91Lizzy
Lizzy
Es una noche mágica. Libre, ligera y envolvente.
Soy muy consciente de que estos días son nuevos porque me han sido ajenos durante mucho tiempo, pero a la vez se sienten como si la vida nunca hubiera sido de otra manera.
Quizá por eso esta noche se siente tan cercana, tan familiar.
Luca y yo de paseo por el barrio más popular de Honolulu me resulta de lo más natural del mundo.
Es tanto así que las capas empiezan a desnudarse.
Es tanto así que el futuro empieza a ser más brillante.
Cuando pienso en dúos, ya no hay un vacío infinito.
La idea de abrir el corazón ya no resulta tan temible.
Sin embargo, aún hay en el fondo una pequeña cerradura que me impide expresar todo lo que quisiera decir tal y como lo siento.
Es una barrera que no existe cuando estoy frente a una página en blanco, y ese es el problema: ¡qué ironía llevar un gran fuego en el corazón, querer que se refugien en él, pero tener miedo de que eso pase!
Es como desear y rehuir a la vez.
Todo esto me hace pensar que durante el tiempo que estuve con Marcel jamás me sentí de esta manera.
Con él siempre me sentí cuerda, dueña de mí misma, en control de cada una de mis terminaciones nerviosas.
Supongo que con Marcel nunca hubo la necesidad de sumergirme en lo más profundo, porque con estar en la orilla bastaba.
No obstante, me obligo a suprimir ese revuelo. Después de una caminata nocturna a la orilla del mar —de la que nos hemos librado de todo rastro de arena antes de ponernos los zapatos—, Luca me ha conducido a uno de sus bares favoritos en Waikiki.
Por suerte, hemos conseguido una mesa a pesar de no haber hecho reservación, y ha sido gracias a su encanto nato cuando habló con la gerente.
No me sorprendió. Hay algo en su sonrisa ladeada y en su intensa mirada que proyecta seguridad y un magnetismo imposible de pasar por alto.
Y es que aun vestido con una sencilla camisa blanca arremangada hasta los codos y pantalones desgastados, se ve tan atractivo que incluso resulta doloroso.
Su cabello rubio oscuro enmarca su rostro con aire despreocupado y su piel brilla con ese tono dorado que me encanta bajo las luces que iluminan las mesas sobre una terraza al aire libre junto a la playa.
A pocos metros, el mar nos contempla. Su estremecedor arrullo nos acompaña.
La brisa húmeda nos acaricia como un manto.
Una pequeña banda en vivo toca una mezcla de reggae , pop y música isleña en este bar repleto de turistas y locales.
Bajo el atento escrutinio de Luca, le doy un sorbo al Mai Tai que la camarera acaba de traer hace un minuto.
—¿Qué te parece?
Le doy otro sorbo más. Es refrescante, dulce y ácido.
—Vaya, tenías razón —exclamo con una sonrisita, sosteniendo aún el vaso de vidrio—. Es uno de los mejores Mai Tai que he probado. Está realmente delicioso.
Luca asiente satisfecho. Luego toma un sorbo de su bebida y, cuando la deja a un lado, cruza los brazos sobre el borde de madera y concentra su absorbente mirada en mí. Con el movimiento, me fijo en cómo se estira la tela de su camisa en torno a sus hombros.
Un cosquilleo me recorre el vientre. Las imágenes de la única noche que hemos pasado juntos se agolpan en mi mente y amenazan con distraerme, así que lo único que hago para aplacarlas es apartar la mirada hacia el océano.
Quizá estoy enloqueciendo un poco. Es cierto que mis únicas experiencias sexuales las viví con Marcel, pero con Luca he aprendido que en ocasiones las primeras veces pueden ocurrir en medio de un trayecto.
—Te voy a confesar algo —empieza a decir con su voz profunda y armoniosa—.
Muchas veces cuando venía aquí te imaginaba sentada en otra mesa.
A decir verdad, te imaginaba casi todo el tiempo, como una ensoñación.
No lo sé, te convertiste en una especie de fantasma.
Trataba de ignorarlo, pero siempre tenía la esperanza de que aparecieras de pura casualidad en cada sitio al que entraba.
No había razón para esperarlo, pero la idea me emocionaba.
Creo que así soportaba mejor tu ausencia en mi vida.
La brisa me despeina algunos cabellos en el rostro. Acomodo los delgados mechones por detrás de las orejas y sonrío sin poder evitarlo.
—Bueno, creo que eso estuvo más cerca de suceder de lo que imaginabas —admito con las mejillas calientes por lo que tengo que confesar cuando vuelvo a mirarlo a los ojos—.
Me refiero a que, de hecho, hace poco más de un año mi madre y Elliot vinieron a Honolulu para celebrar su aniversario de bodas, y como sabían que yo tenía mucho tiempo sin venir…
me dijeron que los acompañara. Y sí, acepté, incluso compraron mi vuelo.
Pero un día antes me arrepentí. —Bajo la mirada y me muerdo el labio inferior—.
Tuve que mentirles sobre algo de mis estudios.
Tomo mi bebida y le doy un sorbo.
—No te sientas mal. En realidad, ya sabes que yo lo lamento muchísimo más.
—Luca se escucha abatido, pero por algún motivo siento que no solo es por esto.
Hay un ansia en sus ojos que no se va desde que me recogió en el aeropuerto y que ahora mismo brilla con más transparencia en sus pupilas—.
Debí haberte buscado mucho antes, cuando yo…
Carajo, debí ser menos cobarde y más sincero conmigo mismo.
Pero hice todo lo contrario y te alejé de mí. Si tan solo yo hubiera…
Dejo el vaso sobre la mesa y luego estiro una mano para alcanzar una de las suyas. En cuanto siente mi contacto, él sonríe un poco.
—Yo también quisiera haber hecho las cosas distintas, sobre mí misma y sobre nosotros, pero el pasado ahora forma parte de lo que hoy somos juntos —afirmo con seguridad—.
No tienes que sentirte culpable, porque yo no me siento así.
Ninguno de los dos pudo haber hecho nunca las cosas de otra forma.
Pero ahora estamos aquí y eso es lo único que importa, como tú mismo lo dijiste.
Sus ojos se aferran a los míos. Hay algo líquido que se derrama en ellos.
—Lizzy, yo…
No nos soltamos las manos.
—¿Qué pasa?
Luca se pone serio, como si estuviera a punto de decirme algo crucial y mi corazón se acelera. Pero entonces la sonrisa que se dibuja en una comisura de sus labios borra cualquier rastro de tensión, y un alivio imperceptible me recorre el pecho.
—Solo quería decirte que esta noche te ves terriblemente hermosa. Tan hermosa como solo tú podrías serlo.
Sus palabras despejan cualquier cosa externa.
—¿Eso quiere decir que no siempre me veo así?
Luca se ríe, pero su semblante no refleja esa alegría. Una raíz de melancolía cruza su rostro por un instante. Después simplemente desaparece y yo lo dejo pasar.
—Eso quiere decir que siempre te ves hermosa para mí.
Pero sí, quizás esta noche es un poco más especial por lo que representa, por lo que hemos perdido y ahora estamos recuperando —susurra y su voz se pierde entre el murmullo incesante del mar—.
Solo quiero decirte que, ahora y siempre, te amo, Elizabeth Hall. Nunca lo olvides.
Mis labios entreabiertos tiemblan.
Comprendo que yo también debería decírselo como una respuesta natural.
Sé que debería poner en palabras lo que satura mi corazón, mi mente y mi cuerpo, pero la camarera llega con nuestros platillos.
Y así, entre palabras de cortesía y estímulos que de pronto nos abruman con más fuerza, la cálida atmósfera compartida se queda atrás.
Luca cambia de tema y yo finjo normalidad.
Aunque el nudo se queda allí, en la garganta.