CAPÍTULO 3 MÍA #2
—Lo siento mucho, románticos y narcisistas —dijo Enzo con una alegría contagiosa—. Todos habéis fallado. La pista era algo irresistible, sí... ¡pero la palabra secreta era “Pizza”. Y como habéis fallado... ¡todos al agua!
—¡¿Qué?! ¡Eso es trampa, Enzo! —gritó Adri levantándose de un salto.
—¿Cómo va a ser la pizza? —gritó Cami de otro salto.
—¡Eres un idiota, la pizza no es irresistible después de haberte comido dos cajas! —protesté yo, indignada, levantándome, con tiro de cojín a la cara incluido, olvidándome por completo de que solo llevaba puesta mi lencería negra. ¡No me gusta perder ni a las canicas!
En ese momento, el jardín se quedó en silencio.
Las protestas de las tres murieron en el aire cuando nos dimos cuenta de que los cuatro chicos nos miraban embelesados.
James devoraba con la vista cada curva de mi cuerpo, con esa mezcla de adoración y hambre que siempre me ponía a temblar.
Eric no podía apartar los ojos de Cami, y Liam y Enzo se intercambiaron una mirada de victoria.
Sin hablar, los cuatro se levantaron a la vez. Hubo una comunicación masculina, rápida y silenciosa, que nos hizo dar un paso atrás.
—¡No! ¡Ni se os ocurra! —chilló Cami.
Pero fue inútil. James me atrapó antes de que pudiera correr, cargándome sobre sus hombros. Escuché los gritos de Adri y Cami mientras los demás hacían lo mismo. Entre gritos ahogados y risas, sentí el aire frío antes del impacto.
¡PLASH!
El agua estaba fría, gélida, recordándonos que, aunque fuera verano, la noche madrileña no perdonaba. Salí a la superficie escupiendo agua, apartándome el pelo de la cara, y vi a los chicos en el borde partiéndose de risa.
—¡James Bernard, eres hombre muerto! —le grité.
Me acerqué al bordillo, y cuando me iba a ayudar a subir, tiré con todas mis fuerzas y lo arrastré hacia adentro. James cayó con un estruendo, salpicando a todos. Cuando salió a la superficie, antes de que pudiera escapar, me agarró de la cintura y me sumergió con él.
Al emerger, el mundo exterior desapareció. James me aprisionó contra la pared de la piscina. Sus manos, cálidas y firmes, se hundieron en mi pelo mojado.
—Me da igual la pizza, Mía —susurró, con los ojos oscuros fijos en mis labios—. Para mí, lo único irresistible en este mundo eres tú.
Y me devoró. Fue un beso urgente, cargado de la pasión que habíamos estado conteniendo durante todo el juego.
El frío del agua desapareció, reemplazado por el fuego que siempre estallaba cuando estábamos así de cerca.
Sus labios sabían a cloro, a ron y a una necesidad desesperada.
Me apretó contra su pecho desnudo, y yo rodeé su cuello con mis brazos, fundiéndome con él mientras las risas de nuestros amigos se volvían un murmullo lejano.
Después de que las risas se calmaran un poco y el frío del agua empezara a calarnos de verdad —ya que acabamos todos en la piscina—, salimos de ella como pudimos, chorreando y dejando un rastro de agua por todo el porche. Fui a por un cargamento de toallas limpias y busqué mudas para todos.
—Bueno —dijo Liam mientras se secaba el pelo con brío, ya enfundado en uno de los pantalones de chándal de James que le quedaba un poco corto—, he decidido que voy a ir dejando una muda oficial en esta casa. A este paso voy a acabar viviendo aquí de viernes a domingo.
James, que estaba terminando de secarse el pecho, soltó una carcajada y le lanzó la toalla mojada a la cara.
—Si te quedas a vivir, será en la caseta de nuestro futuro perro, Liam —replicó James con esa chispa de superioridad burlona que tanto los caracterizaba—. Y eso si el perro no tiene objeciones, porque él, al menos, sabrá cuándo guardar silencio.
—¡Qué herida en el orgullo! —exclamó Liam dramáticamente—. Vámonos. Aquí no aprecian mi valor como activo doméstico.
Entre bromas y abrazos, los fuimos despidiendo a todos. El silencio regresó a la casa de golpe, rompiendo la burbuja de ruido y risas que nos había rodeado toda la noche. James cerró la puerta principal con un clic metálico que resonó en el vestíbulo y, sin mediar palabra, se dio la vuelta.
Se quedó allí, apoyado contra la madera, mirándome. Sus ojos estaban oscuros, cargados de esa intensidad que yo conocía bien: se avecinaba una tormenta.
—Toda la noche, Mía —dijo con la voz ronca, una octava más baja de lo normal—. Llevo toda la puta noche desesperado por tenerte así, a solas, sin amigos, sin juegos, sin cojín que nos separe.
Di un paso hacia él, todavía con el pelo húmedo y sintiendo el ligero temblor de la adrenalina.
—¿Ah, sí? —pregunté con una sonrisa traviesa—. ¿No te has cansado de mí todavía? Después de dos semanas teniéndome a todas horas en la luna de miel, pensé que estarías deseando perderme de vista un rato.
James no esperó a que terminara la frase. Acortó la distancia entre nosotros en un segundo, me tomó la cara entre las manos y me besó con una urgencia que me dejó sin aliento.
—Jamás —susurró contra mis labios antes de darme otro beso corto y voraz—. Nunca podría cansarme de ti.
Otro beso, más profundo esta vez.
—Eres mi droga, Mía. Mi maldita perdición.
Me besó de nuevo, bajando por mi mandíbula hasta el cuello, haciéndome jadear.
Sin romper el contacto, sus manos bajaron hasta mis muslos y, con un movimiento ágil y experto, me levantó en vilo.
Instintivamente, enlacé mis piernas alrededor de su cintura, aferrándome a sus hombros mientras él subía las escaleras con paso firme, como si no pudiera esperar un segundo más para llegar a nuestra habitación.
En cuanto cruzamos el umbral, la puerta se cerró tras nosotros y el mundo exterior dejó de existir.
James me depositó sobre la cama con una urgencia contenida, pero antes de que pudiera hundirme en el colchón, su cuerpo ya estaba reclamando el suyo.
Sus manos, aún con ese rastro de humedad y calor, se deslizaron bajo la fina tela de la muda que me había puesto, deshaciéndose de ella con una destreza que me hizo estremecer.
Sus ojos, oscuros de pasión en ese momento, no se apartaban de los míos.
—Te he imaginado así cada minuto de esta noche —gruñó, bajando para besar la curva de mi cuello mientras sus dedos trazaban el contorno de mis caderas con una presión que me marcaba—. Ver cómo te miraban, ver cómo te reías... solo quería que se fueran todos para poder devorarte.
Me arqueé hacia él, buscando el contacto de su piel desnuda contra la mía.
El contraste era fuego puro. James empezó a besarme con una veneración que me dejaba sin aliento; sus labios recorrieron mi clavícula, descendieron por el nacimiento de mis pechos y se detuvieron allí donde mi pulso latía desbocado.
Cada caricia suya era una reclamación. Sus manos bajaron para separarme las piernas con suavidad pero con una determinación que me hizo soltar un gemelo ahogado.
Cuando sus dedos me encontraron, húmeda y palpitante de deseo por él, cerré los ojos con fuerza, aferrándome a sus hombros anchos.
James no tenía prisa; quería saborear cada reacción, cada estremecimiento de mi cuerpo bajo el suyo.
—Mírame, Mía —me pidió con voz ronca.
Abrí los ojos y lo encontré allí, cerniéndose sobre mí, con los músculos tensos y el deseo vibrando en cada fibra de su ser.
Cuando finalmente se unió a mí, la sensación de plenitud fue abrumadora.
Sus manos seguían recorriendo mi piel con una veneración casi religiosa, memorizando cada curva, cada cicatriz, como si fuera la primera vez y la última.
—Te amo, Mía —gruñó cerca de mi oído mientras sus movimientos se volvían más intensos, más profundos—. Eres lo que siempre soñé, aunque no lo supiera.
No hubo tiempo para más preámbulos. Los dos sabíamos lo que queríamos y lo queríamos ya.
Nos buscamos con una pasión que quemaba, una danza de piel contra piel donde las respiraciones se acompasaban y los corazones latían al mismo ritmo desbocado.
James comenzó a moverse con un ritmo lento y profundo al principio, obligándome a sentir cada centímetro de su miembro en mi interior.
Sus manos se entrelazaron con las mías, anclándome al colchón mientras el placer empezaba a subir en olas imparables.
La intensidad fue aumentando, sus embestidas se volvieron más urgentes, más hambrientas, y yo le respondía con la misma desesperación, envolviéndolo con mis piernas, atrayéndolo más y más hacia mi centro.
El mundo exterior —la oficina, Vanessa, mi padre, ese supuesto hermano— se desintegró por completo.
Solo existía el roce de nuestras pieles sudorosas, el sonido de nuestras respiraciones entrecortadas y ese fuego que amenazaba con consumirnos.
Cuando el clímax nos alcanzó, fue como una explosión de luz que nos dejó temblando y exhaustos, aferrados el uno al otro como náufragos que finalmente han encontrado tierra firme.
Nos quedamos abrazados en la penumbra, recuperando el aliento mientras el eco de la tormenta se desvanecía, dejando paso a la calma más absoluta que jamás había conocido.
Estábamos en casa. Estábamos juntos. Y, por primera vez, sentía que el futuro realmente nos pertenecía.
Y allí, entre sus brazos, me quedé dormida con el sonido de su respiración, sabiendo que, aunque la tormenta de mi pasado estuviera acechando en la puerta, dentro de ellos era invencible.