez, como si toda la adrenalina se le hubiera escapado de golpe. No lo dudé y me dirigí a ella.
Me quedé en silencio, asimilando la imagen. Mía, la guerrera incansable, sentada a solas y derrumbada tras su primera victoria. Me habría gustado estar allí, pero me conformaba con saber que, desde ese primer día, ella ya era la fuerza de la naturaleza de la que me había enamorado.
—¿Y bien? —pregunté, inclinándome hacia delante, deseoso de saber qué ocurrió después de aquel despliegue de artillería en el juzgado.
—Pues encontré a otra chica —continuó Joselu, y su tono se volvió más suave, casi protector—.
Era una versión totalmente distinta a la que había visto en la Sala.
Estaba sentada en aquel poyete, respirando con dificultad, como si le faltara el aire.
Me senté a su lado y le pregunté si estaba bien.
Ella me miró con una cara que no olvidaré jamás… y me respondió que no.
Sentí un nudo en la garganta.
—Me dijo que eso no era lo suyo —prosiguió él—, que no sabía enfrentarse a los problemas. Decía que su pasado volvía a recordarle que no merecía estar allí, que una persona como ella no era capaz de hacer algo así. Se derrumbó, James. Y yo no pude hacer otra cosa que abrazarla.
Apoyé mis codos en la mesa y hundí las palmas de mis manos en mi frente, ocultando por un segundo la intensidad de mis emociones.
Escuchar eso me dolía en el alma. Me dolía el corazón al imaginarme a Mía así.
Recordé todo lo que ella había tenido que pasar, todas las veces que me había confesado que se sentía insuficiente y, todo, porque su progenitor decidió que ella no valía la pena.
—Cuando se tranquilizó —continuó Joselu sacándome de mis pensamientos—, le dije que, a pesar de llevar yo cinco años en el cuerpo, aquella había sido la mejor actuación que había visto nunca.
Y que si me decía que era su primera vez, mi asombro era aún mayor.
Le juré que esa virtud no podía desaprovecharla, que mandara a la mierda su pasado; que lo que hubiera dejado atrás no podía interponerse en el futuro tan brillante que tenía por delante.
Levanté la vista y vi la sinceridad en los ojos de Joselu. En ese momento, cualquier rastro de celos o recelo desapareció. Solo sentía gratitud porque él hubiera estado allí cuando yo todavía no existía en su vida.
—Ella me sonrió y ahí fue cuando mis pensamientos y sentimientos hacia ella cambiaron —confesó Joselu con naturalidad—.
No puedo explicarte qué fue lo que pasó o lo que me removió, pero quise protegerla, cuidarla y ayudarla en todo.
Y, más aún, cuando me ofrecí a acompañarla a su casa y ella me dijo que no, que tenía que volver al despacho.
Le dije que era tarde, que eran las siete de la tarde, y me contestó con una tristeza que me partió en dos: “No hay nadie esperándome”.
Cerré los ojos con fuerza. Esa frase fue como una puñalada. Saber que Mía volvía a un despacho vacío porque no tenía a nadie... me quemaba por dentro.
—Me comentó que no tenía familia —añadió él—, que solo tenía a un par de amigas con las que compartía piso. A partir de ahí mantuvimos el contacto. No quería que se subestimara porque, joder, James, tú lo sabes mejor que nadie… ella vale oro.
—Lo sé —afirmé con la voz firme, aunque cargada de emoción—. Es increíble. A pesar de todo lo que pasó, de toda la soledad y el desprecio que recibió, sigue dándolo todo por los demás sin pensar un segundo en ella misma.
Me quedé mirando el fondo de mi taza de café, dándome cuenta de que Mía no solo era la mujer que yo amaba; era una superviviente que había aprendido a brillar en la oscuridad más absoluta.
Y me juré a mí mismo, una vez más, que mientras yo respirara, jamás volvería a sentir que no hay nadie esperándola al final del día.
—Por eso lo haces —dije, más para mí mismo que para él—. Por eso, cada vez que la ves, reaccionas así con ella. La piropeas, y no solo físicamente, sino por su dedicación constante.
Joselu asintió lentamente, dándole un último sorbo a su café ya frío.
—Exacto, James. Quiero que no olvide, ni por un segundo, que ella está donde está gracias a ella misma. Ni por su apellido, ni por la suerte, ni por nadie más. Se lo ha ganado a pulso, sangrando en cada paso del camino.
Apoyé la espalda en la silla, suspirando. Entendía perfectamente ese impulso. Yo también pasaba gran parte de mis días intentando que Mía se viera a través de mis ojos: como la mujer brillante, terca y capaz que es, y no como la víctima que Diego Beltrán intentó crear.
—Te entiendo mejor de lo que crees —confesé con sinceridad—. Yo hago lo mismo. A veces parece que tiene una venda en los ojos que le impide ver lo increíble que es.
Joselu sonrió, esta vez con una complicidad que eliminó cualquier rastro de la tensión que habíamos tenido al principio de la tarde.
—Me alegra que seas tú quien esté a su lado ahora, James. Sé que está en buenas manos. Y sé que lucharéis contra ese “as en la manga” que me ha dicho que tiene su padre.
—Puedes estar seguro de eso —sentencié, y mi voz sonó tan dura como el acero—. Por Mía, soy capaz de quemar el mundo entero. Y si Diego Beltrán cree que puede volver a jugar con su mente, es que no tiene ni idea de quién está ahora a su lado.
Medité si contarle a Joselu lo que estaba tramando. Finalmente decidí que sí, que se lo merecía.
—Y sobre eso… —dije, bajando la voz y clavando la mirada en Joselu—, no quiero que Mía vuelva a ver a su padre. No voy a permitirlo. No quiero que ese malnacido intente persuadirla ni jugar con su mente usando a un hermano que ni siquiera sabemos si existe.
Joselu asintió con gravedad, comprendiendo perfectamente el peligro. Diego Beltrán era experto en detectar la necesidad de afecto y usarla como un arma.
—He tomado una decisión —continué, con el tono frío y decidido que usaba para cerrar mis mejores casos—.
Voy a empezar a buscar a ese supuesto hermano por mi cuenta.
Necesito saber la verdad antes de que él la use para destruirla.
Voy a llamar a Ris. Es un viejo amigo, un detective privado de los que no dejan piedra sin remover.
Le pediré que indague hasta el último rincón de la vida de Diego Beltrán.
Si hay un hijo por ahí, Ris lo encontrará.
Joselu me miró con respeto y no dudó ni un segundo en inclinarse al frente.
—Cuenta con mi ayuda en lo que necesites, James —me dijo con firmeza—. Desde comisaría puedo intentar cruzar algunos datos de forma discreta.
—Lo tendré en cuenta, gracias —respondí, estrechándole la mano sobre la mesa.