105Genevieve
Genevieve
—¿Gen? ¿Eres tú?
Empuja la puerta con suavidad. En primera instancia, descubre a su hermana sentada en la cama con la espalda pegada a la cabecera y las piernas flexionadas.
Envuelve sus tobillos desnudos con las manos y a juzgar por sus ojos rojos e hinchados, es evidente que ha estado llorando.
Ya casi es medianoche y al parecer ella tampoco ha podido dormir. La cama sigue perfecta, sin destender.
—Estás triste, ¿verdad?
—No, pero ven aquí. —Lizzy le señala la cama y ella no se lo piensa dos veces—. Ya es de noche, ¿es que no puedes dormir? ¿Y qué es lo que tienes ahí? ¿Son libros?
Se sienta en el borde de la cama.
—Esto, bueno…
Sigue ocultando los libros entre sus brazos.
—Los agarraste de la biblioteca de Henry, ¿cierto? —susurra Lizzy sin ningún tipo de acusación, pero ella niega al instante—. Gen, no voy a delatarte. Me gusta que te interese la lectura, pero podría recomendarte libros más adecuados para tu edad.
—No, no son de Henry.
—¿Entonces?
Lanza un suspiro. Sabe que es hora.
Después, los pone delante, sobre la cama.
—Son tuyos —admite y su hermana los reconoce enseguida con la sorpresa escrita en el rostro. Primero toma el diario, lo analiza y después agarra el cuaderno delgado que guarda poemas escritos a mano en su interior—. Los dos estaban en tu habitación, y si te preguntas por qué los tengo, pues…
Lizzy abre la boca y sacude la cabeza.
—Tienes algo que decirme, ¿verdad?
Por suerte, no parece muy enfadada.
—Sí, quizás un poco. —Apenada, desvía la mirada y juega con un mechón de su cabello con aire distraído—.
Sé que estuvo mal porque son tus cosas personales, pero de verdad no pude evitarlo, tenía mucha curiosidad.
Cuando te fuiste, entré a tu cuarto porque estaba muy triste por tu ausencia, y…
entonces encontré tu diario de pura casualidad.
Lo dejaste a la vista en la cómoda, así que lo tomé y, bueno, ya no pude parar.
En cuanto al cuaderno de poemas… hace poco que lo encontré.
Iba a dejar el diario en su lugar y fue cuando lo vi.
—Gen…
—Lo siento, Lizzy, de verdad. —Hace un puchero y vuelve a mirar a su hermana con gesto de cachorro—. Sé que te mentí cuando me preguntaste por el diario, pero…
Lizzy lanza un suspiro tendido.
—No debiste leerlo, pero está bien. —Sacude la cabeza y con la mano libre se echa hacia atrás el cabello que le cae en la frente—. No pasa nada, Gen, pero no vuelvas a hacer algo así sin mi permiso, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, pero no venía a disculparme.
Lizzy frunce el ceño, casi ofendida.
—¿Cómo dices?
Se cruza de brazos y perfora con la mirada a su hermana.
—Venía a preguntarte por qué quieres irte de Paia.
—En segundos, por la expresión que pone, percibe que Lizzy se da cuenta de que ella ya lo sabe todo.
Que lo ha escuchado todo desde un rincón—.
No lo entiendo. Tú querías alejarte de toda la presión que sentías en San Antonio y ahora resulta que quieres volver.
En estos días me he dado cuenta de por qué amas tanto este lugar.
Es perfecto. Es tan bonito como estar en el País de las Maravillas.
Lizzy se pone seria. Suelta el cuaderno que sostenía.
—Gen, no quiero hablar sobre esto contigo.
—Es por Luca, ¿verdad?
Su hermana aparta la mirada.
—No, no es por él. —Su tono incómodo indica que no hablará del tema en absoluto—. Mira, sé que lo que leíste en el diario puede estar muy fresco en tu mente, pero eso pasó hace mucho tiempo. Yo escribí eso hace mucho tiempo.
—¿Lo quieres?
—Gen, ve a dormir. Es tarde.
Suspira y, despacio, se levanta de la cama. Camina con aire pesaroso hacia la puerta, pero antes de atravesar el umbral, voltea sobre el hombro para mirar a su hermana fijamente a los ojos y añadir en voz baja:
—Lo que leí en tu diario significa que lo quieres, y es obvio que él también te quiere a ti.
—Lizzy tan solo la mira sin decir nada, pero sus ojos grises brillan tanto como si quisiera llorar—.
Los adultos siempre repiten que el amor es complicado de entender, pero yo creo que solo puede ser verdadero o falso.
Tal vez me equivoco, pero supongo que lo único importante es que los dos sientan lo mismo.
Por eso las películas románticas me estresan.
Los protagonistas casi todo el tiempo actúan así de complicados.