CAPÍTULO 1 MÍA #2
—Pero nada… —sentenció James con una firmeza que helaba la sangre—. No quiero volver a verte ni saber nada de ti. Vete, Vanessa.
—Por favor, James. Necesito hablar con vosotros —suplicó ella con voz rota, casi desesperada—. Solo una conversación. Te prometo que, cuando me vaya de aquí hoy, no volveré a molestaros nunca más.
En ese momento, me quedé paralizada, presa de una lucha interna.
No sabía qué sentimiento predominaba más en mí: si el deseo visceral de que desapareciera de nuestra vista en ese mismo instante, o la curiosidad amarga de escuchar lo que tuviera que decir para cerrar ese capítulo de una vez por todas.
El anhelo de no volver a verla nunca más acabó ganando el dilema; necesitaba que soltara su veneno y se fuera para siempre.
—Por mi parte, te doy cinco minutos de mi tiempo —dije rompiendo mi silencio—. Pero que quede claro: tras esos cinco minutos, no quiero volver a verte en mi vida.
James se giró hacia mí, mirándome sin comprender por qué le estaba dando una oportunidad, por mínima que fuera.
Sabía que él solo quería borrarla del mapa, pero yo necesitaba ese punto final.
Le apreté el brazo con suavidad, intentando transmitirle que tenía el control, y me dirigí con paso firme hacia la sala de juntas.
Vanessa me siguió en un silencio sepulcral. Cuando entramos, nos quedamos frente a frente. La estancia parecía haberse quedado sin aire. Mi mirada era de un odio puro, cimentado en cada mentira que nos había contado; la suya, en cambio, parecía haber mutado en algo parecido a la vergüenza.
Entonces, escuché el sonido seco de la puerta al cerrarse. James acababa de entrar, situándose a mi lado como una sombra vigilante.
—Te damos cinco minutos, así que aprovéchalos —ordenó él, cruzándose de brazos.
Vanessa asintió, nos miró a ambos y tragó saliva antes de empezar.
—Lo primero que quiero hacer es pediros perdón a los dos, sobre todo a ti, James —comenzó, y hubo un silencio compungido que pesó como el plomo—.
Lo siento de verdad. No sé en qué estaba pensando, pero verte con otra…
después de tantos años luchando por ti, esperando cada una de tus escapadas a España…
En mi cabeza solo existía una opción y era que acabaríamos juntos.
Y ver cómo todo eso que había imaginado se desmoronaba, de la noche a la mañana, fue algo que no pude soportar.
Hizo una pausa, tomando aire, y luego dirigió su mirada hacia mí.
—A todo esto se le sumó que conocí a… tu padre —confesó mirándome directamente—. Él hablaba horrores de ti, Mía. Me llenó de odio y me convenció de que James no podía estar con alguien como tú, con la clase de persona que él describía. Fui débil y me dejé manipular muy fácilmente.
La mención de mi padre envenenando la mente de Vanessa no me sorprendió, pero escucharlo en voz alta hizo que la herida, que yo creía cerrada, empezara a supurar de nuevo.
—Por mucho que te dijeran de Mía, eso no justifica lo que hiciste —estalló James, y su voz retumbó en las paredes de la sala como un trueno—. Me acusaste de agresión sexual, ¡por el amor de Dios! Podría haber acabado en la cárcel. ¿Realmente pensabas que ibas a conseguir algo con eso?
James dio un paso hacia ella, con los puños apretados a los costados. La rabia que había estado conteniendo durante meses estaba ahí, a flor de piel.
—No fui consciente de todo lo que conllevaba ese plan hasta que formulé la denuncia —respondió Vanessa, con la voz temblorosa—.
Se lo dije a Diego, se lo dije a los abogados, pero ya era demasiado tarde.
Me dijeron que, si me retractaba en ese momento, me acusarían de denuncia falsa y que entonces estaría en verdaderos problemas...
—Como lo estás ahora... —intervine con una frialdad que me sorprendió a mí misma.
No sentía ni un ápice de compasión. Sus “problemas” eran el resultado directo de su falta de escrúpulos.
—Sí, al final hemos acabado peor aún —admitió ella, y vi cómo las lágrimas empezaban a asomar a sus ojos—. Si hubiera retirado la denuncia a tiempo... Lo siento de verdad, James, Mía.
—¿Qué pretendes al contarnos esto? —escupió James, cortando su disculpa de raíz—. ¿Dar pena? Porque no me das ninguna.
Sus palabras fueron como látigos. James no estaba dispuesto a concederle ni el alivio del perdón.
—No, no es eso. Solo necesitaba pediros perdón —dijo ella en un tono de absoluta resignación—. Necesitaba que conocierais cómo lo pasé, lo que intenté hacer aunque no sirviera de nada. Me merezco todo lo que me está pasando, lo sé.
James consultó su reloj con una frialdad quirúrgica, ignorando el llanto contenido de la mujer que una vez formó parte de su círculo íntimo.
—Tus cinco minutos están a punto de acabar —sentenció—. Si esto es todo lo que tienes que decir, ya puedes irte.
Vanessa se limpió una lágrima con el dorso de la mano y se giró para mirarme directamente a los ojos. Había algo diferente en su expresión ahora, una urgencia que no parecía fingida.
—Solo una cosa más, Mía —dijo—. No hagas caso de nada de lo que te diga tu padre.
Escuché algo... Diego tenía un as en la manga por si todo salía mal.
No le escuches, no confíes en él. Es la peor persona que he conocido en mi vida, y te lo dice alguien que ha bajado al barro con él. Es el único consejo que puedo darte.
Se hizo un silencio denso en la sala. El nombre de mi padre volvía a quedar suspendido en el aire como una promesa de tormenta.
—De nuevo, lo siento —susurró Vanessa por última vez—. Espero que seáis muy felices.
Nos dedicó una última mirada cargada de una tristeza infinita y, sin esperar respuesta, salió de la sala de juntas.
Me quedé allí quieta, mirando la puerta cerrada, sintiendo cómo el eco de su advertencia se me clavaba en el pecho.
Sabía que Vanessa era una mentirosa, pero la mirada de terror que puso al mencionar a mi padre me decía que, al menos en eso, estaba siendo dolorosamente honesta.