99Luca
Luca
De pronto suena el celular y me pongo rígido.
Contesto cuando compruebo que es Manu.
—¿En dónde andas? ¿Ya vienes de regreso del aeropuerto?
Me detengo en un semáforo.
—¿Por qué? ¿Qué necesitas?
—Quiero una hamburguesa.
Casi pongo los ojos en blanco.
—¿Y acaso no la puedes comprar tú mismo? —Presiono el acelerador cuando el semáforo cambia—. ¿O tal vez pedirla en el restaurante del hotel?
—No, estoy en el baño y las del hotel apestan.
Suelto un sonoro bufido.
—¿Te gustan las que hacen en mi cafetería favorita de Waikiki? De hecho, voy para allá. También tengo un poco de hambre. —En realidad, no le doy opción. Él sabe que es esa o ninguna—. ¿Sí o no?
—Sí, con jalapeños en escabeche.
—Bien, te la llevo.
—Oye, ¿pasa algo?
—No. Adiós.
Poco después estaciono la Suburban, cruzo una calle, camino unos cuantos metros a lo largo de la avenida principal de Waikiki y, finalmente, hallo la plaza comercial indicada.
Me detengo unos segundos. Miro los rostros de la gente, las líneas de la acera, los paneles de vidrio que dejan ver los muebles rústicos de la cafetería en la que hace casi tres años vi a Blair por primera vez.
El recuerdo llega como el soplo del aire.
Después de caminar por la playa, solía venir aquí para pedir lo mismo de siempre, sin que nada cambiara, hasta que un día me crucé con una chica rubia de ojos miel atareada con su forma de pago, pues ninguna de sus tarjetas funcionaba.
Me acerqué para ayudarla y pagar su cuenta, que era mínima, sin ningún propósito más allá que el de ser amable.
Pero la conversación surgió y luego empecé a coincidir con ella más veces.
Entonces supe que vivía cerca de la zona, tenía raíces británicas y acababa de salir de la universidad.
Comenzamos a frecuentarnos, a conocernos mejor y…
un día, descubrí que a su lado los miedos respecto al futuro no emergían y podía sentirme a salvo.
Ya había renunciado a la vida que siempre había soñado.
No podría volver a ser tan feliz como antes.
No hay mucha gente en el sitio. Las lámparas de mimbre cuelgan del techo, los cuadros en las paredes hablan de música y arte, y el aroma a café tradicional inunda el espacio cuando empujo la puerta y avanzo con pasos titubeantes hacia la única mesa —al costado del panel de vidrio— que está ocupada solo por una mujer. La reconozco con facilidad.
Lleva un vestido floreado de tirantes y su cabellera dorada y rizada cubre su espalda. Con gran calma, bebe a sorbos un café caliente y humeante.
Sin decir nada, en silencio, arrastro la silla de enfrente y tomo asiento. Solo entonces, luego de jalar aire, levanto la mirada y me encuentro con sus ojos miel.
Blair no ha cambiado en absoluto, pero eso no es sorprendente porque no ha pasado mucho tiempo. Sin embargo, tan solo dos meses atrás, esta escena habría sido la última que hubiera imaginado entre nosotros.
—Hola, Blair. —Esbozo una sonrisa amable.
—Hola, Luca. Te ves muy bien.
Ella me sonríe de vuelta. No parece molesta o incómoda.
—Supongo que hay una razón importante para que hayas regresado a Honolulu antes de lo previsto —empiezo a decir con lentitud—.
Supongo que también tiene que ver conmigo.
Pero por favor, antes de que digas cualquier cosa, solo quiero decirte que no debes tener miedo y puedes confiar en mí. Sabes que no voy a fallarte.
Mantengo la atención en su rostro.
He estado esperando ver cierta raíz de inquietud o nerviosismo en su expresión, pero Blair solo refleja una gran calma teñida de nostalgia. Sí, algo cálido, similar a la sonrisa que ahora mismo se extiende en sus labios y siempre fue capaz de ponerme de buen humor.
—Sé lo que estás pensando, Luca, y admito que fui un tanto misteriosa con ese mensaje que te escribí, pero no es eso.
No estoy embarazada. —Blair se acomoda un mechón por detrás de la oreja y desvía la mirada hacia el movimiento del exterior—.
En realidad, te he citado aquí solo porque…
quería despedirme de ti. No voy a regresar a Honolulu en mucho tiempo.
Y con mucho tiempo me refiero a mucho tiempo. Tal vez pasarán años.
Algo que estaba apretando en mi pecho se debilita. Aun así, el alivio que me recorre durante un segundo, de forma drástica, se convierte en sorpresa, y también en una inesperada tristeza. Empiezo a negar e intuyo que ella lee la confusión en mi cara.
—¿Cómo? ¿Te mudarás a Londres definitivamente?
Blair bebe de su taza de café.
—Sí, justo así. —Sonríe antes de relamerse los labios—.
Tú sabes que amo esta ciudad, además, aquí tengo a mi madre y a Axel, quienes por otro lado no pueden pensar en marcharse.
Pero este tiempo que estuve en Londres me hizo reconsiderar muchas cosas.
Algo parecido a lo que te dije la última vez que hablamos por teléfono, ¿recuerdas?
Que por cierto, me disculpo por eso. Sé que no fue la mejor manera de terminar nuestra relación.
Asiento y respiro hondo. Me revuelvo el cabello.
Es muy extraño. Incluso cuando crees saberlo, nunca entiendes cuánto ha impactado una persona en ti hasta que de un momento a otro la ves irse de tu vida de forma definitiva.
Ahora mismo siento eso. Quizá Blair no me atravesó de la manera más intensa o mágica, pero sí lo hizo con la suficiente calidez cuando una parte de mí lo necesitaba.
—Sí, supongo que no fue la mejor manera. —Intento sonreír.
—He vuelto para gestionar la mudanza —prosigue y yo hago un esfuerzo para serenarme, pero me cuesta más de lo esperado—. También para despedirme de mis conocidos, de mis amigos y… de las personas que han sido importantes para mí. Como tú, Luca.
Blair alza una mano y yo comprendo. No quiere que la interrumpa.
—La verdad es que, como te decía, la manera en la que terminé contigo no fue la mejor.
Me dejó un mal sabor y tal vez es tarde para arreglarlo, pero necesitaba hacer esto.
—La nostalgia aparece como una burbuja que nos captura.
Ella concentra la atención en los colores parpadeantes de la avenida y yo en su rostro—.
Luca, creo que los dos, si somos sinceros, podríamos coincidir en que lo nuestro nunca tuvo un camino trazado, un destino al cual llegar.
Fue envolvente, sí. Nos acercamos y compartimos lo suficiente para que funcionara, pero nunca fue así.
Ahora me doy cuenta de que nunca abrimos el corazón.
No de verdad. —No podría ser capaz de contradecirla.
Porque la verdad es esa y solo esa—. Poco antes de irme a Londres, aquella vez que nos despedimos, lo supe con claridad.
—Baja la mirada, se ríe entre dientes, pero no hay rastro de alegría, solo de resignación y un atisbo de libertad—: tú tenías miedo de ir en busca de la mujer que amas y yo de quedarme sola.
Le tenía miedo a la ruptura y aunque en el fondo siempre supe que algo faltaba entre nosotros, intentaba convencerme de que tú eras el correcto.
Imaginaba casarme contigo y tener un futuro colorido, y luego…
Luego me di cuenta de que solo necesitaba cariño. Me necesitaba a mí.
Parpadeo con confusión.
—¿Lo sabías? ¿Sabías que yo…?
—Era demasiado obvio como para no darse cuenta.
Apoyo los codos en la mesa y las manos en la cara.
—Joder… Me siento terrible.
—No vengo a reprocharte nada, Luca. —Bajo las manos y vuelvo a pegar la espalda en el respaldo de la silla.
Nos miramos fijamente—. Solo he venido a cerrar este ciclo, porque como haya sido, los dos lo compartimos.
Además, no me arrepiento. De alguna forma, crecí a tu lado.
Tratando de encajar las piezas entre nosotros pude volver a encontrarme.
Tú también lo hiciste, hallaste valor y esperanza.
Así que… no creo que hayamos sido un error.
Fuimos justo lo que ambos necesitábamos.
Los dos guardamos un largo silencio.
—Siempre voy a quererte, Blair.
No hace falta explicarlo.
—Yo también, Luca. Yo también.