Lo que se rompió en aquel verano 106Lizzy
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Lizzy

Sujeto el mango con mucha fuerza. Sé que mi maleta no se escapará a ninguna parte, pero la sostengo como a los trozos que trato de mantener en su sitio dentro de mi corazón.

Me protejo de los cortes, lo cual es absurdo porque yo misma me he provocado la herida.

Esta tristeza y resignación aplastante que me recorre no es sino producto de mis cerraduras y de mi incapacidad para enfrentar la vida cuando no solamente tengo que escribirla.

Mi única guarida han sido las letras. La zona más segura que conozco.

Ahora mismo, sin embargo, sé que estoy cayendo al vacío.

Lo siento en las entrañas, en cada latido, y por eso vuelvo a comprobar la hora con urgencia en la pantalla del celular.

Aún faltan dos horas para que el avión despegue.

El aeropuerto está lleno del ajetreo habitual de personas que van y vienen con celulares al oído y arrastrando equipajes.

Mantengo las manos en mi regazo y no dejo de dar puntapiés en el piso.

Genevieve, mientras tanto, está saboreando una paleta de caramelo a mi lado con suma concentración.

Podría estarlo, pero no estoy enfadada con ella.

En cambio, ella sí lo está conmigo. Me lo ha dicho esta mañana: «No sabes lo mucho que te he extrañado, y una parte de mí está feliz de que vuelves a casa, pero todo lo que ahora mismo veo en tu rostro es que estás haciendo todo lo posible para no echarte a llorar.

Lizzy, creo que te estás equivocando. Tengo once, pero a veces siento que yo soy la de veinticuatro».

Después de eso, ha sido puro silencio conmigo.

Genevieve es de ideas claras. Siempre ha sido muy directa y concisa.

Henry y mi madre, por otro lado, están de pie a tres metros de nosotras mientras conversan en voz baja.

Aunque tratan de disimularlo, sé que hablan sobre mi repentino cambio de actitud justo cuando todo parecía ya estar en cauce.

No se explican por qué he cambiado de postura, aunque sé que Henry sí lo intuye.

La manera en la que me mira lo comprueba y, cuando mi madre vuelve a sentarse con Genevieve y él me pide acercarme con un gesto de la mano, me tenso un poco porque sé lo que viene.

Quisiera no hacerlo, pero se lo debo. Me levanto y llego a su lado.

Mi madre y Genevieve se quedan atrás, aunque yo me aparto un poco más y mi padre me sigue los talones.

Luego, cuando estamos lo suficientemente separados como para que no puedan escucharnos, respiro hondo antes de alzar la mirada y fijarla en sus ojos que son una réplica de los míos.

—Lizzy, ¿estás segura de esto?

—Papá, sé lo que estás pensando, pero en verdad estoy bien.

—Esta vez decido llamarle «papá» conscientemente y me esfuerzo en mantenerle la mirada—.

Es decir, Luca y yo no hemos tenido ningún problema.

Nada entre nosotros ha sido la causa de esto.

Puede parecerlo, lo sé, pero no es así. Simplemente me he dado cuenta de que no me veo haciendo mi vida aquí y no es tu culpa ni la de nadie.

Sabes que para mí siempre has sido el mejor padre del mundo.

De hecho, me duele mucho hacerte esto. Sé que no te lo merecías, con todo lo que me has apoyado…

—Bajo la mirada y trago saliva—. Pero es verdad: siempre he tenido claro quién soy y qué es lo que quiero hacer, pero no así el cómo quiero vivir, y creo que aquí lo he terminado de descubrir.

Ahora lo sé, y no es la idea de todo lo que le pertenece a este sitio.

Aun así, gracias por todo, papá. De verdad.

—Mis ojos arden, justo como la sonrisa que tiembla en mis labios—.

Gracias por haberme tendido la mano cuando todos la quitaron.

Gracias por creer en mí. Te prometo que no voy a defraudarte.

Voy a hacer todo lo posible para cumplir mis sueños y hacerte sentir orgulloso.

Mi padre también sonríe. Pero no es el gesto más feliz y liviano que le he visto.

—Y no lo dudo, Lizzy. —Alza una mano y la pone sobre uno de mis hombros, y en ese gesto siento el peso de todo su cariño.

No hace falta más—. Eres demasiado talentosa y será natural que consigas todo lo que te propongas, porque tu determinación es inquebrantable.

Pero ahora mismo no es eso lo que me preocupa.

Y para que entiendas a qué me refiero, te voy a contar una historia que ya has escuchado muchas veces, pero siempre un poco inconclusa.

—Henry entrecierra los ojos. Las arrugas se hacen finas alrededor de ellos—.

¿Has escuchado esa frase de que «somos el resultado de nuestra serie de elecciones»?

—dice con voz entera, firme, aunque guarda un rasguño de un viejo recuerdo, de un viejo dolor, quizá de una vieja esperanza—.

Pues hay mucha razón en ello, porque al final cuando somos más viejos eso es lo único que importa.

Cuando yo conocí a tu madre, también conocí el amor.

Fue espontáneo, arrasador, lo desestabilizó todo.

Pero los miedos que tenía también se hicieron igual de intensos.

Yo crecí con la sombra del abandono a mis espaldas.

Mi padre lo sufrió y tu tío Patrick y yo también.

Tu abuelo Alfred lo superó, pero nunca lo hizo por completo. Él cargó esa tristeza toda la vida.

El nudo en la garganta se hace más agudo.

Mi visión se empaña un poco.

—¿Por qué me estás contando todo esto?

Henry, solemne y sin soltarme del hombro, tan solo prosigue:

—La desolación en la vida de mi padre, para tu tío Patrick y para mí, fue el reflejo de amar demasiado a alguien.

Entonces el amor se hizo una idea peligrosa, algo casi indeseable.

—De pronto en sus pupilas se mezclan viejas memorias—.

Conocí a tu madre y nuestros días fueron los mejores de mi vida.

Pero ella, como yo, tenía carencias. Tu madre necesitaba sentir que era lo suficientemente importante para alguien más, y yo…

Yo necesitaba poder amar sin miedo. Pero no me atreví a hacerlo.

—Papá…

—Nunca le dije a tu madre que la amaba, Lizzy, y ahora nunca lo sabré, pero quizás eso pudo haber cambiado la historia de nuestras vidas —concluye.

—Pero ahora ella lo sabe —susurro.

Él asiente y baja el brazo.

—Sí, ella sabe que la amé. —Con esas palabras lo comprendo todo—.

Las elecciones moldean nuestras vidas, y aún más las que parecen más sencillas, aunque cuando somos jóvenes asumimos que tendremos muchas oportunidades para arrepentirnos y empezar de nuevo.

—Henry respira hondo y, aunque hay nostalgia, su semblante se llena de sosiego—.

Pero a veces la vida pasa y nos quedamos así.

De todos modos, las verdades casi siempre llegan después...

En mi caso aprendí que siempre debemos procurar que nuestras elecciones estén a la altura de nuestros sentimientos.

Solo así podremos vivir sin arrepentimientos.

Solo así sabremos que hemos sido honestos con nosotros mismos.

Empiezo a negar, pero no encuentro las palabras.

Ni siquiera estoy segura de poder hablar.

—No sé qué es lo que ha originado este cambio y no pretendo que me lo cuentes. Lo único que quiero decirte, hija, es que no tengas miedo. Haz lo que sientes, solo eso, incluso si te atemoriza. Eso es todo, porque solamente tú sabes con exactitud lo que estás viviendo.