102Luca
Luca
El sol de Kahului brilla con intensidad.
Es martes y la actividad de esta mañana es igual a cualquier otra en la ciudad más desarrollada de Maui.
Esta vez, quizá producto de la cierta inquietud que no se ha ido de mi sistema desde el sábado, elijo pedir un transporte particular para llegar a Paia.
He traído un par de maletas conmigo —la mudanza completa la haré la próxima semana—, así que guardo el equipaje en el maletero antes de subir a los asientos traseros.
El recorrido, como siempre, es un trazo en mi memoria.
Mientras avanzamos por la idílica autopista que conecta los dos destinos, vuelvo a marcarle a Lizzy, pues aún no me ha contestado los últimos mensajes que le envié antes de abordar el avión en el aeropuerto de Honolulu.
Quizá no debería ser motivo para preocuparme o alarmarme, pero no he podido desprenderme de una mala sensación en el pecho que me susurra que algo anda mal. O tal vez es el peso de mi conciencia.
Me siento culpable. Esa debe ser la razón.
Por un lado, me he sentido aliviado en cuanto supe que el inesperado regreso de Blair no se debía a una noticia que iba a cambiarme la vida, aunque estaba dispuesto a enfrentarlo, sino a una despedida en la que nos veríamos por última vez para cerrar el ciclo.
Me relajó y me impactó a partes iguales.
Y es que allí, enfrente de ella, lo supe.
Yo también lo necesitaba. Sin embargo, cuando salimos de la cafetería y nos volvimos a decir adiós, no sé qué fue —quizá la nostalgia de una versión propia que nunca volverá— lo que hizo que Blair me besara, y yo, aunque no le devolví el beso y la aparté, permití su impulso por un segundo.
Después, ella susurró: «Adiós, Luca. Sé feliz».
Luego se fue. La miré alejarse.
Sé que podría guardar ese recuerdo para siempre en el fondo de un baúl, que podría ponerlo allí con candado y no volver a hablarlo con nadie, porque en sí solo me pertenece a mí, pero aun así me sigo sintiendo mal conmigo mismo.
Más que por lo ocurrido con Blair, por mi incapacidad para hablar las cosas con Lizzy cuando debí haberlo hecho.
No tenía nada que esconder y, en todo caso, sé que ella lo hubiera comprendido.
No es la primera vez que ocurre. Suelo reprimir las cosas cruciales.
Pero si vuelvo muchos años atrás, a un tiempo en el que no sabía lo increíblemente frágil que es la vida y no imaginaba ni por un momento pasarme los días en una oficina de cuatro por cuatro, cuando tenía ganas de hacer de todo y tan solo esperaba la llegada de una niña de piel nívea y ojos de luna para que el verano se sintiera como tal, entonces descubro que podía hablar sobre cualquier cosa porque en mi mundo de infancia todo era inalterable. No podía perder a nadie.
Cuando llego a casa de mis padres, a diferencia de la última vez, no la encuentro envuelta con un rastro melancólico y solitario.
La luz del día se filtra por las nuevas persianas que puse en las ventanas frontales de los dos pisos, el césped se nota mucho más fresco y la banca y los faroles del porche no lucen polvorientos.
Casi es como el hogar que alguna vez fue.
Entonces me percato de un cambio en la casa de enfrente.
La pickup de Henry está ahí como siempre, pero eso no me sorprende, sino el murmullo y las risas que provienen del interior.
Enfoco la mirada desde el porche y, de un momento a otro, alguien de baja estatura se asoma por la ventana de la cocina y me sonríe de oreja a oreja.
Las facciones de ese rostro han cambiado, pero lo reconozco casi de inmediato.
Genevieve. La hermana pequeña de Lizzy.
Lo termino de comprobar cuando, un instante después, la puerta de la entrada se abre y de ella sale una niña menuda y blanca como la leche. Aparece alzando la mano y me llama por mi nombre como si fuéramos amigos de toda la vida.
Al parecer llegué justo a tiempo para asistir al banquete que Henry preparó para una pequeña reunión familiar a la que también han asistido Benjamín, Oliver y Molly Robinson.
Comimos cerdo kalua al horno y arroz blanco.
Por supuesto, habrían estado Kai y su familia, pero los recién casados siguen en luna de miel por las costas mexicanas.
De hecho, Finn se ha quedado a cargo del restaurante, aunque por supuesto, mientras Kai vuelve, yo también estaré al pendiente. Mi hermano me lo pidió.
Kai y Manu ya saben de mi renuncia. Los dos apoyaron mi decisión.
A decir verdad, no sé qué haré exactamente con mi vida ni si acaso he tomado una buena decisión.
Por fortuna, tengo suficientes ahorros, de modo que podré enfrentar las dificultades del inicio mientras me encamino hacia los objetivos que trazaré a largo plazo.
Hace varias noches fui drásticamente sincero conmigo mismo y me di cuenta de que en realidad no necesito cosas extraordinarias para sentirme satisfecho.
Toda la vida me la he pasado buscando algo similar, como si hubiera un agujero que llenar, cuando solo pasa que no tengo pasiones intensas, ni algo que sea el centro de mi vida.
Después de tanto, supongo que está bien no haber nacido para algo excepcional.
Y es que imaginé mi vida ideal y solo aparecieron sensaciones: el mar y el amor, la inmensidad del agua salada, los rastros de arena en la piel, el sonido de una risa, un sabor dulce en el paladar y el calor de los abrazos que ahora valoro un poquito más.
Y ahora mismo todo está bien. Excepto una cosa.
No es que hubiera deseado que saltara de alegría al verme, pero Lizzy apenas sonrió cuando la estreché entre mis brazos y, aunque me correspondió el beso de bienvenida, no fue como siempre.
La sentí tensa, con la mirada vaga, incluso un poco incómoda.
Al principio pensé que se debía a la presencia de su madre, que no le gustaría sentirse observada.
Pero en las últimas horas apenas ha mirado en mi dirección.
No quiero sonar exagerado. Tal vez lo estoy percibiendo mal.
Casi me convenzo de esto mismo cuando, de un instante a otro, la pierdo de vista.
Genevieve sigue allí, jugando a las cartas con Molly y su madre, acaparando la atención de las dos mujeres que al parecer se han dado una buena impresión.
Miro por todos los rincones, pero no hay rastro de Oliver y de Lizzy.
Sí, es evidente. De modo que tras disculparme con Henry y Benjamín, salgo de la casa. Nadie se percata de mi ausencia.
En el exterior, los rayos de sol bañan la calzada y las copas de los árboles. La humedad abraza como un guante y el murmullo de los insectos y los coches que transitan cerca por la carretera principal es lo único que interrumpe la placidez de la calle.
Llego a la acera, pero no la veo por ningún lado.
—¿Luca?
El aire regresa a mis pulmones. Me doy la vuelta.
—Lizzy… —pronuncio su nombre con cierto alivio en cuanto la veo aparecer detrás de un puñado de arbustos que enmarcan un costado de la casa—. Te estaba buscando. ¿Dónde estabas? No te vi salir.
Una ráfaga de viento nos envuelve y despeina su cabello oscuro en sus pálidas mejillas y en sus clavículas que saltan a la vista.
Lleva un pantalón corto, una blusa roja de tirantes y…
un collar de plata con dije de luna que brilla fulgurante en su piel.
Lo reconozco de inmediato y siento una oleada de calidez.
Lo tomo como un indicio de que todo está en su cauce.
—Estaba platicando con Oliver, pero él ya se fue.
Lizzy sonríe un poco. Pero sus ojos relucen cautelosos y, aunque no hay ningún gesto sombrío en su rostro, desvía la mirada como para no cruzarse con la mía.
Siento un escozor en el pecho. Trago saliva.
Me limito a controlar mis propias emociones que pueden estar alteradas y vienen a través de una capa de distorsión. Tan solo debe ser eso.
—Ya veo…
Ella suelta los hombros y esta vez me mira a los ojos.
—¿Quieres dar un paseo? —Su tono es simple.
Meto las manos en los bolsillos. Respiro hondo y asiento.
De algún modo percibo que algo viene y no sé si es bueno.
—Sí, por supuesto.