Lo que se rompió en aquel verano 100Lizzy
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Lizzy

Miro ansiosa por la ventanilla del Uber.

Manu me dio razón del paradero de Luca, a donde ahora mismo me dirijo.

En los últimos minutos he ido desenterrando cosas de mí misma que siempre han estado allí, en el fondo de todo lo que he preferido no explorar, y que ahora pesan como piedras.

Y es que hay algo que desde que tengo memoria me impide abrazar mis propios sentimientos fuera de una página en blanco.

De algún modo, cuando sientes con demasiada intensidad, tienes pánico de mostrar todo lo que hay en tu corazón.

Tienes miedo de aceptar que eres pura convulsión y, en su lugar, finges normalidad.

Tratas de vivir como si hasta la última célula de tu cuerpo no tuviera vida propia y no sintiera la ilusión y la desdicha con la misma pasión. Incluso cuando no sientes nada.

No sé si le sucede a todo el mundo, pero en lo que a mí respecta, es por esto por lo que escribo. Nunca soy más yo misma que cuando escribo. Porque en letras sí me permito abrir el corazón y excederme. En poemas la cortadura me es incluso inevitable.

Sin embargo, me oculto en la vida cotidiana.

Pero ¿entonces quién soy? ¿La chica que escribe es distinta a la que hace de esto y aquello como cualquier otra?

No, debe ser la misma, aunque me cuesta relacionarlas porque procuro no juntarlas.

Solo así puedo esconderme de la parte más palpitante de mí que en el fondo duele tanto como sangrar en silencio.

Aunque justo ahora las dos miran al mismo tiempo los colores de este atardecer que no tardará en extinguirse.

Esta vez las dos necesitan expulsar lo que me carcome el corazón.

El Uber me deja justo enfrente de la cafetería en la que Manu me dijo que encontraría a Luca.

De modo que cuando bajo del auto con mi pequeña maleta al hombro, mi primer impulso es buscarlo a través de los paneles de vidrio que dejan ver las figuras del interior mientras me acerco caminando sobre la acera.

Hay algunas mesas ocupadas, gente esperando en la barra, pero no hallo ningún rastro de él. Quizá ya ha salido de aquí.

Manu no me dio mucha información. Yo tampoco le di explicaciones.

Entonces, justo cuando estoy a punto de entrar al local para terminar de cerciorarme, giro el rostro hacia mi costado izquierdo y, de un momento a otro, lo reconozco.

Lo primero que distingo es la manera en la que se amolda la camiseta negra a su espalda, la misma que llevaba puesta cuando nos despedimos en el aeropuerto hace poco más de una hora.

Su cabello largo está recogido en un bucle desordenado a la altura de la nuca…

Sonrío por inercia y hago el ademán de caminar hacia él. Nos separan unos quince metros, pero entonces me percato de que no está solo. Hay una chica rubia con él. Es alta y lleva un vestido floreado. A simple vista, es muy guapa.

Pienso y pienso hasta que la reconozco.

Sí, debe ser Blair. ¿Quién más?

Dejo de caminar sobre la acera, suelto los brazos a mis costados y, mientras ninguno de los dos se percata de mi presencia a lo lejos, entre la corriente de gente, contemplo la escena con el pecho tenso y la respiración casi contenida.

Luca no me dijo que vendría aquí y se vería con su exnovia. Pero sé que no debo crearme suposiciones adelantadas. Pudieron haberse encontrado por casualidad. Debe haber una explicación lógica para que ella esté aquí cuando se supone que aún debería estar en Londres.

Tan solo decido esperar. Hablan entre ellos, aunque no escucho lo que dicen.

Transcurre un minuto así, eterno, mientras conversan mirándose de frente, sumergidos en una burbuja privada.

Luego, justo cuando él avanza y la abraza como para despedirse, ella le rodea el cuello y lo besa.

No sé cuánto tiempo dura, quizá unos pocos segundos, pero al instante Luca la toma de los brazos y la aparta con suavidad antes de soltarla.

Blair solo lo mira a él y sus labios se mueven como en un susurro. Algo le dice.

Una ráfaga de viento me revuelve el cabello.

Con los ojos ardientes, me doy la vuelta y comienzo a caminar sobre la acera sin mirar atrás.

No pienso en nada. No me hago posibilidades demoledoras ni razonables que expliquen lo que acabo de ver, porque todo lo que percibo es un pozo oscuro que me arrastra como un barco a la deriva.

Me convierto en una víctima de mi propio revuelo, y la marea me ataca con fuerza.

El dolor nace en la garganta y se extiende por cada arteria hasta llegar a los recodos del corazón.

Todo lo demás, en tanto, sucede en automático.

Contesto cuando entra una llamada al celular. Es mi padre, y me informa que el vuelo se ha retrasado. Me repite si estoy segura de quedarme. Me dice que aún tengo tiempo para llegar. Sin más explicaciones, le digo que voy de regreso al aeropuerto.

Las sombras del crepúsculo empiezan a arropar la ciudad. Pido un Uber y la espera se hace larga, hasta que el automóvil llega y yo subo como si estuviera escapando de un diluvio. Aunque por dentro, sí que llueve a cántaros.