Lo que siempre soñé (Destino 3) CAPÍTULO 1 MÍA
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CAPÍTULO 1 MÍA

Todavía siento que camino sobre una nube de la que no quiero bajar.

Si hace un par de años alguien me hubiera dicho cómo sería mi vida actual, me habría reído en su cara con esa amargura que solía ser mi armadura.

Yo no era la clase de mujer que fantaseaba con vestidos blancos ni mucho menos con lunas de miel de ensueño.

Mi destino, o lo que yo creía que era mi destino, consistía simplemente en sobrevivir, en ocultar mis cicatrices y en no permitir que nadie se acercara lo suficiente como para ver lo rota que estaba por dentro.

Pero entonces llegó él. James Bernard, el hombre que no pedí, el hombre que me sacó de mis casillas y que, contra todo pronóstico, terminó por reconstruirme. Me equivoqué al pensar que el destino no tenía nada guardado para mí, porque me tenía reservado lo mejor.

James, siendo James, no dejó nada al azar.

Organizó nuestra luna de miel a Grecia, el escenario perfecto para nosotros.

Fue un guiño silencioso a nuestros inicios, a aquellos piques constantes en la oficina donde la mitología griega era nuestra arma arrojadiza. Definitivamente, había pensado en todo.

Nuestra primera parada fue Atenas. La ciudad de los dioses nos recibió con un calor vibrante que parecía mimetizarse con lo que sentíamos.

James insistió en subir a la Acrópolis a primera hora; quería que viéramos el Partenón antes de que el resto del mundo despertara.

Allí, frente a esas columnas milenarias que han resistido el paso de los siglos —igual que nosotros hemos resistido nuestras propias tormentas—, me rodeó con sus brazos por la espalda.

—Afrodita está celosa de ti —me susurró al oído.

—¿Por tener a alguien como tú a mi lado? —le dije levantando las cejas sarcásticamente.

—Por ser la mujer más hermosa de todo el cosmos —dijo sincero y me derretí—. Y también por estar con un dios griego, en toda la extensión de la palabra —rio ante su propia egolatría.

Paseamos por las calles estrechas de Plaka, perdiéndonos entre buganvillas y el olor a café griego. No podía irme de allí sin probar la infusión nacional: su famoso “Té de la montaña”, el cual me encantó y me pedía cada vez que veía una cafetería a tiro.

Pero el momento más mágico fue el atardecer desde el Monte Licabeto. Ver Atenas a nuestros pies mientras el sol se ocultaba me hizo sentir pequeña, pero segura. Con la mano de James entrelazada con la mía, supe que ese era solo el prólogo de nuestra nueva vida.

De la historia pasamos a la calma de Milos.

Fue el refugio que necesitábamos después de tanto ruido mediático y judicial.

Sarakiniko nos dejó sin aliento; sus rocas volcánicas blancas eran tan irreales que parecía que estuviéramos caminando sobre la mismísima luna.

Allí no había nadie, solo el blanco cegador de la piedra y el azul profundo del mar.

James alquiló un velero privado para llevarnos a Kleftiko.

Al explorar aquellas cuevas que antaño fueron refugio de piratas, me di cuenta de que James también había sido un poco pirata: me había robado el corazón cuando menos lo esperaba.

En la cubierta de ese barco, bajo un cielo estrellado y el suave balanceo de las olas, nos amamos con una intensidad que me hizo olvidar cualquier rastro de mi pasado.

Llegamos a Santorini y el lujo de Oia nos envolvió. Nuestra habitación tenía una piscina infinita que parecía fundirse con la Caldera. Pasamos las tardes catando vino Assyrtiko, dejando que el sabor afrutado y la calidez del sol nos adormecieran.

—¿En qué piensas? —me preguntó James una tarde, mientras el sol empezaba a hundirse en el Egeo.

—En que siempre tuve miedo de soñar —confesé, mirándolo fijamente—. Y ahora tengo miedo de despertar.

—No vas a despertar, Mía. Porque esto no es un sueño, es nuestra realidad —respondió antes de sellar la promesa con un beso que sabía a champagne y a eternidad.

Finalmente, aterrizamos en el glamour de Mykonos.

Nos perdimos por las calles blancas de Chora, sacándonos fotos en los molinos de viento como una pareja normal, sin secretos, sin juicios de por medio.

Disfrutamos del relax en los exclusivos clubes de playa de Psarou, dejando que la música y el sol nos embriagaran.

Nuestra última cena fue en la Pequeña Venecia. Las olas del mar golpeaban suavemente la base del restaurante, salpicándonos de vez en cuando con esa bruma salada. Fue la despedida perfecta a un viaje de ensueño.

Sin embargo, durante todo el viaje, en el fondo de mi mente, aún resonaba aquella conversación en prisión con mi padre, aquella palabra que, en mi interior, había cambiado algo: hermano. Me surgían preguntas que aún no estaba lista para escuchar respuestas, preguntas que…

—... ¿Mía? ¿Estás aquí?

La voz de Belén me llegó como un eco lejano, rescatándome de las aguas cristalinas del Egeo y de las continuas preguntas sin respuesta de mi cabeza.

Parpadeé un par de veces, sintiendo cómo el frío del aire acondicionado de la oficina reemplazaba el calor del sol griego que juraría haber estado sintiendo en la piel hace un segundo.

De repente, volví a la realidad. Me encontraba en mi despacho, rodeada de carpetas, informes y el zumbido constante de la ciudad de Madrid al otro lado del cristal.

Belén estaba frente a mí, con una tablet en la mano, poniéndome al día de los últimos acontecimientos que habían ocurrido durante nuestra ausencia.

—Perdóname —dije, sacudiendo la cabeza y forzando una sonrisa de disculpa—. Me está costando volver a la rutina más de lo que pensaba.

Belén dejó la tablet en la mesa con un gesto comprensivo y me dedicó una sonrisa cómplice.

—Por supuesto, no te culpo. Después de todo lo que habéis vivido y de ese viaje de ensueño, yo tampoco querría volver. Estarías loca si lo desearas.

Ambas reímos y continuamos la reunión durante una hora más, mientras yo hacía un esfuerzo sobrehumano por concentrarme en los expedientes, intentando por todos los medios no volver a evadirme.

Cuando finalmente terminamos, salimos de mi oficina. Belén se dirigió a su escritorio con paso eficiente, y en ese mismo instante, la puerta de al lado se abrió.

James salió de su despacho. Ahora ocupaba el despacho de su padre; una oficina amplia, imponente, que marcaba el inicio de su nueva era, ahora que mi suegro se había jubilado.

Verlo allí, con las mangas de la camisa arremangadas y esa expresión de concentración que tanto me gustaba, me recordó lo mucho que habíamos cambiado.

Nuestras miradas se encontraron. Fue un contacto eléctrico, silencioso.

James sonrió de esa forma que solo me dedicaba a mí, y tuve la absoluta certeza de que él tampoco estaba pisando el suelo de esa oficina, ni estaba en Madrid.

Ambos estábamos de vuelta en la playa de Sarakiniko, en Milos, caminando sobre aquellas rocas blancas que parecían de otro planeta, sintiéndonos los únicos habitantes del mundo.

Era nuestra ancla, nuestro pequeño secreto compartido entre el cemento de la ciudad.

Sin embargo, la magia duró apenas un suspiro.

El sonido metálico del ascensor abriéndose al final de la estancia rompió el hechizo.

La vuelta a la rutina nos invadió de una manera arrolladora, recordándonos que el paraíso se había quedado atrás y que los problemas que dejamos en pausa seguían teniendo nombre.

Y ese nombre acababa de cruzar las puertas de la planta. Vanessa.

La vi avanzar por el pasillo con esa seguridad impostada que siempre la había caracterizado, aunque sus ojos delataban que sabía perfectamente que no era bienvenida.

Se dirigió a Belén, quien se levantó de su escritorio con una rigidez que gritaba auxilio.

Belén se acercó a nosotros a pasos cortos, deteniéndose a una distancia prudencial.

Tardó unos segundos en pronunciar palabra; se le notaba la incomodidad en la forma en que apretaba la tablet contra su pecho, como si fuera un escudo.

—Quiere hablar con vosotros —logró decir Belén con un hilo de voz.

—Dile que se vaya por donde ha venido —sentenció James.

Su tono fue tan alto y afilado que no me cupo duda de que lo utilizó deliberadamente para que Vanessa lo escuchara.

Miré a James de reojo y sentí un escalofrío.

Su mirada, que apenas un minuto antes era de pura complicidad y nos transportaba a las playas de Milos, se había transformado en el odio más absoluto.

Era como ver una tormenta estallar en medio de un cielo despejado; sus pupilas estaban dilatadas y su mandíbula tan apretada que temí que se le rompiera algún diente.

Evidentemente, Vanessa escuchó las palabras frías y cortantes de James. Cualquiera con un mínimo de dignidad se habría dado la vuelta, pero ella no era cualquiera. A pesar del rechazo frontal, empezó a caminar hacia nosotros con paso firme.

Al ver que la confrontación era inevitable, Belén hizo lo que cualquier persona cuerda haría: se retiró.

Pero no volvió a su escritorio, sino que caminó a paso ligero en dirección a la Gran Sala, desapareciendo de nuestra vista.

Nota mental: yo hubiese hecho lo mismo. No querría presenciar lo que allí iba a suceder.

Me crucé de brazos, sintiendo cómo mi propio cuerpo se ponía en guardia.

La burbuja de paz de la luna de miel no se había desinflado, había estallado en mil pedazos.

Vanessa se detuvo a un par de metros, lo suficiente para que su perfume —ese aroma caro que siempre me había revuelto el estómago— llegara hasta nosotros.

—James, Mía... —comenzó ella, intentando suavizar la voz—. Sé que no soy la persona que esperabais ver hoy, pero...

James dio un paso al frente, interponiéndose físicamente entre ella y yo. Su instinto protector, ese que conocía tan bien, estaba en máximos históricos; podía sentir la tensión que irradiaba su espalda, como un muro de acero protegiéndome de una amenaza que ya nos había causado demasiado daño.