Lo que se rompió en aquel verano 92Luca
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Luca

Abro la puerta y la dejo pasar.

Lizzy da los primeros pasos con cautela sobre el piso vinílico de la suite en la que he vivido durante ocho años. Camina por el pequeño recibidor hasta la cocina y la salita de estar, mientras yo le sigo los talones.

Estudia cada rincón en silencio —las paredes blancas, los muebles rústicos, la pulcritud de la alfombra gris de lana debajo de la mesa de centro frente al televisor, las repisas junto al librero que solo tiene un par de tomos que en la vida he leído, algunas fotografías de mis padres enmarcadas en cuadros de madera y varios muñecos de porcelana—, de modo que no la interrumpo y solo me limito a esperar con las manos en los bolsillos del pantalón mientras pienso en lo extraño y mágico que resulta este momento.

¿Cuántas veces soñé con que ella estuviera aquí?

Probablemente cada noche.

—Es muy bonito y elegante —menciona y voltea hacia mí—. Pero no parece estar muy personalizado. Y tomando en cuenta que llevas mucho tiempo viviendo aquí…

Me revuelvo el cabello. Sabía que se percataría de ello.

—Nunca he considerado este piso de hotel como un hogar y tampoco he querido hacerlo. —Trago saliva—. Por eso lo he dejado tal cual desde que llegué a vivir aquí.

—Ya veo.

—En realidad quiero enseñarte algo más interesante.

Señalo la puerta de madera a la derecha, me adelanto para abrirla y revelar mi habitación, que es igual de impersonal que el resto de las estancias. Lizzy pasa primero, luego yo, pero ella se enfoca enseguida en el balcón.

—Sí, tengo una vista espectacular de la ciudad y la costa —presumo con una sonrisa—. Pero tampoco se trata de eso.

Lizzy apenas me escucha. Impaciente, se apresura a abrir la puerta del balcón. La humedad del exterior se cuela por la abertura y también los sonidos del mar y la actividad del exterior.

Sé que tengo que sacar del armario el álbum que he guardado durante tanto tiempo y que llevé conmigo a Paia y traje de vuelta el lunes cuando tomé el avión.

Pero la imagen de Lizzy en mi balcón, en el mismo sitio donde la pensé y la extrañé innumerables veces cada noche me deja estático en mi sitio.

Algo se aprieta en mi pecho, dulce y amargo.

Sé que debería hablarle sobre la reunión que tendré con Blair y no ocultárselo.

Pero… ¿y si lo que más temo se hace realidad y este es el presagio de otra fractura entre nosotros?

La sola idea me hace estremecer, y es por esto mismo que tan solo quiero rehuir de ella.

Lo que menos deseo es que las cosas se estropeen justo cuando empiezan a encaminarse por el camino que siempre soñé.

—Luca, ¡esto es increíble! —exclama con emoción.

La veo recargarse en la barandilla. Su vestido negro se ondea con el viento durante los segundos que se queda contemplando el brillo de la ciudad. No la interrumpo.

Cuando abandona el balcón, sus ojos de luna contienen luces y sombras por igual. Entreabre los labios y luego los cierra; parece dudar.

—Y bien, ¿qué es lo que querías enseñarme? —dice al fin y recupera la sonrisa, cálida e íntima solo para mí—. No lo sé, ¿estás seguro de que esto no es solo una excusa para traerme a ciegas a tu habitación? Porque empiezo a sospecharlo.

Me río entre dientes y me acerco a ella. Le tomo una mano y le beso los nudillos.

—Sí, admito que soy hombre y no sería raro que planeara muchas maneras para seducir a una hermosa chica como tú…

—La miro con intensidad y esbozo una leve sonrisa que siento mucho más pesada de lo normal—.

Pero no. No es lo que imaginas. Tú eres escritora y sabes que yo no soy de dedicar poemas como quizá preferirías, pero quiero enseñarte algo importante.

Demostrarte que tú siempre has sido mi punto de enfoque favorito.

—Luca…  —pronuncia mi nombre casi con desgarro.

Luego, en un movimiento repentino, Lizzy me envuelve el cuello con los brazos y busca mis labios con cierta desesperación.

Mis manos reaccionan en automático y aferran el hueco de su cintura.

Mi boca se apropia de la suya con frenesí, su aroma satura mis sentidos y mi latido se precipita en segundos.

Su sabor y su calor me hacen olvidar incluso el motivo por el que la he traído hasta que como un parpadeo, el sentimiento de culpa me atiza el pecho y congela mis labios sobre los suyos.

Justo cuando nos hemos recostado en la cama y estaba a punto de alzarle el vestido y perderme en cada centímetro de su cuerpo.

—¿Qué sucede?

Sus ojos grises, que brillan debajo de mí con intensidad bajo la luz cálida que ilumina la habitación, se entrecierran con ansia y preocupación. Una delgada línea surca su frente y sus labios entreabiertos tiemblan al ritmo de su respiración agitada.

Yo trago saliva y le acaricio el rostro. Solo alcanzo a sonreír de lado.

—Aún pretendo ser un caballero, así que no puedo raptar a la chica sin antes mostrarle el motivo por el que la he traído a mi habitación.

—Ella no parece hallar nada extraño en mis palabras, pues esboza una sonrisa tan amplia que me produce pequeños estragos—.

Así que… ahora vengo. No te muevas de aquí.

En un santiamén, voy al armario y regreso a la cama con el álbum encuadernado que he guardado durante años.

Sin más, se lo extiendo a Lizzy, que ahora se ha sentado al estilo indio sobre las sábanas revueltas.

Me siento a su lado y, en silencio, espero a que lo abra.

Ella toma el álbum como si fuera un objeto de cristal, lo pone en su regazo y luego se aparta el cabello oscuro por detrás de las orejas. Entonces alza la mirada.

—Creo que una vez me hablaste sobre esto…

Curvo una comisura de la boca.

—Sí, creo que sí. —El murmullo del silencio y la ciudad produce resonancia a lo lejos—. Como sabes, ya no te di nada. Imagino que pensaste que lo olvidé, pero la verdad es que me arrepentí de dártelo.

—¿Y por qué te arrepentiste?

—Porque sería absurdo que luego de decirte que ese beso no significó nada para mí y que fue solo como una de esas cosas que pasan, te diera esto como una forma de confesarte mis sentimientos. Porque eso es lo que pretendía con este álbum. Este álbum habla sobre nosotros.

En los siguientes minutos, en cada fotografía ambos recordamos los veranos que han construido nuestra historia, que es como una sola.

Traemos al presente de esta pequeña y sencilla habitación cada anécdota, accidente y suceso gracioso que hemos compartido, y es como un curita para el alma.

Lizzy encuentra la cadena de plata con el dije de sol que alguna vez me regaló y le confieso que allí lo he mantenido todo este tiempo.

Ella a su vez admite que aún guarda celosamente el collar de luna que yo le di en una ocasión.

Y así, página por página, descubre que ella siempre ha sido la protagonista de todos mis recuerdos.

Es un vistazo al pasado de ambos, pero en silencio comprendo que este no es el único álbum con el que quiero quedarme, porque quiero seguir retratándola cada día de mi vida.

Un ardor en el pecho se hace punzante.

¿Este es el momento para decírselo?

No debería ser tan difícil. Pero lo es.

—A veces siento una tristeza extraña.

Sus palabras me sacan de órbita.

—¿A qué te refieres?

Lizzy aún no llega a la última página del álbum, así que lo deja abierto sobre su regazo mientras pasea la mirada por las sombras de la habitación.

—Es ese sentimiento de echar de menos lo que aún no se vive, en todo caso lo que aún no se convierte en pasado.

Es como todas estas fotografías, ¿sabes?

—Lizzy aprieta los labios y lanza un suspiro—.

Esta es la prueba de que solo estamos de paso y el futuro, los años venideros…

A veces me da un poco de nostalgia lo que aún no existe.

No lo sé, ¿acaso tiene sentido? No, estoy segura de que no, al menos ninguno trascendental como el que yo quisiera que tuviera.

Y creo que por eso escribo, para que las cosas tengan sentido, ya sabes, nuestro paso por el mundo.

Mis ojos se encuentran con los suyos.

—Es verdad que la vida no tiene sentido, pero creo que podemos crearlo —reflexiono con la suficiente claridad—. Supongo que solo se trata del valor que le damos a las cosas. A nuestro propio tiempo, a cada momento…

Entonces la noche se pierde en un instante infinito entre más fotografías y reflexiones propias que después de expresarlas, se vuelven más sólidas y reales.

Y ya no volvemos a besarnos, porque ella cae rendida en mi pecho casi sin darse cuenta.

Y así, con una sensación densa y dulce al mismo tiempo en el aire que respiro, me quedo unos minutos velando su sueño, hasta que su calidez y su acompasada respiración me relajan y me permite dormir. Al menos esta vez, plácidamente.