CAPÍTULO 2 JAMES
El aire en la sala de juntas se había vuelto denso.
Vanessa había dicho demasiadas cosas que, para mí, carecían de importancia.
Hablando claro: me importaba una mierda lo que quiso hacer y no hizo, o lo que intentó parar y no paró.
Al final, optó por la opción más cruel posible.
Aún tengo pesadillas con esos meses. Me veo a mí mismo apartado de Mía, lejos de mis amigos y de mi familia, encerrado en una perpetua oscuridad donde mi libertad y mi vida eran simples fichas en su tablero.
Jugaron conmigo, y eso es algo que no pienso perdonar. Jamás.
Me giré hacia Mía. La miré fijamente y vi en sus ojos esa expresión que conocí al principio: combativa, pero con una grieta de debilidad que intentaba camuflar.
Nombrar a su padre siempre la dejaba así, expuesta.
Y era lógico; se supone que ese hombre debía quererla y cuidarla incondicionalmente, pero en lugar de eso, la abandonó.
Y ahora, no conforme con el daño causado, pretendía destrozar todo lo que ella había construido sola, con el sudor de su frente y sus propias uñas.
—¿Qué piensas? —le pregunté, bajando el tono, intentando ser el ancla que necesitaba en ese momento.
—Que mi padre sigue estando ahí —respondió ella sin apartar la vista de la puerta cerrada—. Y que el as que tiene en la manga ya lo sabemos.
—¿De verdad crees que dice la verdad? —solté un bufido, incapaz de ocultar mi irritación—. Tu padre te ha demostrado que no es sincero, que solo busca su propio interés. ¿Por qué creerle ahora con el tema de que tienes un hermano? ¿Por qué darle ese poder?
—Hay algo dentro de mí que me dice que es verdad, James —contestó en un susurro.
Me acerqué a ella, acortando la distancia hasta que pude sentir su respiración errática.
—¿Crees que es verdad... o es que quieres creer que es verdad?
Mía me miró en silencio, comprendiendo el fondo de mi pregunta. Sabía que estaba hurgando en su herida más profunda, pero necesitaba que fuera realista. La esperanza, en manos de su padre, era un arma de doble filo.
—He estado sola toda mi vida, James —dijo con una sinceridad que me partió el alma—. Tener un hermano... significa que hay alguien más ahí fuera que comparte mi propia sangre, alguien que no es él.
—Ya no estás sola, Mía. Me tienes a mí, tienes a mi familia que te adora, a tus amigos en lo bueno y en lo malo... —le tomé las manos, apretándolas con fuerza—. No necesitas buscar nada en tu pasado.
—Lo sé... —murmuró.
—Pero... —instigué, sabiendo que había un “pero” colgando de sus labios.
—No lo sé, James. Es superior a mí.
La angustia me recorrió el pecho. Conocía a Mía; sabía que cuando una idea se le metía en la cabeza, era capaz de incendiar el mundo para llegar al fondo.
—No vas a ir a ver a tu padre, ¿verdad? —la obligué a mirarme a los ojos, con el miedo filtrándose en mi voz—. Mía, mírame. Dime que no vas a buscarlo.
Tardó más de lo necesario en contestar. Pude verla librar una batalla feroz entre su cabeza, que le gritaba que huyera de ese hombre, y su corazón, que buscaba desesperadamente la pieza que le faltaba. El silencio se prolongó hasta que, finalmente, asintió.
—No —dijo al fin—. No hablaré con él.
Quise creerla. Quise pensar que con eso bastaba, pero en el fondo de mi mente, la advertencia de Vanessa sobre Diego y su “as bajo la manga” seguía zumbando como una mosca cojonera.
Mi instinto me decía que esto no era más que el principio de una guerra para la que ella no estaba preparada, pero esta vez yo sí lo estaba.
El resto de la semana se evaporó entre reuniones infinitas, la preparación de casos con señalamientos inminentes y esa montaña de tareas administrativas que ahora, como sustituto de mi padre, me veía obligado a gestionar.
Era agotador, pero necesario para continuar con la misma estabilidad que dejó mi padre antes de marcharse del bufete.
El sábado, por fin, la marea bajó. Tuvimos un respiro laboral y el plan no podía ser mejor: una tarde de reunión social en nuestra casa con los de siempre.
Eric, en su línea de perfeccionismo con los locales, quería introducir cócteles especiales en sus cartas, así que nos propuso traer a un bartender profesional —coctelero, en términos generales— a casa, para que probáramos sus creaciones y le diéramos nuestro veredicto.
—Creo que esta es la mejor quedada de la historia —sentenció Liam, empinándose un cóctel de color vibrante que el bartender había bautizado como “El ascenso de Kayle”.
Todos estábamos repartidos por el salón, disfrutando de una calma que nos habíamos ganado a pulso.
Eric, Enzo y yo nos hundimos en uno de los sofás, poniéndonos al día sobre negocios y confidencias masculinas, mientras que Liam, Cami, Adri y Mía ocupaban el otro sofá.
Entre ellos el ambiente era distinto: murmuraban, reían y compartían impresiones sobre cada sorbo con una complicidad que me hacía sonreír de reojo.
El bartender se había adueñado por completo de nuestra cocina; la había transformado en un laboratorio de cristal y licores.
Cada cierto tiempo, aparecía con una bandeja de chupitos del cóctel que acababa de diseñar y nos entregaba un formulario para que anotáramos nuestras opiniones.
Eric no había dejado ni un detalle al azar.
Estaba siendo una noche estupenda, de esas que te reconcilian con el mundo.
Sin embargo, entre sorbo y sorbo, el ruido de fondo del salón pareció desvanecerse para mí cuando escuché a Cami bajar la voz para preguntarle algo a Mía.
—¿Vas a ir a ver a tu padre?
Sentí cómo el corazón se me encogía de golpe, como si una mano invisible lo hubiera apretado.
Dejé de prestar atención a lo que Eric y Enzo me contaban sobre la nueva expansión de los locales y agudicé el oído.
Sé que no está bien escuchar conversaciones ajenas, pero estábamos en el salón de mi casa y aquello no era una “conversación ajena”, era la seguridad de mi mujer lo que estaba en juego.
Liam y Adri comentaron algo que no alcancé a distinguir por el tintineo de los hielos en la cocina, pero finalmente, la voz de Mía llegó a mí con una claridad meridiana.
—Una parte de mí quiere escuchar mi historia, esa parte de mi pasado que desconozco —confesó, y pude notar la lucha interna en su tono—. Pero, por otro lado, sé que no debo fiarme de él. Así que no, no iré.
—Haces bien, Mía. No debes ir a verlo bajo ningún concepto —sentenció Cami con firmeza.
—Por supuesto que no —añadieron Liam y Adri casi al unísono.
Solté el aire que no sabía que estaba reteniendo y me permití relajar los hombros.
Sentí una oleada de gratitud hacia ellos.
Menos mal que tenemos a personas así alrededor; amigos que no solo comparten copas y risas, sino que actúan como un escudo cuando las sombras del pasado intentan acecharnos de nuevo.
Mía no solo me tenía a mí; tenía una familia elegida que no iba a permitir que Diego Beltrán le volviera a hacer daño.
La tarde transcurrió entre risas, formularios rellenos y una sucesión de cócteles tan elaborados que nos resultaba casi imposible decidir cuál nos gustaba más. El salón se había convertido en un escaparate de colores y mezclas exóticas.
—Debo decir que la purpurina dorada de “El ascenso de Kayle” me ha conquistado por completo —declaró Cami, agitando su vaso para ver los destellos bajo la luz de la lámpara.
—Tú todo lo que brille lo quieres, ¿verdad?
—le soltó Liam con una carcajada, para luego señalar su propia elección—.
Pues yo me quedo con “Disparate temporal”.
Esa mezcla de ginebra con el licor de curaçao azul, el zumo de limón y la tónica, me ha parecido brutal.
Pero lo de la jeringuilla de granadina… eso me ha maravillado, estaba increíble.
—Pues… yo me quedo con… —empezó a decir Mía, dejando la frase en el aire con una sonrisa traviesa.
—A ver si lo adivino —intervine, captando su mirada.
—Venga, Bernard, muestra tus dotes de adivinación —me retó ella, inclinando un poco la cabeza.
—Tu favorito ha sido, sin ninguna duda, “Espinas de Zyra”. Te encantan los frutos rojos y ese toque ácido, ¿me equivoco? —dije, sonriendo con una complicidad que solo nosotros compartíamos.
Mía me dedicó una mirada cargada de ternura, de esas que me desarmaban por completo.
—Me conoces demasiado bien —admitió en un susurro.
—¡Buaf! Ya empiezan con el romanticismo —bufó Cami dramáticamente, rodando los ojos—. Empalagosos.
—¿Qué pasa? ¡Si no hemos dicho nada en toda la tarde! —se quejó Mía, aunque no podía borrar la sonrisa de su cara.
—No, no habéis dicho nada, pero es que no paráis de miraros —matizó Eric, interviniendo desde su sofá—. A ver, que ya estáis casados, vivís juntos… el hormigueo ese del comienzo ya debería haberse bajado un poco, ¿no?
No pude evitarlo. Volví a clavar mis ojos en ella, sintiendo exactamente lo mismo que el primer día, pero multiplicado por mil tras todo lo que habíamos superado.
—Pues en mi caso, ese hormigueo sigue subiendo —confirmé, ignorando las burlas de los demás y centrándome solo en ella.
—Ay, yo quiero un amor así de intenso —suspiró Cami, derritiéndose un poco en el sitio.
—Y yo —añadió Adri con un deje de envidia sana.
—Pues yo... —intervino Liam, alzando su vaso vacío con aire solemne—, yo con que me quieran y no me utilicen como una venganza sinsentido, ya me doy por satisfecho.
El salón estalló en una carcajada unánime.
El comentario de Liam, tan típico de él, logró disipar cualquier rastro de la tensión que habíamos tenido durante toda la semana.
Por un momento, entre las bromas y el sabor de las frutas de los cócteles, el mundo exterior y sus amenazas dejaron de existir. Solo importábamos nosotros.
Decidimos que ya era hora de cenar y, como ninguno tenía ganas de romper el ambiente relajado cocinando, no nos complicamos: pedimos unas pizzas. Nos habíamos movido a la terraza; la temperatura de la noche era sencillamente perfecta, de esas que te invitan a quedarte fuera hasta el amanecer.
Nos sentíamos muy orgullosos del hogar que habíamos construido, pero sobre todo Mía.
No dejaba de mirar con satisfacción lo bonito que había quedado el jardín y la piscina iluminada.
Bueno, técnicamente es su piscina; ella es quien más la utiliza, capaz de pasarse horas flotando en el agua como si el resto del mundo no existiera.
Me encontraba apoyado en la barandilla de la terraza junto con Enzo y Eric, disfrutando de la brisa, mientras el resto del grupo terminaba de preparar el picoteo y las bebidas dentro.
—Bueno, yo ya he soltado suficiente chapa sobre mi trabajo —dijo Enzo, rompiendo el silencio mientras le daba un trago a su cerveza—. ¿Y tú, James? ¿Cómo ha sido la vuelta al ruedo tras la luna de miel? ¿Te han recibido con alfombra roja en el bufete?
—Pues ha sido un caos absoluto —respondí, suspirando al recordar los expedientes acumulados—. Y con visitas inesperadas incluidas.
Aproveché que las chicas y Liam estaban distraídos para contarles, en voz baja, la visita de Vanessa a la oficina y los detalles de nuestra conversación en la sala de juntas.
—Después de todo, me da un poco de pena —comentó Enzo—. Nunca ha sido muy espabilada y siempre ha sido demasiado influenciable. Alguien le calienta la cabeza y ella pierde el norte.
—Pues a mí no me da ni la más mínima pena —saltó Eric de inmediato, con ese tono tajante que no admitía réplica—. Ha acusado a alguien de agresión sexual falsamente. Por ese camino se va a la cárcel y se destroza una vida para siempre. Que le jodan, así de claro.
—Ya lo sé, Eric. Eso es imperdonable —concedió Enzo—, pero por lo que cuenta James, creo que está arrepentida de verdad.
—Me da igual que ahora lo esté —sentencié—. Es demasiado tarde. El daño ya lo hizo y las consecuencias podrían haber sido catastróficas. No hay arrepentimiento que valga cuando juegas con la libertad de alguien.
Hubo un momento de silencio pesado que Enzo, siempre intentando aligerar el grupo, decidió romper cambiando de objetivo. Miró a Eric con una sonrisa pícara.
—Bueno, y tú... el que decía que las relaciones eran para los demás, ¿qué? ¿Cómo te ha ido la “caza” durante el verano? —preguntó Enzo.
Ambos clavamos la mirada en Eric. Esperábamos la típica lista de nombres o alguna anécdota de una noche, pero su expresión cambió por completo. Se puso rígido y evitó mirarnos directamente.
—No ha estado muy agitada —murmuró Eric, rascándose la nuca—. He estado... conociendo a alguien. Y, bueno, solo he estado con ella estos meses.
El silencio que siguió fue sepulcral. Enzo y yo nos miramos como si acabáramos de ver a un unicornio cruzando el jardín.
—¿Qué? —solté, soltando una carcajada incrédula—. ¿Eric sentando la cabeza? ¡Pellízcame, Enzo! ¡Rápido!
Enzo no perdió el tiempo y me soltó un pellizco en el brazo que casi me hace saltar.
—¡Ahora tú a mí! —exclamó Enzo riéndose a mandíbula batiente—. Estamos en un sueño conjunto, una realidad paralela. ¡El fin del mundo está cerca!
—¡Parad ya, idiotas! —se quejó Eric, aunque estaba rojo como un tomate—. Solo he dicho que estoy conociendo a alguien. No es para tanto.
—¿Que no es para tanto? —le reté, dándole un empujón amistoso—. Tú, el hombre que no recordaba el nombre de una tía después de desayunar, ¿llevas todo el verano fiel a una sola? ¡Eso es un hito histórico!
—Espera, espera —añadió Enzo, secándose una lágrima de la risa—. ¿Tiene nombre? ¿O la tenemos que guardar en el sistema como “La Elegida”? ¿Es humana? ¿Sabe que eres tú o le has dado un nombre falso para no asustarla?
—Es alguien especial, y ya está —cortó Eric, intentando recuperar su fachada de tipo duro—. Si la cosa llega a más, ya os enteraréis. Pero como abráis la boca delante de las chicas, os juro que os ahogo en la piscina ahora mismo.
—Tranquilo, “Casanova” —dije, guiñándole un ojo—. Tu secreto está a salvo con nosotros... de momento. Pero prepárate, porque no te vamos a soltar hasta que sepamos quién es la valiente que ha conseguido domar a la bestia.
Eric masculló algo entre dientes sobre lo mucho que nos odiaba, pero no pudo evitar que se le escapara una pequeña sonrisa.
Sabía que, por mucho que nos burláramos, nos alegrábamos de que por fin hubiera encontrado a alguien que le hiciera brillar los ojos de esa manera.
Aunque, conociendo a Eric, el misterio sobre quién era ella no iba a ser fácil de resolver.