Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 4 JAMES
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CAPÍTULO 4 JAMES

El domingo amaneció con esa luz suave que solo parece existir cuando no tienes ninguna prisa por despertar.

Estuvimos en la cama mucho más tiempo de lo normal; se había convertido en mi lugar favorito del mundo.

Ver a Mía así, desnuda a mi lado, con el cabello alborotado sobre la almohada y la piel aún cálida por el sueño, me hacía sentir que lo tenía todo. No quería nada más.

Pero, por desgracia, el deber familiar nos llamaba. Habíamos quedado con mis padres para almorzar y ponernos al día tras nuestra vuelta de Grecia.

Nos pusimos en marcha hacia su casa. Es una construcción imponente, de líneas clásicas pero con un calor que la hace extrañamente acogedora. A Mía siempre le había fascinado.

No tardamos ni diez segundos en entrar cuando mis padres aparecieron en el vestíbulo para saludarnos. Mi madre, como siempre, fue un torbellino de elegancia y entusiasmo.

—¡Mía, querida! Estás increíble —exclamó mi madre, envolviéndola en un abrazo—. Qué bronceado más bonito traes, te sienta de maravilla. Y este vestido... es simplemente increíble, me encanta. ¿De quién es? ¿Lo compraste en alguna boutique de las islas?

Desconecté de la retahíla de preguntas estéticas de mi madre. Siempre se había jactado de lo elegante y hermosa que es Mía, y la verdad es que no le faltaba razón; hoy estaba radiante, aunque notaba una sombra de cansancio en sus ojos que solo yo sabía detectar.

Tras saludar a mi padre con un apretón de manos firme y un medio abrazo, nos dirigimos al porche trasero acristalado.

Con el calor sofocante que hacía en Madrid, era el único sitio donde se podía estar al aire libre sin derretirse.

Mientras les contábamos anécdotas de la luna de miel y cómo iba la transición en el despacho, la ayudante de mi madre trajo unos aperitivos suculentos.

Me fui directo a por unos blinis de salmón ahumado con crema de eneldo.

—Prueba esto, amor —le dije, acercándole uno a los labios.

—No me gusta el salmón ahumado, James —murmuró ella, apartándose un poco.

—Pruébalo, hazme caso. Está delicioso, el toque del eneldo lo cambia todo —insistí con una sonrisa.

Ella rodó los ojos, pero acabó aceptando el bocado. Masticó despacio, analizando el sabor.

—No está mal —admitió con una mueca—, pero sigue sin ser de mi gusto.

—Más para mí —bromeé, dándole un trago a mi copa de vino.

De repente, mi madre, a la que nadie gana en ser directa y soltar bombas cuando menos te lo esperas, dejó su copa sobre la mesa y nos miró fijamente.

—Bueno, ya está bien de hablar de barcos y de Grecia. ¿Cuándo pensáis darme un nieto?

Mía que, en ese momento estaba bebiendo, empezó a toser con fuerza, claramente incómoda por la pregunta. Sentí cómo se tensaba a mi lado. Intervine de inmediato, antes de que el agobio la superara.

—Mamá, por favor —dije con tono de advertencia—. Acabamos de aterrizar. No hemos pensado en eso todavía, tenemos mucho trabajo por delante.

—Ay, James, no seas tan cuadriculado —se quejó ella—. No quiero ser demasiado mayor para cuidar a mis nietos y, seamos sinceros, sois mi única esperanza. Un niño corriendo por este jardín sería lo que le falta a esta familia.

Mía no podía articular palabra; se había quedado pálida y mantenía la vista fija en su plato. Mi padre, detectando la tensión que empezaba a ser insoportable, decidió intervenir.

—Déjalos tranquilos, mujer. Tienen toda la vida por delante —dijo mi padre—. Cuéntame, James, ¿cómo ha entrado ese nuevo asunto que me comentaste por teléfono? El de la constructora.

“Bien hecho, papá “, pensé, agradecido por el cambio de tema.

Empecé a explicarle los detalles del nuevo caso, intentando que el ambiente volviera a la normalidad.

Pero, mientras hablaba, noté que Mía se revolvía en la silla y, de repente, se ponía una mano en la boca.

Sin decir una sola palabra, se levantó de la mesa bruscamente y salió corriendo hacia el interior de la casa.

—¿Mía? —la llamé, levantándome yo también, con el corazón empezando a latir con fuerza contra mis costillas—. ¡Mía!

Miré a mis padres, que se habían quedado de piedra, y salí tras ella. Algo no iba bien.

La seguí por el pasillo, con el corazón martilleando contra mis costillas por la preocupación.

Vi que se dirigía hacia el aseo de la planta baja; entró como un huracán, cerrando la puerta tras de sí, y antes de que yo pudiera siquiera alcanzar el pomo, escuché el sonido desgarrador de las arcadas. Mía estaba vomitando.

Entré en el aseo sin dudarlo, ignorando cualquier protocolo de privacidad. La vi encorvada sobre el sanitario, con los hombros temblando por el esfuerzo.

—¿Estás bien, amor? —le pregunté, acercándome para recogerle el pelo, pero ella me detuvo con un gesto débil de la mano.

—Dame un segundo, James… necesito estar sola —me contestó como pudo, con la voz entrecortada y los ojos empañados.

Me obligué a salir, aunque cada instinto de mi cuerpo me pedía quedarme a su lado.

Me quedé apoyado en el marco de la puerta, escuchando el sonido de sus náuseas y sintiéndome el hombre más inútil del mundo.

Mis padres no tardaron en aparecer, alertados por el revuelo.

Mi madre, que no sabe lo que es la palabra “filtro”, me miró con una mezcla de sospecha y esperanza.

—James… no estará embarazada, ¿verdad? —susurró, buscándome la mirada.

—Mamá, claro que no —respondí tajante, sabía perfectamente su calendario menstrual.

El sonido de las arcadas cesó por fin. Escuchamos el grifo abrirse y, tras unos minutos que se me hicieron eternos, Mía salió del baño. Estaba pálida, con unas gotas de agua todavía en las sienes, pero intentaba mantener la compostura.

—¿Estás mejor? —le pregunté de inmediato, rodeándole la cintura con el brazo para asegurarme de que no se caía.

—Sí… creo que el salmón y yo no nos llevamos muy bien —dijo, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos.

Sentí una punzada de culpabilidad en el pecho.

—Perdóname, cariño. Ha sido mi culpa, he sido un pesado insistiendo en que lo probaras.

—Nunca me ha gustado, y ahora creo que directamente soy alérgica —contestó ella, intentando quitarle importancia al asunto.

—Pues fíjate, yo soy alérgica al plátano, algo nunca visto —intervino mi madre, suavizando el ambiente—. A partir de ahora, nada de salmón cuando vengas, queda prohibido en esta casa.

—Gracias, Gloria —susurró Mía.

—¿Te encuentras mejor, hija? —preguntó mi padre, con ese tono paternofilial que siempre usaba con ella.

—Sí, volvamos a la mesa.

Regresamos al porche y la comida continuó, pero ya nada era igual.

La atmósfera de celebración se había disipado.

Noté que Mía apenas tocó su plato; picoteaba algo de pan, pero se limitaba a dar pequeños sorbos a su vaso de agua.

La notaba alicaída, extrañamente cansada, como si cada palabra que pronunciaba le costara un esfuerzo sobrehumano.

Mis sospechas se confirmaron en cuanto cruzamos el umbral de nuestra casa. Eran apenas las cinco de la tarde.

—James… quiero echarme un rato —me dijo mientras dejaba las llaves en la mesa del recibidor.

Aquello era totalmente inusual en ella. Mía es un torbellino, una mujer que no sabe estarse quieta ni aunque el mundo se esté cayendo a pedazos. Pero esta vez no protesté; me limité a asentir y a darle un beso tierno en la frente.

—Descansa. Te vendrá bien. Si necesitas algo, avísame.

La vi subir las escaleras con paso lento y me quedé allí, en silencio, procesando la situación.

Lo entendía perfectamente. Habíamos tenido unos meses salvajes: el juicio, la boda, su padre, la luna de miel, Vanessa y, ahora, la vuelta brusca a la rutina y a la realidad.

Era normal que el cuerpo le estuviera pasando factura.

El estrés acumulado tenía que salir por algún lado.

Me senté en el sofá, dejando que el silencio de la casa me envolviera mientras sostenía un vaso de agua entre las manos.

El frío del cristal contrastaba con el hervidero que era mi cabeza en ese momento.

Miré hacia la escalera, sabiendo que Mía descansaba arriba, y sentí esa punzada de responsabilidad que me atravesaba el pecho cada vez que la veía vulnerable.

Diego Beltrán. Incluso tras las rejas, ese hombre se las apañaba para ser un parásito en nuestra felicidad.

Estaba en la cárcel, sí, y el procedimiento contra él y contra Vanessa por denuncia falsa seguía su curso, implacable.

Pero no era suficiente. El “as bajo la manga” —ese supuesto hermano— y la advertencia de Vanessa en la oficina, eran nubarrones que no iba a permitir que descargaran su tormenta sobre Mía.

Ella y yo éramos uno, y yo me tomaba esa unión de forma literal.

Sus quebraderos de cabeza eran los míos.

Sus miedos eran mis objetivos a batir. Mía necesitaba que yo fuera el muro que detuviera el golpe, no el que simplemente la ayudara a levantarse después.

Ella dormía arriba, confiando en que yo cuidaría de ella, de nosotros, y eso era exactamente lo que iba a hacer.

La semana arrancó golpeando fuerte. El lunes fue un desfile de quebraderos de cabeza, reuniones interminables que parecían no llevar a ninguna parte y ese estrés maldito que, aunque creía haber dejado en las islas griegas, volvió a ser mi sombra en cuanto pisé el bufete.

El martes, Mía me comentó que iba a verse con Joselu, su amigo policía.

Él quería saber de primera mano cómo estaba ella después de todo el huracán del juicio y lo ocurrido con su padre.

Iba a ser solo un café rápido, ya que ella tenía una reunión importante después.

No dudé ni un segundo: le dije que quería acompañarla.

No solo para marcar territorio —que también, para qué nos vamos a engañar—, sino porque realmente sentía que le debía un agradecimiento personal a ese hombre por su ayuda.

Mía me miró con una cara de adoración absoluta, de esas que me desarman, y me dio las gracias con una sonrisa dulce.