CAPÍTULO 3 MÍA
Nos encontrábamos en la cocina, sumergidas en ese caos coreografiado que supone preparar una cena para tantos. Adri acababa de salir hacia la terraza cargada con una tanda de picoteo: aceitunas, patatas y una tabla de jamón y queso que Adri y yo habíamos seleccionado con mimo.
—Oye, Cami, ¿y tu verano? —preguntó Liam, apoyado en la encimera mientras abría una botella de vino—. Mientras estos dos han estado de luna de miel no te hemos visto el pelo. No has dado señales de vida, hija.
—Pues me cogí unos días en un hotelito en el sur —respondió Cami, centrada en cortar unas rodajas de pan—. Desde que fuimos a Sotogrande me quedé embelesada con la zona y necesitaba volver.
—¿Te fuiste sola? —insistió Liam con ese tono pícaro tan suyo, alzando una ceja.
—Sí, me fui sola. Necesitaba salir de la ciudad y pensar.
Aquello me hizo detener el cuchillo a mitad de un movimiento. Miré a mi amiga y sentí una punzada de inquietud. Cami no era de las que se iba de retiro espiritual a solas a menos que algo le estuviera quemando por dentro.
—¿Pensar en qué, amiga? ¿Estás bien? —pregunté, sin poder ocultar mi preocupación.
—Sí, estoy bien, pero, después de todo lo que ha pasado por aquí, necesitaba… aclarar mis ideas.
—¿Aclarar ideas? ¿De qué habláis? —preguntó Adri, reapareciendo en la cocina tras dejar el primer cargamento en la terraza.
—Nos ha dicho Cami que se fue de vacaciones sola —le resumí.
Adri soltó una risita cómplice y miró a Cami de una forma que lo decía todo.
—Sí, ¿y les has dicho por qué? —soltó Adri, lanzando el anzuelo.
Cami la fulminó con la mirada, una expresión que gritaba “cállate” , pero Adri no se amilanó.
—No me mires así, ¿les has contado lo que pasó en la boda? —la retó Adri.
—¿En la boda? ¿En mi boda? —inquirí yo, abriendo los ojos de par en par. ¿Qué me perdí mientras celebraba mi gran día?
—Suéltalo ya, Cami —intervino Liam con una sonrisa maliciosa—. O tendremos que hacerte un interrogatorio de poli bueno y poli malo. Y créeme, el poli malo sería Mía, así que desembucha antes de que saque a la bestia y las luces de neón.
Cami soltó un suspiro dramático, dejando caer los hombros en señal de rendición.
—¡Dios, Adri, para qué has sacado el tema! —exclamó, tomando aire antes de soltar la bomba—. Bueno, en tu boda... me volví a acostar con Eric.
—¿Volviste? —maticé de inmediato, cazando la palabra al vuelo—. Eso significa que había pasado más veces antes.
—Bien visto —me señaló Liam con el dedo, como si estuviera puntuando mi perspicacia—. ¿Cuántas veces, querida?
—¡Qué más da! —explotó Cami, aunque sus mejillas estaban empezando a arder—. La cuestión es que después de esa última vez me di cuenta de que no podía seguir así. Mis sentimientos por él son... no sé qué siento por él.
—Te has enamorado —sentencié, ya que no era una pregunta, era una certeza.
—¡No! No me he enamorado —negó ella demasiado rápido.
—Claro que sí, si no, no te afectaría tanto —rebatió Adri con lógica aplastante—. Sería sexo esporádico y sin complicaciones, como lo que has tenido en otras ocasiones. Pero ahora es distinto.
—Exacto, nunca te has ido de vacaciones sola para “pensar”, no me jodas, Cami —añadió Liam, disfrutando del cotilleo más que de los cócteles.
—Bueno, no sé lo que es, pero sé que así no podía seguir... —murmuró ella, con la mirada perdida en la bandeja.
De repente, como si lo hubiéramos invocado con el pensamiento, apareció la persona de la que estábamos hablando. Eric entró con esa seguridad natural suya, ajeno por completo a que acababa de ser el centro de nuestro debate nacional.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó bromeando—. ¿Os ha gustado tanto el trabajo del bartender que estáis preparando bebidas muy elaboradas o qué? ¿Os ayudo con algo?
La tensión en la cocina se podía cortar con el mismo cuchillo con el que yo cortaba el queso.
—No, gracias, ya íbamos para allá —soltó Cami con una rapidez sobrenatural.
Sin darle tiempo a reaccionar, agarró una bandeja sobre la mesa y se encaminó hacia la terraza a paso de marcha. Eric, un poco confundido pero sin perder la sonrisa, cogió la otra bandeja y la siguió.
Liam, Adri y yo nos quedamos en absoluto silencio, mirándonos con las cejas levantadas y “flipando” en colores.
No hacía falta decir nada; nuestras miradas hablaban por nosotros.
Nos lanzamos un aviso mudo: Eric era nuestro amigo, pero si le hacía daño a Cami, el mundo se le iba a quedar pequeño.
Nadie toca a una de las nuestras sin pagar las consecuencias.
La velada continuó fluyendo con esa magia que solo logramos nosotros.
Entre bocado y bocado de pizza, las anécdotas se entrelazaban con las carcajadas.
Liam, como de costumbre, era el director de orquesta de aquel caos divertido; tiene ese don de convertir cualquier comentario mundano en un monólogo digno de un teatro.
—En serio, James —dijo Liam mientras gesticulaba con un trozo de corteza de pizza—, ahora que eres el jefe supremo, espero que instales una fuente de chocolate en la recepción. Es fundamental para la salud mental de los pasantes. Y para la mía cuando vaya a verte.
—Liam, es un bufete de abogados, no el parque de atracciones de Willy Wonka —respondió James riendo.
—Detalles, James, simples detalles —replicó él guiñando un ojo—. Mía, convéncelo, que a ti te hace más caso. Si hay chocolate, prometo no aparecer por allí en calzoncillos… aunque viendo cómo va la noche, igual me estoy adelantando.
Como si sus palabras fueran una profecía, en cuanto terminamos de cenar, Liam dio un salto y se puso en medio de la terraza.
—¡Basta de charla civilizada! —exclamó con brillo travieso en los ojos—.
Vamos a jugar a “El Impostor del Cóctel”.
Sí, he adornado un poco el nombre. Es sencillo: uno de nosotros elige una carta en la que aparece una palabra maestra y da una pista, y los demás tenemos que decir la palabra que esté relacionada con esa palabra maestra.
Quien pierda cada ronda, es decir, la palabra que esté menos relacionada con la palabra maestra...
—hizo una pausa dramática— ¡debe quitarse una prenda de ropa!
—¡Ni hablar, Liam, el alcohol te ha afectado! —saltó Adri riendo.
—¡Estás loco! —añadí yo, aunque sabía que con él las batallas estaban perdidas de antemano.
—¡Por favor! —protestó Liam escandalizado—. No se asusten, por Dios. La ropa interior hoy en día es como un bikini, ¿a qué viene tanto dramatismo? Ni que estuviéramos en un convento.
El juego comenzó y, con él, la tensión oculta que flotaba en el aire estalló. Eric y Cami eran un espectáculo aparte.
—Cami, ¿lealtad? ¿En serio esa es tu palabra? —soltó Eric con una mirada cargada de segundas intenciones mientras se quitaba la camiseta tras perder la primera ronda.
Cami no se achicó. Le sostuvo la mirada, desafiante. Mientras, Liam, Adri y yo intercambiáramos miradas de “aquí pasa algo que no nos han contado”.
Al cabo de media hora, el panorama era digno de una comedia.
Eric estaba ya en calzoncillos, luciendo un cuerpo que, a juzgar por cómo Cami lo evitaba mirar, la ponía muy nerviosa.
Enzo resistía con calzoncillos y la camisa, mientras que James, que milagrosamente había ganado varias rondas gracias a su mente analítica, solo se había quedado en pantalones.
Cami, increíblemente, no había perdido ni una sola vez. Estaba intacta, ganando con una puntería sospechosa. Liam, el instigador, terminó en calzoncillos de dibujos animados, provocando las risas de todos.
—¡Esto no es justo! —protesté yo, quedándome en ropa interior negra de encaje y cogiendo un cojín como escudo—. Solo he perdido una ronda, ¡pero es que solo llevaba un vestido! ¡Me habéis dejado sin nada a la primera de cambio!
—¡Mala suerte, Mía! —se burló Liam, mirándome de arriba abajo—. Para la próxima vez vendrás con un traje de tres piezas, gabardina y bufanda. ¡Hay que venir preparada para la derrota!
Todos estallamos en carcajadas. La piel de gallina me recorría los brazos por la brisa nocturna, pero el calor de la risa —y el alcohol— y la mirada posesiva de James, me mantenían caliente.
Sus ojos oscuros me recorrieron con una intensidad que me hizo arder más que el sol de Grecia.
Se le caía la baba, literalmente; le importaba un bledo el juego, solo tenía ojos para el contorno de mi cuerpo bajo la luz de la piscina.
—¡Última ronda! —anunció Liam, recuperando la seriedad de forma cómica.
—¡Silencio todos! —anunció Enzo, asumiendo el papel de juez supremo con una sonrisa cargada de guasa—. Esta es la ronda final. La definitiva. El que pierda no se quita ropa... se va directo al agua.
Miramos el agua azulada de la piscina, que bajo los focos parecía un espejo perfecto. La tensión volvió a subir. Se hizo un silencio expectante. Enzo se aclaró la garganta, mirándonos uno a uno con una solemnidad fingida que no le pegaba nada.
—La pista de la palabra maestra es... “Algo que resulta irresistible”. Tenéis que averiguar la palabra con esa pista. Empezamos por ti, Liam.
—Fácil —dijo Liam, subiéndose a una silla en calzoncillos—. “Yo”. Mi reflejo en el espejo cada mañana.
—Egocéntrico, pero acepto la apuesta —rio Enzo—. ¿Adri?
— “Chocolate” —respondió Adri convencida.
—Un clásico. ¿Cami? —preguntó Enzo de nuevo.
Cami lanzó una mirada fugaz a Eric, una que duró apenas un milisegundo pero que lo dijo todo, antes de volver la vista al frente.
— “Tentación”.
Eric tensó la mandíbula y, cuando fue su turno, ni siquiera miró a Enzo. Sus ojos estaban clavados en Cami.
— “Piel”.
El aire se podía cortar con un cuchillo. Liam me dio un codazo suave y yo tragué saliva. Me tocaba.
— “Deseo” —dije, sintiendo el calor de James a mi espalda.
—Y para terminar... James —sentenció Enzo.
James no dudó. Me rodeó la cintura con un brazo, pegándome a su cuerpo de forma posesiva y su voz vibró en mi oído.
— “Ella”. Siempre es ella.
Hubo un coro de suspiros y burlas, pero Enzo, que seguía con su papel de Barman corrupto, negó con la cabeza mientras se levantaba con una sonrisa de oreja a oreja.