Lo que se rompió en aquel verano 96Luca
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Luca

La noche se va extinguiendo. Una parte de mí quisiera detenerla, quedarme para siempre en este momento, justo ahora, mientras contemplo los ojos de Lizzy como la única luz que puede iluminar la oscuridad de cualquier laberinto.

He bebido unos cuantos tragos, pero sigo estando tan lúcido como esta mañana, cuando decidí renunciar a mi empleo y desmoronar lo construido para volver a comenzar.

Si no lo hice antes, fue porque no sabía que no era feliz aquí, en Honolulu.

No ciertamente. Solo lo supe hasta que volví y pude ver la realidad sin matices.

En cuanto a Lizzy… Esta noche se ve terriblemente hermosa.

Me pregunto si acaso habrá elegido el color azul de su vestido pensando en que ese tono en su piel me produce cierta debilidad.

Quizá sí y la idea me fascina. No puedo despegar los ojos de ella.

Me gusta contemplar la manera en la que su piel blanca como la nieve contrasta con su cabello oscuro, su gesto despistado, su mirada profunda, su aire delicado y soñador.

Lizzy escribe poemas, pero no sabe que ella misma es uno.

Aunque entre más la miro, la grieta se hace más grande. No soy capaz de ser valiente para ciertas cosas. Supongo que nunca lo he sido.

Ahora mismo nos encontramos solos en mi piso.

Le empezó a doler la cabeza y por eso nos despedimos antes de tiempo.

Eso fue lo que dijo. Sin embargo, en el brillo de sus pupilas noto lo que está deseando con tantas ganas y trata de ocultar.

No es solo ella. Yo también siento el mismo ardor en la piel y me muero por volver a sumergirme en nuestro propio universo.

Pero no puedo desprenderme del polvo acumulado en mis hombros.

Porque siento que le estoy fallando con el simple hecho de no hablarle con la verdad.

—Luca, creo que no debí beber tantas piñas coladas… —Los dos atravesamos el recibidor de la suite tras cerrar la puerta a mis espaldas—. Pero todo estaba tan animado que no me di cuenta. Sin duda no estoy acostumbrada a esto.

Le rodeo la cintura y la conduzco al sofá. La ayudo a sentarse y luego voy a la cocina.

—Tranquila, aquí te sentirás mejor. —Tras servirle un vaso de agua, regreso a su lado.

Lizzy mantiene la cabeza recargada en el respaldo.

El cabello le enmarca el rostro con gracia.

Le sonrío con ternura cuando le extiendo el vaso y ella se incorpora un poco sobre el sofá para darle un sorbo—.

Yo he bebido incluso un poco más, pero estoy más habituado.

—Sí, eso parece.

Me devuelve el vaso y lo pongo en la mesa de centro.

—¿Aquí estás bien? —Estoy por levantarme, pero Lizzy pone una mano sobre una de mis rodillas.

Trato de ignorar la tensión que fluye como una corriente eléctrica en todo mi sistema y tan solo se la sostengo con suavidad para besarle los nudillos con delicadeza—.

O quizás prefieras recostarte en la cama.

Puedo leerte poemas para que te relajes, si quieres.

Así igual aprendo un poco de poesía, como tú.

La sonrisa se dibuja en sus labios delgados.

—Eso suena como una fantasía erótica, ¿sabes?

—Puedo hacerla realidad.

Entonces algo chispea en sus pupilas. Sigo sin soltar su mano.

—Bueno, tal vez, también podríamos hacer realidad otro tipo de fantasías…

—Lizzy se inclina hacia mí y mi otra mano se aferra en automático a su cintura.

Acerca su rostro al mío y nuestros alientos se mezclan.

El alcohol se percibe, pero me importa un bledo.

Solo puedo concentrarme en el contorno de sus labios y sus ojos de luna, que se derriten por el mismo calor que ahora mismo me inunda—.

Luego, ya sabes, si quieres podrás leerme toda la poesía del mundo.

Escucharemos canciones de Michael Jackson y Coldplay como cuando éramos adolescentes.

Pero ahora lo único que quiero… es esto. Te quiero a ti.

Allí está esa faceta irresistible. Solo quiero rendirme y besarla. Pero cuando mi mano sube hacia su cuello y sus labios hacen contacto con los míos, regresa la cortadura de la culpa, el frío de aquello que temo.

Mañana será un día crucial que podría cambiarlo todo, porque he estado haciendo muchas conjeturas en mi mente: ¿Por qué Blair regresó de Londres antes de tiempo? ¿Por qué no me dijo nada al respecto y solo me citó en la cafetería en la que nos conocimos? ¿Acaso está embarazada?

Esto último no ha salido de mi mente desde que recibí su mensaje justo cuando llegaba a la ciudad.

Sí, siempre nos cuidamos, pero soy consciente de que los preservativos tienen un margen de riesgo y si no me fallan las cuentas, bien podría ser una posibilidad.

De modo que no puedo cerrar los ojos y fingir amnesia.

Y tampoco soy capaz de tocar a Lizzy con estos pensamientos.

Es por eso que enfrío el beso a propósito.

Debilito la presión en su cuello, suelto su mano y me encuentro con sus ojos ansiosos.

Su respiración agitada me acaricia el rostro y una punzada de acidez me recorre el pecho cuando noto en su expresión cierta raíz de inseguridad y confusión.

También pienso que esta es la ocasión justa para decirle lo que pasa, pero es como si intentara derribar una montaña. No tengo la fuerza.

—Lizzy, creo que deberías descansar un poco.

Te notas cansada —alego con la menor convicción del mundo, mientras me esfuerzo en mantener la media sonrisa y confiar en que no me estoy viendo como un vil tonto—.

No tienes idea de todo lo que quiero hacer realidad contigo, no has visto nada, pero ahora mismo necesitas recuperarte y sentirte mejor.

Ella aleja el rostro y se mantiene en silencio. Hay sentimientos encontrados en su mirada nublada que soy incapaz de despejar. Me odio a mí mismo en este instante.

—Yo… —titubea con torpeza y desvía la atención hacia el piso vinílico—. Sí, tienes razón. Lo siento, sé que tal vez no es el mejor momento para hacer esto, pero estaba pensando en que quizás… Olvídalo. Está bien.

Sin esperar un segundo, acuno su mejilla con delicadeza y le doy un casto y suave beso en los labios, pero ella apenas responde. Se ha convertido en una frágil estatua.

—No creas que te estoy rechazando —aclaro con suavidad y, acto seguido, contengo la punzada de dolor y la tomo entre mis brazos para llevarla a mi habitación.

Ella me lo permite sin chistar—. Solo soy un hombre preocupado y nervioso cuando se trata de ti.

Digamos que justo ahora prefiero que hagamos el amor de otra manera.

Quizás de la manera original que has sugerido antes. Me parece buena idea.

Lizzy pasa los brazos en torno a mi cuello.

El calor de su cuerpo es un dulce infierno contra el que tengo que luchar, pero no cedo ante mis deseos porque la espina que ataca por dentro lo congela todo.

Aun así, con toda la calma y ternura del mundo, la recuesto en la cama antes de abrir la puerta corrediza del balcón para que el murmullo del mar y la vida exterior nos haga eco.

Luego voy por el único libro de poesía que tengo en el librero de la sala contigua.

Cuando regreso a la habitación, agarro la bocina que hay en el escritorio y la enlazo con el celular.

Me doy la vuelta, pero entonces la descubro de pie a un costado de la cama con el vestido arrugado en sus tobillos. Ahora mismo solo la ropa íntima cubre su nívea desnudez. Una oleada de calor, por la mera visión de las curvas de su cuerpo, me recorre la espina dorsal.

Tengo que tragar saliva.

Lizzy cruza los brazos sobre el pecho. Me mira con una sonrisa titubeante.

—Creo que estaría más cómoda con alguna camiseta tuya que pueda usar como pijama. —Se muerde el labio inferior al notar que me tardo en reaccionar—. ¿Me puedes prestar una?

Asiento y aparto la mirada de inmediato.

—Sí, claro, yo… supongo que tendré alguna.

Creo que Lizzy se ríe por lo bajo cuando procede a quitarse las sandalias de plataforma, pero el sonido es tan imperceptible entre el susurro de la noche que no puedo asegurarlo.

Sin volver a mirarla —pues no tengo tanta confianza en mí mismo—, le extiendo la prenda con la naturalidad de un robot.

Ella no es consciente de que me siento peor que un miserable por estarle ocultando algo que debería saber, solo porque tengo miedo de que todo se derrumbe si es que resulta ser lo que he estado sospechando en los últimos días.

Mientras Lizzy se pone la camiseta gris que le he entregado, aprovecho para sentarme en el borde de la cama y quitarme los zapatos de cuero.

Después la observo deslizarse hasta el medio de la cama, casi a la altura de la cabecera tapizada de lino; acomoda algunas almohadas debajo de su cabeza y luego se recuesta de lado.

La camiseta solo alcanza a cubrirle la mitad de los muslos, así que intento no fijarme en ese detalle y me levanto para agarrar las cosas del escritorio y apagar el interruptor detrás de la puerta.

La oscuridad no es completa. La luz pálida que proviene del balcón abierto es suficiente para que no me pierda ningún detalle de su figura.

—Ese es el libro de poemas que te regalé una vez, ¿cierto? —murmura. Me relajo un poco cuando la veo sonreír—. Recuerdo que dijiste que en condiciones normales tardarías como diez años en leerlo, pero me prometiste que lo harías, aunque te resultara aburrido. Me pregunto si…

—En efecto, lo leí completo. Solo porque tú me lo obsequiaste —interrumpo cuando regreso a la cama con las cosas y me siento junto a la cabecera, en donde apoyo la espalda mientras paseo la mirada entre sus ojos y los rincones—.

Sabes que nunca he entendido mucho de poesía y que tampoco tengo la sensibilidad para sentirla como tú, pero en estos poemas pude encontrarte entre líneas.

Entendí por qué te obsesionan tanto las palabras.

Son peligrosas, salvajes… A veces pueden matarte en una sola línea.

Dejo la bocina en el buró. También prendo la pequeña lámpara.