107Luca
Luca
El mar está casi en calma. La turbación está reservada para la tarde.
Aún faltan pocos meses para que lleguen las olas de invierno y las playas de la costa norte pasen a ser territorio casi exclusivo de surfistas experimentados.
No las espero con mucha ansia como en el pasado, pero ahora mismo me gustaría surfear hasta lograr que el cuerpo arda y la mente se silencie.
En cambio me encuentro aquí, sentado en la orilla de las aguas turquesas de Baldwin, con los ojos puestos en el brillo intermitente de la espuma blanca y las nubes dispersas que se dibujan en el lienzo de un cielo azul y despejado.
Siento que estoy esperando algo.
Pero sé que nada vendrá. Tampoco ella.
Aunque hay un cambio. Esta vez la tristeza no aparece como un espectro que se instala en los hombros y muerde el pecho.
Es diferente. Esta vez soy capaz de enfrentarla con más consciencia y resignación.
No me parece que sea injusto, y tampoco pienso en el futuro o la felicidad como dos cosas lejanas e innombrables.
En medio de la playa, comprendo que amo a Lizzy de una manera libre, natural, sin cadenas.
Porque la quiero siempre, sobre todo cuando no está conmigo.
Porque aun en su ausencia, mi vida siempre será un poco mejor si ella existe en el mismo mundo que yo.
No la separo de mí, la llevo como un fuego incesante en el corazón.
Ni siquiera pienso en los días venideros, solo en este instante.
Ahora sé que al final el amor es lo único que queda de los días maravillosos e incluso de las más bellas heridas.
Cuando algo se siente con intensidad, aunque luego no se sienta más, vivirá para siempre allí donde existió.
También sé que aunque aún tengo que empezar y allanar mi propio camino, ya no voy a buscar más en el exterior.
Trataré de acercarme más a mí mismo. Ese es el único destino importante.
Junto al mar y la brisa pienso en todo esto, mientras el sol del mediodía se alza por encima de mi cabeza y poco a poco la playa se va haciendo más concurrida.
En estos momentos un avión debe estar despegando y en uno de sus asientos debe de ir ella.
La imagino allí, sentada al lado de la ventanilla, observando el rastro de todo lo que deja atrás, quizá conteniendo las lágrimas, extrañándome tanto como yo.
La desgarradura es intensa, pero soportable.
Sé que volverá. También sé que la voy a esperar.
Aunque sus palabras fueron punzantes, lo que vi en su rostro me dijo que no necesitaba de ninguna confesión de amor. También supe que se estaba hiriendo a sí misma.
En realidad, no me importa cuánto tarde: un día, cinco años o una vida entera.
Estaba hablando en serio cuando le dije que aquí siempre podrá encontrarme.
Aunque no sea el mismo, aunque ya haya muerto o la haya dejado de querer.
Siempre estaré aquí. Porque hay algo inequívoco: ella guarda la mitad de mi corazón.
—Luca…
Su voz llega como un susurro del viento. Mantengo los brazos apoyados en las rodillas y casi soy capaz de sonreír. No culpo a mi subconsciente por evocar su voz, al contrario. Es un grato consuelo.
—Luca, no pude. No pude subir a ese avión.
Mis sentidos sufren una descarga.
Entonces volteo sobre mi hombro y allí la veo.
Lizzy, a tres metros de mí, está de pie en carne y hueso.
La luz del día brilla refulgente en los granos finos de la arena blanca, en la palidez de su piel, en cada hebra de su cabello largo que se agita en sus hombros y enmarca sus mejillas.
Lleva un pantalón corto y una blusa azul marino de tirantes, algo sencillo, pero sigue siendo la criatura más bella para mis ojos. Además, sujeta algo contra su pecho.
Como si el cuerpo de repente me pesara mil toneladas, me pongo de pie con dificultad, aunque sigo sin avanzar.
Ella me mira y yo la miro. Ella con ansiedad y pasión, yo con sorpresa y confusión.
Entonces me doy cuenta de sus ojos anegados y el brillo de la humedad en sus mejillas, y aunque bien podría confundirse con el soplo de la brisa, no es así.
Es evidente que ha estado llorando. Y ha sabido en dónde encontrarme.
—Lo sabes, ¿no? Dije cosas absurdas que no siento en absoluto, pero solo las dije porque me di cuenta de que estoy en un sitio en el que nunca he estado, del que siempre he huido —dice en un murmullo apasionado, determinante y agitado como el mar.
Cada palabra, como el mismo oxígeno, alimenta mi corazón—.
Luca, podrá parecerte irónico por quién soy, porque escribo de sentimientos, pero sigo siendo una inexperta cuando se trata de la vida real.
—Lizzy se detiene un instante—. Y supongo que necesito escribir porque entonces solo yo soy consciente de mis propias convulsiones.
Pero cuando abro esa parte de mí a la vida que está fuera de todo eso… solo queda una niña asustada.
Percibo que habla desde las entrañas, desde el fondo de su alma. Esa visión propia y soñadora que es lo primero que pude ver en ella, lo primero que me atrajo y me enamoró.
—Y me asusta mucho porque es un poco agotador y hasta indeseable.
Pero así es mi manera de percibir el mundo.
Eso explica que mi destino nunca haya sido otro sino el de las letras.
Y ni siquiera lo sabía, pero he estado luchando todo este tiempo conmigo misma.
—Lizzy da un pequeño paso hacia mí. Su rostro es todo lo que veo—.
Siempre he sabido qué es lo que quiero hacer con mi vida.
Siempre estuve segura a pesar de los desvíos y los tropiezos, aunque nunca fue así sobre cómo quiero vivir, y ahora lo tengo claro.
—Sus labios esbozan una sonrisa suave, cálida.
Aun así, sé que le ha costado tanto como derribar una montaña—.
El miedo me lo ha mostrado: no puedo vivir de otra forma a como escribo.
Siempre ardiendo, siempre a merced de lo que siento, siempre siendo yo misma.
Esta es la verdad que he encontrado. Porque para mí escribir y vivir son sinónimos, y tratar de separarlo es como mutilarme a mí misma.
Luego agacha la mirada. La fija en lo que sostiene entre manos.
—En todo caso, solo venía a entregarte algo importante, el único motivo por el que no he subido a ese avión.
—Lizzy vuelve a mirarme y yo siento que me cuesta respirar.
Su cabello se revuelve en sus mejillas, pero no lo aparta.
Yo mantengo las manos a los costados, inmóvil, con el corazón bombeando fuerte en mi pecho—.
Luca, las palabras son muy importantes para mí, nunca las tomo a la ligera porque siempre son del tamaño de lo que siento.
Y es por eso que no podía decirte que te amo sin hacerte entender todo lo que eso significa.
Pero está aquí. —Se acerca más y me extiende un cuaderno desgastado—.
Este es mi corazón, Luca. —Lo agarro sin dejar de mirarla a los ojos—.
He escrito todos estos poemas pensando en ti, solo en ti.
Siempre has sido mi mejor inspiración. Porque te amo, Luca.
Te amo más allá de lo que podría expresártelo con palabras.
Y también quiero que sepas que no pienso irme a ninguna parte. Me quedaré aquí. Contigo.
Ya no puedo soportarlo más. Sujeto con fuerza el cuaderno y con la otra mano la jalo para estrecharla contra mi cuerpo.
Su rostro se hunde en el hueco de mi cuello y el mío en su cabello que desprende ese particular aroma a lavanda.
Cierro los ojos y solo me concentro en los sentidos: el arrullo del mar, la brisa salada, los rayos del sol en mi piel, su calor bajo mi abrazo, incluso puedo sentir su corazón bombeando contra mi pecho.
Transcurren los segundos. Casi quisiera detener el tiempo.
Este es un instante que con toda seguridad cuando pasen los años, voy a recordarlo como uno de los minutos más felices de mi vida.
Sé con certeza que regresaré a él muchas veces solo para mantenerlo vivo en mi memoria y rescatarlo de lo efímero.
Será entonces nostalgia, como todos nuestros veranos. Será juventud, belleza, amor.
—Lizzy, yo lo sé —susurro con la voz apasionada entre su cabello.
Abro los ojos. La extensión de arena, la franja verde que la bordea y el azul de las aguas se figuran ante mí—.
De hecho, siempre lo he sabido y por eso planeaba esperarte una vida entera.
Porque si de algo puedo estar seguro es de que siempre podré reconocerte.
Como en aquel primer día, cuando te vi como cualquier otra niña, pero de alguna forma supe que eras diferente.
Solo lo sentí y luego supe lo que era. Fue el amor eligiéndome.
Nos separamos un poco. Acaricio su rostro con una mano trémula.
Sus ojos grises reflejan la misma lluvia de emociones que me inunda las venas.
Sus labios entreabiertos reclaman los míos.
Pego mi frente a la suya y, aferrándola de la cintura, respiro su aliento.
Después solo puedo ser drásticamente sincero:
—Quiero todo de ti, Elizabeth Hall. —Mi respiración se mezcla con la suya y ella sonríe cuando me escucha pronunciar su nombre completo—.
Tus pensamientos, tus escritos, tus sueños, tu alma y, en última instancia, tu cuerpo.
Porque a través de ti me hago más sensible de lo que soy y entonces no solo veo vacíos donde debería haber un propósito único.
Me haces sentir que vivir es suficiente y que hacerlo juntos es mejor.
—Luca… —dice en un ahogo.
Sus manos suben y rodean mi nuca. Se pone de puntillas y yo resisto un poco más.
—Nunca comprenderé todas las cosas, pero si tú eres mi punto de partida todo se siente correcto y eso es lo único que necesito —mi voz sale ronca como el rumor del mar—. Quiero seguir descubriendo la vida a tu lado, Lizzy. Quiero perderme y volver a encontrarme, pero siempre a tu lado. Solo eso.
—Luca, ya tengo el título.
—¿En serio? ¿Y cuál es?
— Todas las veces que fuimos nosotros .
—Me parece perfecto —ronroneo.
—Bueno, ahora bésame.
Me río entre sus labios.
—No tienes que pedirlo.