Lo que se rompió en aquel verano 96Luca #2
89%

96Luca #2

Bajo la luz amarilla que nos ilumina y se proyecta en la amplia habitación, agarro dos almohadas para ponerlas debajo de mi nuca contra la cabecera y, cuando estoy cómodo y cruzo los pies, extiendo el brazo izquierdo para indicarle a Lizzy que se acerque a mi lado.

Esbozo una sonrisa ladeada que oculta mi desasosiego.

Me siento afortunado y culpable al mismo tiempo.

Arropado por la luz y acechado por las sombras.

—Ven, Lizzy, te leeré tus poemas favoritos. —Alzo el libro en el aire—. No soy el mejor orador ni nada por el estilo, pero voy a esforzarme. No sé si lo recuerdes, pero escribiste pequeñas notas en algunos poemas, por eso sé cuáles son los que más te gustan. Esos son los que he leído más veces.

—¿Entonces los has leído más de una vez?

—No fueron tan aburridos como pensé.

Lizzy sacude la cabeza y sonríe con placer.

Parece dudar un poco, pero al final se desliza y se acomoda junto a mí.

Apoya la cabeza en mi pecho a la altura del corazón y yo paso un brazo por su espalda para mantenerla contra mi cuerpo.

Dejo la mano firme en su cintura. Una de sus piernas se encima un poco sobre la mía, de modo que la camiseta que lleva puesta se arremolina en sus caderas y una gran parte de su piel queda expuesta.

Si la estaca de la culpa no fuera tan profunda, me olvidaría de leer poemas y ahora mismo me abalanzaría sobre ella para adorar, una vez más, cada centímetro de su cuerpo.

Con esfuerzo, pongo en aleatorio la misma playlist que creé para nuestro road trip , y así, las líneas de «A Sky Full of Stars» empiezan a sonar en un volumen tan bajo como el suspiro de la noche entre el sonido de nuestras respiraciones.

Vuelvo a sostener el libro y me aclaro la voz.

Lizzy alza la cabeza y yo bajo la mirada.

Sus ojos grises brillan como perlas.

—¿Te confieso algo? —susurra con una sonrisita—.

¿Recuerdas cuando esa canción de Coldplay era mi favorita y la escuchamos una vez con audífonos en tu habitación de Paia?

—Me da tiempo para que pueda encontrar el recuerdo entre la inmensidad, pero lo rescato enseguida—.

Bueno, en ese momento no te lo dije, pero te estaba dedicando cada una de esas líneas.

Yo escuchaba esa canción y lo único que podía pensar era en ti.

Es justo lo que esperaba escuchar y ahora me doy cuenta: lo que fluía entre nosotros lo percibíamos los dos. Siempre estuvo allí, latente y firme, pero desdibujado. Solo porque ninguno tuvo el valor de nombrarlo.

Entonces vuelve a esconder el rostro.

—Ahora sí, ya puedes empezar a leer.

En mis labios se dibuja una sonrisa genuina.

—¿Y recuerdas que después yo puse «Iris», de Goo Goo Dolls?

—Hago un poco más de presión en su cintura y siento cómo ella se estremece—.

Te dije que estaba en bucle con esa canción.

¿Sabes cuál era la razón? Al escucharla solo podía pensar en ti y eso no ha cambiado.

No te lo dije, pero yo también te dediqué esa canción.

Siempre has sido tú, Lizzy. La chica que amo con todo el corazón.

Ella no dice nada. Conozco su dificultad para expresar sus sentimientos.

Lo hace de forma esquiva o lo reprime. Siempre ha sido así, pero lo acepto.

Aunque por otro lado, si pienso en eso y voy más allá, entonces llego a un pensamiento crucial: Lizzy no me ha dicho que me ama, no con esas palabras.

¿Eso debería preocuparme? Quizá cualquier otro lo haría.

Pero conozco los recodos de su corazón. Sin embargo, sé que a una parte de mí le encantaría escucharlo.

Tal vez lo necesito. Aun así, no he querido decírselo ni orillarla a que las pronuncie solo para sentirme mejor.

No es así, pero también hay una necesidad que está creciendo bajo mis venas. Como si no quedara tiempo.

La grieta en mi pecho quema en silencio.

¿Y si todo acaba después de esta noche? ¿Y si esta vez la pierdo para siempre?

Como una barrera para detener esta lluvia de cuestiones desalentadoras que invaden mi mente, abro el libro en páginas aleatorias y comienzo a leer algunos poemas antes de llegar a los que tienen sus escritos con puño y letra.

Me aclaro la voz y recito: «Una palabra está muerta, cuando se la pronuncia, dicen algunos.

Yo digo que a vivir recién empieza ese día».

Ella me pide que lo lea de nuevo, y lo hago, pero me quedo pensando en lo que escribió a un lado de ese verso: «Nunca he entendido por qué la mayoría de las personas toman a la ligera las palabras.

Yo no. Porque viven y nunca mueren como nosotros».

Entonces los poemas en mi voz y las notas de las canciones colman los minutos hasta que llego al siguiente verso: «Solo el amor puede herir. Solo el amor puede aliviar la herida».

Justo cuando termino de pronunciarlo, me doy cuenta de que Lizzy se ha quedado dormida sobre mi pecho, de modo que cierro el libro y lo dejo en la superficie del buró.

Apago la lámpara y detengo la música. Después le aparto los cabellos que se atraviesan en su rostro antes de pasar un brazo por detrás de la nuca y clavar la mirada en la oscuridad del techo.

Intento dormir. Pero la noche no transita igual que cualquier otra.

De algún modo, las palabras que leí se quedan como partículas en el aire revelando cosas ocultas.