Epílogo
¿Amor o miedo? Solo hay dos perspectivas.
Solo hay dos movimientos. El miedo constantemente se disfraza de seguridad, y el amor de fantasía.
Pero en realidad, en todo hay riesgo y en todo hay un poco de ensoñación.
Me costó deshacerme de las capas que me impedían mirar con más claridad.
Fue doloroso y también tenebroso. El proceso no fue corto ni sencillo, aunque ninguno que sea valioso lo es.
Ahora que miro atrás y veo los pasos que he dado en mi propio camino, me doy cuenta de que nada es más terrible que no ser uno mismo.
Esa es la verdadera pesadilla y por eso cada día me aseguro de mantener el fuego vivo en el corazón.
La chica que fui me hizo ser la que hoy soy.
Aquello que sangré me ha fortalecido. Y la que soñó, aún sigue soñando.
—Luca, creo que fuimos nosotros —susurro.
Mi cuerpo se mece con suavidad en la inmensidad del mar bajo la última luz del día en la playa de Baldwin, mientras fijo la mirada a lo lejos, en un punto que siempre me ha parecido mágico: en la línea donde el mar y el cielo se mezclan y se funden en un único horizonte.
Me recuerda a la distancia que hay entre los sueños y la realidad.
Aunque aparentemente no están en la misma dimensión, es fácil sentir que están muy cerca y perderse en esa idea.
Si lo crees y te convences de esa ilusión, te das cuenta de que nunca hubo separación.
Porque un día empiezas a vivir lo que tanto imaginabas.
Mantengo los brazos apoyados en la tabla.
Luca, a mi lado, también toma un descanso.
El sabor a sal lo impregna todo.
—¿A qué te refieres?
Sonrío y luego giro el rostro hacia él.
—Lo que se rompió en aquel verano —explico.
Pero Luca sigue sin entender.
Su entrecejo se arruga y sus ojos verdes, con ese anillo dorado y refulgente alrededor de sus pupilas, absorben mi atención.
Su cabello ondulado, que ya no lleva más a la altura de los hombros, enmarca su rostro hasta la altura de los pómulos.
Se lo cortó poco después de habernos mudado juntos y lo ha llevado así desde entonces.
Echo de menos su melena larga, pero de ambas formas me parece el hombre más atractivo del planeta.
Las gotas de agua escurren de las puntas de su cabello y su piel bronceada, conforme el crepúsculo se acerca, se va volviendo más oscura.
Casi siento cómo los colores se me suben al rostro.
Tengo que apartar la mirada para ordenarme. Nunca lo voy a superar.
—Muchas veces estuve reflexionando sobre cuál fue el evento determinante que hizo que nos separáramos —inhalo una bocanada de aire—.
Qué fue lo que hizo que un día los dos nos levantáramos y decidiéramos no volver a llamar ni a mandar otro mensaje.
Porque buscaba y no lograba encontrarlo.
No existió una gran discusión o algún problema que nos haya perjudicado.
—Luca me escucha con atención—. Pero he llegado a una respuesta: fue en el último verano que compartimos con cierta normalidad cuando todo se rompió para cada uno sin darnos cuenta, y es que los estragos personales vendrían mucho después.
Tu corazón se partió en mil pedazos de forma irremediable y yo comencé a ser aquello que nunca fui —reflexiono con un sentimiento reconfortante, claro y sanador.
Las cosas no se entienden en el momento en que suceden, sino hasta que las miras en retrospectiva—.
Los dos, de alguna forma, perdimos una parte de nosotros mismos en aquel último verano.
Eso fue lo que nos hizo cambiar y también sería lo que volvería a encontrarnos.
De algún modo, la vida funciona como un círculo constante, ¿sabes?
Nos perdemos y nos encontramos. Y siempre regresamos al principio.
Luca se queda en silencio. Y mi mente divaga en segundos.
¿Qué es lo que nos hace cambiar? ¿Qué es lo que muchas veces nos desvía y nos hace elegir una vida que no está a la altura de nuestros anhelos más profundos?
A veces son las decisiones propias guiadas por el miedo; otras veces, los golpes, las limitaciones y los giros de la vida.
Muchas veces son circunstancias inevitables.
Pero si bien he aprendido algo fundamental: solo podemos crecer cuando perdemos.
Solo podemos saber quiénes somos y cómo queremos vivir cuando, durante un periodo de tiempo o una vida entera, somos todo lo que nunca hemos sido.
Cuando sabemos que nos estamos mintiendo a nosotros mismos.
—Tienes razón, Lizzy. Ahora puedo verlo. —Los minutos pasan y la marea aumenta. Ha llegado el momento de salir del mar—. Pero ¿crees que sea necesario? —añade él.
Luca contempla el horizonte como si este contuviera resquicios de nuestro pasado. Una paz y nostalgia infinita surcan las líneas de su rostro.
La brisa me acaricia las mejillas.
Me limito a esperar.
—Encontrar tu más ardua pasión en la vida —continúa con el mismo sosiego del océano—. Es decir, disfruto hacer las cosas que me gustan. Pero no moriría si dejara de hacer alguna de ellas, al menos no al grado de lo que tú lo harías por las letras.
Tan solo me concentro en sus ojos.
—No, no creo que eso sea necesario como algo vital —contesto—. Supongo que lo único necesario es que hagas lo que hagas y tengas el sitio que tengas en el mundo, trates de ser feliz. Contigo. Con los demás.
Luca asiente y sonríe de lado. Intento recordar alguna vez, pero nunca lo vi tan complacido como en este instante cuando dice con voz firme:
—En ese caso, soy feliz. Soy feliz contigo, Lizzy.
Después abandonamos el mar y caminamos por la ribera de la playa, y entonces vivo los minutos más lúcidos de mis treinta años.
Me doy cuenta de que la única manera de soportar las inclemencias de la vida es conservando vivas mis ilusiones, soñando y siendo yo misma, sin más expectativas que las propias.
Elegir el amor por encima del miedo. Lo contrario sería desdibujarme.
Por eso, ahora y siempre, solo deseo vivir cada día con la certeza de que estoy dejando arder mi propio fuego.
Al final, el único camino que me llevará a las estrellas siempre será el auténtico.
Mi decisión, la más crucial de todas, ha sido arriesgarme a perder, porque quizá esta sea la única manera de ganarlo todo.