Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 4 JAMES #2
11%

CAPÍTULO 4 JAMES #2

Allí estábamos, sentados en una mesa de la cafetería, esperando.

De repente, lo vimos aparecer por la puerta.

Reconocí su silueta al instante: era alto, mediría 1,90 seguro, con el pelo negro como el azabache y unos ojos oscuros que analizaban todo a su paso.

Era el tipo de hombre que hacía que las mujeres se giraran a su paso.

Siempre había tenido esa pequeña espina de sospecha con él; aunque Mía me dijo que siempre habían sido muy buenos amigos, yo no olvidaba cómo la piropeaba cada vez que tenía ocasión y hoy, evidentemente, tampoco la iba a dejar pasar.

Joselu se acercó a la mesa con paso seguro.

—Pero bueno, Mía… estás guapísima, como siempre —soltó nada más vernos.

Era una obviedad, lo sabía, pero oírlo salir de su boca delante de mí no es que fuera precisamente algo que me fascinara. Sentí cómo se me tensaba la mandíbula, pero mantuve la compostura.

—Gracias, Joselu —respondió ella con naturalidad.

—¿Qué pasa, James? Encantado de volver a verte —dijo él, tendiéndome la mano con firmeza—. Y enhorabuena a los dos por la boda.

—Muchas gracias, Joselu —contesté, devolviéndole el apretón.

Tras pedir los cafés, el tono de la conversación se volvió más serio. Joselu se inclinó hacia delante, mirando a Mía con genuino interés.

—¿Cómo te encuentras, de verdad? ¿Qué ha pasado con todo el tema de tu padre tras el juicio?

Mía le resumió la situación. Le contó lo de su esguince de tobillo y cómo Diego Beltrán había terminado de nuevo tras las rejas.

Al parecer, no éramos las únicas víctimas de sus engaños; había intentado estafar a media ciudad y sus antecedentes penales terminaron de hundirlo. Esta vez no hubo fianza que lo salvara.

—No me extraña nada —comentó Joselu, negando con la cabeza—. Solo con verlo se nota que no es un tipo recto. Me enfrento a muchos como él a diario; tiene la palabra “delincuente” escrita en la frente con letras mayúsculas.

—Pues sí, es una rata de alcantarilla —sentencié yo, sin filtros.

—Por lo que vi en las noticias y por lo que me estuvo comentando Mía por WhatsApp —dijo Joselu, dirigiéndose directamente a mí—, el juicio salió a pedir de boca.

—Sí —asentí, mirándolo a los ojos con sinceridad—. Y en parte fue gracias a ti. Si no llega a ser por ese bolígrafo que le regalaste a Mía, no habría podido demostrar que aquella conversación existió. Te debo mi libertad, Joselu. Muchas gracias.

Él sonrió, restándole importancia con un gesto, pero se le veía satisfecho.

—Nunca pensé que guardarías ese bolígrafo durante tanto tiempo, Mía. Y mucho menos imaginé que serviría para algo así. Me alegro muchísimo de que haya sido útil.

Mía soltó una pequeña risa y acarició la taza de café.

—Claro que lo guardé. Durante todos estos años ha estado conmigo. Es el mejor regalo que me han hecho nunca: útil, práctico y, al final, salvavidas.

Todos estallamos en una carcajada, relajando por fin la tensión. Me di cuenta de que, aunque Joselu fuera un tipo imponente y demasiado amable con mi mujer, era un hombre de honor. Y en mi mundo, eso valía más que cualquier otra cosa.

Charlamos un rato más sobre cómo nos iba la vida de recién casados.

Les contamos algunas anécdotas más de Grecia y cómo estábamos lidiando con el desembarco en la rutina madrileña.

Joselu escuchaba con atención, con esa calma que solo tienen los que están acostumbrados a lidiar con el caos a diario.

—Tengo que irme ya —dijo Mía, consultando su reloj con un gesto de resignación—. La reunión empieza en nada y no quiero llegar tarde.

—Vale, mi amor —le dije, dándole un beso suave en la sien—. Yo me quedo un rato más con Joselu, si es que él no tiene prisa.

Mía me miró con una ceja levantada, esa expresión que gritaba que sabía perfectamente que algo tramaba, pero decidió no indagar delante de su amigo.

—Ninguna, tengo la tarde libre —contestó Joselu con una sonrisa tranquila.

—De acuerdo… —asintió Mía, todavía con ese rastro de sospecha en la mirada—. Pues luego nos vemos en casa, James. Hasta pronto, Joselu —le dijo mientras le daba un abrazo.

Cuando Mía cruzó la puerta de la cafetería y su silueta desapareció entre la gente de la calle, el ambiente en la mesa cambió por completo.

Nos quedamos en silencio unos segundos. Era una situación incómoda, para qué engañarnos; era la primera vez que estábamos solos y nuestro único punto de unión acababa de marcharse.

Me aclaré la garganta y decidí que lo mejor era atacar de frente.

—Te voy a ser sincero, Joselu —empecé, clavando mis ojos en los suyos—. Cuando te conocí, lo primero que pensé fue que querías meterte en sus bragas.

Joselu se quedó congelado un microsegundo antes de soltar una carcajada limpia, de esas que retumban en todo el local y que hacen que la gente de las mesas de al lado se gire.

—¿En serio? —preguntó, todavía riendo.

—En serio. Es más, se lo dije a ella —admití, encogiéndome de hombros—. En aquel momento no éramos nada y no es que hubiera mucha delicadeza por mi parte. Estaba celoso, aunque en ese momento no supiera que lo estaba.

—Te ganaste un bofetón seguro —dijo él, secándose una lágrima de la risa.

—Me faltó poco —le confesé con una media sonrisa—. Creo que me salvó el hecho de que iba conduciendo y no quería que acabáramos contra una farola.

Volvimos a reírnos, y la tensión que había flotado sobre la mesa se disipó como el humo. Joselu dejó su taza sobre el plato y su expresión se volvió un poco más seria, más reflexiva.

—Nunca he tenido nada con Mía, James —dijo con sinceridad—. Quiero que lo sepas.

—No hace falta que me des explicaciones —le interrumpí—. Y, aunque así fuera, es su pasado. Como ella misma me dijo en su momento, yo también he tenido demasiadas “movidas”, por decirlo de algún modo, antes de ella. No soy quién para juzgar.

—Lo sé, pero igualmente, quiero que lo tengas claro por el respeto que le tengo a ella y a ti. Y si estamos siendo sinceros —añadió, recostándose en la silla—, es cierto que cuando la vi por primera vez, el primer pensamiento que tuve fue que quería volver a verla otra vez. Joder, es que Mía es…

—Irresistible —completé yo, usando la palabra que Enzo había elegido para el juego del sábado.

—Exacto —reímos los dos—. Es una mujer hermosa, de esas que no pasan desapercibidas.

La primera impresión te podría confirmar esa sospecha que tuviste, pero después, cuando la conocí de verdad, el sentimiento que creció por ella fue mucho más allá de una atracción física.

Se convirtió en lealtad, en una amistad de las que no se rompen.

Me quedé mirándolo, apreciando su honestidad. Me di cuenta de que Joselu era, probablemente, una de las pocas personas que conocía a la verdadera Mía, la que existía antes de que yo apareciera para poner su mundo del revés.

—¿Cómo os conocisteis? —le pregunté, sintiendo una curiosidad genuina que nunca me había atrevido a mostrar antes—. La verdad es que nunca se lo he preguntado a ella.

—Pues nos conocimos en comisaría —soltó Joselu, recostándose en la silla con una sonrisa nostálgica.

—¡¿Qué?! ¡¿Estaba detenida?! —pregunté, casi escupiendo el agua que acababa de beber.

Joselu estalló en una carcajada.

—No, no... nada de eso. En ese momento ella estaba trabajando, creo de pasante o como se llame, en Averis Lawyer.

Ya sabes cómo son esos despachos grandes; quieren venderle al mundo la imagen de que ayudan a los más necesitados y estaban inscritos en el turno de oficio. Le asignaron uno de esos casos a ella.

Sentí una punzada de orgullo mezclada con una curiosidad que me quemaba. Me imaginaba a Mía en sus inicios, abriéndose paso en este mundo de tiburones.

—Cuando la vi entrar... —continuó Joselu, y sus ojos parecieron perderse en el recuerdo—, con ese pelo rubio recogido en un moño desaliñado, que no ha cambiado tanto...

Ambos reímos. Era cierto, ese moño era su marca registrada cuando el trabajo la sobrepasaba.

—Entró preguntando a todos mis compañeros a dónde debía dirigirse para ver a un detenido. Yo, desde mi mesa, solo rezaba para que fuera yo el que tuviera que atenderla.

Que Joselu me estuviera contando estas cosas sobre mi mujer, describiendo cómo se fijó en ella, no era algo que me entusiasmara precisamente. Él debió notar el cambio en mi cara, porque la mandíbula se me tensó de forma instintiva.

—Perdóname, James. Sé que no es necesario que te diga esto, pero es para que entiendas que... joder, ves entrar a ese pibón y te desarma por completo. No puedes evitarlo.

—No te preocupes —dije, restándole importancia con un gesto de la mano, aunque por dentro mi instinto territorial estaba aullando.

—Y, efectivamente, yo era el que llevaba el caso de su detenido —prosiguió él, ajeno a mi tormenta interna—. En ese momento la miré y pensé: “Pobre chica, su primer caso, su primera vez en una comisaría... la voy a hacer sudar un rato”.

—¿Y lo hiciste? —pregunté, arqueando una ceja. Conocía a Mía y sabía que subestimarla era el primer paso hacia el desastre.

—¿Tú qué crees? —rio Joselu de nuevo—. Esa chica de aspecto inocente sacó su ametralladora y empezó a disparar sin previo aviso.

Me preguntó por los hechos; era un simple caso de hurto en un supermercado.

Le dije que tenía un juicio rápido en unos minutos y ella me contestó, con una mirada desafiante, que sin ver las actuaciones y todas las pruebas no se celebraría absolutamente nada. Primera bala al brazo.

Me incliné hacia delante, disfrutando de la historia a pesar de todo. Podía ver la escena perfectamente.

—Así que le tuve que dar todo el expediente.

Lo examinó en un tiempo récord. Me preguntó si habíamos utilizado violencia y le dije que no.

Me preguntó si lo habíamos cacheado para saber si llevaba algo encima y le dije que sí.

Imagínate su cara de triunfo cuando me soltó: “¿Y bien?”.

Segunda bala a la pierna. Tuve que confesarle que no habíamos encontrado nada.

Sonreí al imaginarme a Mía enfrentándose Joselu.